miércoles 1 de abril de 2026

Alas rotas

El aire ardiente y pesado entraba por la puerta abierta de par en par, afuera el sol quemaba la tierra, abriendo las fauces y jadeando casi desesperado, en vano, un perro busca la sombra de un árbol que le devuelva un poco de aire fresco. Es verano y en Catamarca el calor quema hasta las venas.

En la humilde habitación construida de ladrillos aún sin revocar, Enzo guardaba presuroso en su bolsito de Adidas gastado, un par de medias nuevas que le había comprado su madre con el sueldo el día anterior, una camiseta, un par de canilleras usadas, casi rotas, y su tesoro más preciado: un par de guantes nuevos que su tía le había regalado para navidad. Observó cada detalle mientras en su cara se dibujaba una sonrisa, la de aquellas que se iluminan con un gozo único, la de un placer que nunca antes había experimentado. Pero de pronto la voz estridente de un hombre lo sacó de sus cavilaciones.

“Apúrate que llegamos tarde” –gritó su padre desde la cocina donde hojeaba el diario sentado en una silla vieja y entre mate y mate. “Aquí dice que jugamos a las 6, y si no te apurs no llegamos”.

Miró sus botines por última vez antes de guardarlos y corrió presuroso a la cocina y casi sin saborear bebió el último sorbo de mate cocido. Muchas veces había soñado ese momento, desde aquella tarde, cuando sentados en la esquina del barrio, como solían hacerlo siempre casi como un ritual después de jugar el “partidito”, que religiosamente cumplían después de volver de la escuela, Carlitos, que era su mejor amigo, le había contado que su papá lo iba a llevar al club, que quedaba a unas 10 cuadras del barrio.

“Vamos- le dijo- es aquí cerquita y van muchos chicos que también van a la escuela”.

El tiempo había pasado demasiado rápido, pronto lo habían fichado en la liga y había comenzado a jugar en ese equipo en el que se sentía importante. La fecha 6 marcaba que debían jugar con el clásico rival, un club del mismo barrio, al que solo los separaba unas cuantas cuadras. A los 8 años, Enzo todavía no entendía acabadamente lo de “clásico”, pero igual sabía que el partido era diferente a los demás, pues toda la semana se lo hacían saber, el técnico, su padre y sus compañeros.

El sábado por fin había llegado. En la cancha había más gente que lo de costumbre, y entre banderas que flameaban, hurras y cánticos enfervorizados a su divisa, hacían notar lo diferente de esa tarde. Algunos se animaron a llevar bombos, otros, bolsas repletas de papelitos multicolores, los que volaron por el aire una vez que salieron a la cancha los pequeños gladiadores.

La fiesta había comenzado.

Luego de un primer tiempo aburrido, sin sobresaltos, propio de un partido en el que nadie arriesgaba por miedo a perder, y después de refrescarse con la botellita de agua fresca que su madre siempre le guardaba en algún recoveco de su mochila, escucharon las últimas indicaciones que con pizarra en mano les impartía Raúl, su técnico.

Se acomodó presuroso los guantes para salir a jugar, buscó con la mirada a su padre que seguía a lo lejos apoyado en la a zaranda entremezclado con los demás padres charlando y riéndose.

Cuando, por fin lo vio y cruzaron sus miradas, se sintió pleno y lleno de confianza, porque con el pulgar hacia arriba lo hizo sentir que todo estaba saliendo bien. Siempre su padre fue su referente, no solo por ser su padre, sino porque según había escuchado los comentarios de lo buen arquero que había sido en su juventud, y con un futuro bastante prometedor, que vio truncado al dedicarse a la albañilería.

Seguía sumergido en esos sentimientos cuando el chillido estridente de un silbato lo trajo de nuevo a la realidad.

El segundo tiempo fue igual de aburrido, salvo por un tiro desde afuera del área que pasó por arriba del travesaño. Todo hacía presumir que era un 0 a 0 clavado y que todo terminaría con normalidad.

De tanto en tanto, miraba sus guantes nuevos, y aunque se había propuesto no hacerlo más para no distraerse y comerse un gol tonto (algo que su padre siempre le prevenía), no pudo evitarlo y sucumbió a la tentación de mirarlos otra vez. Estaba en uno de esos menesteres, cuando un estallido de voces chillonas gritaron al unísono:

“¡Arquerooo!”.

Cuando volvió de su limbo se encontró desorientado, hasta que sin querer observó cómo esa pelota nueva se elevaba por los aires iluminada por la luz mortecina de los últimos rayos de sol de la tarde, y en fracciones de segundos caía detrás suyo, dando pequeños saltos y entró al arco como sin ganas, como no queriendo ser cómplice de la catástrofe. De nada sirvió el esfuerzo de volar como si entregara su vida.

Cuando quiso incorporarse, escuchó la sentencia del árbitro, que con el silbato lo condenó al mismísimo infierno de reproches, de gritos e insultos.

Cuando era niño, y no podía dormirse, su madre solía contarle cuentos de superhéroes, que siempre venían a ayudar a los niños buenos cuando estaban en aprietos. En ese momento hubiera dado su vida para que esos superhéroes aparecieran y lo libraran de esa tortura medieval que estaba padeciendo. A los reproches lacerantes de sus compañeros, ahora se sumaron los de su técnico, y luego los de su padre.

Sentía la angustia a flor de piel, que se le retorcían las tripas, y parpadeaba seguido tratando de contener ese llanto que se amontonaba en sus pupilas, mientras escuchaba la voz estentórea del padre cargado de reproches. Lo peor vendría después, cuando llegara a su casa y tuviera que contar todo lo sucedido, que por su culpa habían perdido, por haberse distraído tontamente mirando sus guantes nuevos.

Nada de eso hizo falta cuando su madre vio su cara desfigurada por la angustia y atinó solo a abrazarlo. Las madres no sabrán mucho de fútbol, pero sí saben de amor, y podía intuir que algo feo le había pasado.

“¡No aguanto más!”, dijo Enzo y como si ese abrazo lo estrujara, empezó a llorar desconsolado y juró mil veces no volver más a ese club, mientras el silencio de la madre parecía asentir su promesa.

Por unos minutos no se dijeron nada, y entre sollozos escuchaba, a lo lejos, las risas de unos chiquillos que jugaban afuera, felices. Allí recordó aquellas tardes donde era feliz en esa calle jugando a la pelota con sus amigos, cuando volvía de la escuela, y sintió un deseo inmenso de estar con ellos y volver a ser feliz jugando en esa esquina.

Texto: Colaboración de Manuel Vivanco

“Dedico este relato a todos los ‘Enzo’ que abandonaron el fútbol por la presión del entorno. Si el fútbol no sirve para ser feliz, no sirve para nada”.

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