El intrincado cierre de listas de candidatos para competir en las PASO de
agosto, que terminarán de definirse entre mañana y pasado en la Justicia
federal y provincial, dejó al descubierto algunos comportamientos políticos que
marcan diferencias notorias entre los dirigentes. Por un lado, el médico Rubén
Manzi, máximo referente provincial de la Coalición Cívica, era el hombre
"elegido” para encabezar la nómina de diputados nacionales de la lista
"Catamarca puede más y mejor” del Frente Cívico y Social, que responde a Oscar
Castillo y Eduardo Brizuela del Moral, a partir de un acuerdo previo
consensuado en el orden nacional entre el líder del PRO, Mauricio Macri, y su
par de la CC, Elisa Carrió. Justamente había sido Carrió quien pidió por él
para la oferta al Congreso nacional del sector. Pero Manzi, pese a que nada
debía explicar acerca de esta postulación, interpretó que su incursión
produciría un conflicto interno en el radicalismo -en especial en la línea Celeste-
y en el FCS en general, donde ya había varios dirigentes de peso en carrera que
reclamaban esa candidatura, y prefirió dar un paso al costado. Explicó su
decisión a Brizuela del Moral y Castillo y aceptó bajar a la lista de diputados
provinciales. Y además convenció a los referentes nacionales de la alianza
"Cambiemos” de que ésta era la mejor alternativa para asegurar la convivencia
política en el frente electoral catamarqueño. Así, la candidatura nacional
quedó para el intendente de Fiambalá, Amado "Coco” Quintar.
La contracara de la actitud de Manzi fue la del subsecretario de Asuntos
Institucionales de la Provincia, Gustavo Aguirre, quien a pocas horas del
cierre de listas decidió lanzarse a la intendencia de la Capital para competir
en las Primarias contra el actual jefe municipal, Raúl Jalil, cuya candidatura
a la reelección ya estaba acordada de antemano en el seno del Frente para la
Victoria. Aunque se cuidó de no mencionar a Jalil en ningún momento, Aguirre se
presentó a sí mismo en estos términos: "No soy una persona de doble
apellido, ni un privilegiado de la política, ni tengo a mi familia en el
Gobierno. Soy hijo de trabajadores docentes, tengo la responsabilidad de
generar un espacio donde los ‘sin nombre’ de la comunidad puedan tener su
lugar". Y, en obvia alusión a su "rival”, dijo sentir "la necesidad de que en las PASO haya una expresión
genuina del Frente para la Victoria, de los que nunca nos fuimos y especulamos,
de los que mantuvimos una coherencia y una convicción, de los que nos sentimos
ideológicamente identificados con el proyecto nacional”. La bravuconada le duró
muy poco. El viernes a la noche ya se sabía que su sueño municipal había sido
sepultado de un simple telefonazo. Al día siguiente apareció en la lista de
candidatos a diputados nacionales por el FV en segundo lugar, detrás de
Verónica Mercado.
Así, el audaz dirigente aprendió otra regla de la política oficialista
vernácula: la familia es más importante que La Cámpora. Aguirre estaba
convencido de lo contrario. Pobre iluso. Apenas alcanzó con un llamado de la
familia "con nombre” para que su aventura electoral fracasara antes de
comenzar. Lo peor es que su primera reacción fue enojarse con Jalil, a quien le
dijo de todo, y no con quienes lo habían envalentonado para largarse al ruedo,
es decir, con quienes le prometieron y no le cumplieron (llámense éstos Máximo
Kirchner o Lucía Corpacci) La frustrada campeada del subsecretario Aguirre fue
una demostración más de que la "política del dedo” puede ser tan favorable como
perjudicial en estas circunstancias, más aún cuando el ímpetu se antepone a la
lectura clara de la política.