Promotor. Mariano Manzi, autoridad de la coalición cívica, fue el principal respaldo político de Bacchiani.
Con frentes de conflicto abiertos por la interrupción del flujo de pagos en cuatro provincias, el caso del “Trader God” Edgar Adhemar Bacchiani y su empresa, “Adhemar Capital”, saltó a las escena nacional y suma ribetes de escándalo que lo arriman con el de Leonardo Cositorto, fundador de Generación ZOE, que está prófugo, acusado de estafa.
El crecimiento del fenómeno Bacchiani en Catamarca solo fue posible por la legitimación que prestó a sus actividades una comparsa compuesta por políticos que expresamente lo promocionaron como referente infalible del mundo de los negocios y caracterizados empresarios, miembros de familias muy influyentes y bien posicionadas, que lo celebraban como a una figura del jet-set internacional.
La corte de adulones se borró en cuanto su ídolo empezó a escorarse, pero fue indispensable para construir la credibilidad que requería hacer entrar a miles de personas por el aro de una promesa fantástica: ganancias de entre el 15 y el 22 por ciento mensual, en pesos y dólares, sin más esfuerzo y talento que entregar un depósito.
Bacchiani combinó hábilmente la manipulación de la avaricia con la ostentación de un estilo de vida lujoso de viajes, festejos y caprichos que podría resumirse en la célebre Ferrari, pero la importancia que tuvo la participación de personajes gravitantes en el imaginario social catamarqueño para la maniobra resulta aún más evidente si se considera que, mientras Adhemar Capital sumaba clientela rumbo a su indefectible crisis, se descubrían en distintos puntos del país estafas piramidales como la de Ganancias Deportivas en Mendoza, las “vaquitas virtuales” o Intense Live en Tucumán.
Estos fraudes exponían los riesgos de operaciones como las que el “Trader God” proponía, al mismo tiempo que el Banco Central y la Comisión Nacional de Valores recomendaban prudencia a quienes se involucraran en la especulación con criptomonedas a través de intermediarios.
Todas las señales de alerta se ignoraron en una alucinación colectiva fomentada por dirigentes políticos y miembros encumbradas familias.
Ya nadie bailotea con Bacchiani al ritmo de los Rolling Stones, ni comparte con él asados y festicholas para viralizar por las redes sociales, ni lo postula como ejemplo de éxito empresarial, cosa que habla menos del caído en desgracia que de los desertores partícipes necesarios del espejismo.
En ese universo de amnésicos, se destaca el presidente del congreso local de la Coalición Cívica-ARI Mariano Manzi, que se desempeñó como gerente de Empleo en Catamarca durante la presidencia de Mauricio Macri y fue candidato a diputado de Juntos por el Cambio en las últimas elecciones. El joven se posicionó como el principal escudero de Bacchiani en la arena pública cuando al Gobierno se le ocurrió el despropósito de gravar con el Impuesto a los Ingresos Brutos las utilidades obtenidas en especulaciones con criptomonedas y activos virtuales. A fines del año pasado se le sumaron con entusiasmo los diputados del PRO Natalia Saseta y Diego Figueroa, que presentaron un proyecto para que la Cámara baja respaldara las actividades del dueño de Adhemar Capital y lo condecorara con un diploma.
Es decir: para que el Poder Legislativo convalidara al “trader” y se incorporara al ecosistema que lo legitimaba.
Manzi, Saseta y Figueroa promovieron a Bacchiani desde sus roles políticos e institucionales, no particulares, y ni la Coalición Cívica ni el PRO dijeron una palabra para desautorizarlos. Tampoco lo hizo la Unión Cívica Radical.
Es necesario hacer la distinción, porque haber metido dinero para especular en “Adhemar Capital” es distinto a haber contribuido a su afianzamiento con acciones políticas.
La Coalición Cívica, el PRO y el radicalismo entienden tan bien la diferencia que prefieren guardar silencio sobre las conductas de sus referentes.