Del Plan Belgrano se sabe que consiste en la inversión de 16.000 millones de dólares en las provincias que componen el llamado Norte Grande, a lo largo de diez años, con el propósito de revertirles el subdesarrollo a través de obras de infraestructura pública y financiamiento de políticas sociales. Esto, conforme a los mensajes que la facción “Cambiemos” difundió durante la campaña que precedió el triunfo del ingeniero Mauricio Macri en las elecciones presidenciales de 2015. Las expectativas que la espectacularidad de la cifra alimentó en un principio mermaron en cuanto se advirtió que la millonada debía dividirse en diez años, primero, para luego volver a dividir el resultado obtenido en las diez provincias del Norte Grande: unos 160 millones de dólares por año para cada una, número no despreciable, pero tampoco suficiente como garantía de desarrollo. Esmerilado el entusiasmo con estos cálculos, la demora en concretar las inversiones terminó de demolerlo.
Son ostensibles, además, las dificultades para definir qué es el Plan Belgrano. No obstante, partidas presupuestarias nacionales y manifestaciones de algunos funcionarios proporcionan indicios que permiten conjeturarlo. Se trataría de la agrupación bajo el nombre del programa de las mismas inversiones que la Nación hizo siempre, sin necesidad de plan alguno, a veces bajo la forma de fondos de asignación específica, como los del IPV, en otras oportunidades como contribuciones debidas a la magnanimidad del presidente de turno; es decir: no una inyección extraordinaria de recursos al NOA-NEA, sino un maquillaje publicitario sobre los recursos nacionales ordinarios para viviendas, rutas, obras hídricas, asistencia social, etc. Un descuido, y hasta la coparticipación federal entra como inversión del programa. Como la asignación de inversiones al Plan comenzó a hacerse luego de que varias voces manifestaran su desconfianza sobre su existencia, es lícito sospechar que hay más de improvisación ante las objeciones que de efectivamente planificado. Tal impresión que se acentúa al advertir que el voto del peronismo catamarqueño a favor de la reforma previsional se compensó con fondos para el Hospital de Niños Eva Perón, compromisos de financiamiento para el acueducto Pirquitas-Capital y la segunda etapa de las cloacas chacareras y el pago de lo adeudado a la Secretaría de Vivienda más la promesa de cupos adicionales para edificar casas, todas cosas que, de formar parte de algún plan, no deberían estar sujetas a contingencias parlamentarias y políticas.
Mientras el Plan Belgrano se diseña sobre la marcha, a golpe de malabares contables, a la provincia de Buenos Aires se le destinarán en los próximos dos años más de 100 mil millones de pesos, o 5 mil millones de dólares, o un tercio de lo que el Plan Belgrano insumiría en una década y en diez provincias. De modo que se hace necesario darle un nuevo impulso al devaluado programa, no vaya a ser cosa que el electorado del NOA-NEA suponga que se lo posterga. El diputado nacional José Cano, ex titular del Plan Belgrano, anunció la fecha: 27 de febrero, en un encuentro regional que se realizará en Salta con la participación de ministros nacionales y seguramente profusión de powers points y otras exquisiteces del marketing. Viene bien tras las versiones de que sancionar la reforma previsional requirió de chantajear a los gobernadores con la cesación de pagos. Se sabe, para que el burro camine hacen falta palo y zanahoria. La amenaza del palo funcionó, toca tentar con la zanahoria. O el plan zanahoria.