Embla Ademi tiene síndrome de Down y sufre de acoso escolar por su condición genética, lo que le provoca algunos problemas de aprendizaje, de salud, y características faciales distintivas. Ella tiene 11 años y vive en Macedonia del Norte, un país europeo que ocupa parte de lo que antes era Yugoeslavia.
El presidente de esa nación, Stevo Pendarovski, se enteró de la situación y decidió visitar a la niña y a sus padres. Y tuvo un gesto inusual: ingresó a la escuela de la mano de Embla, ante la mirada de toda la comunidad educativa. La actitud del primer mandatario tuvo un gran valor simbólico: al ponerse del lado de la víctima del bullying la empoderó, y al mismo tiempo condenó explícitamente una práctica naturalizada en los ámbitos educativos.
“Todos somos iguales en esta sociedad. Vine aquí para mostrar mi apoyo y concientizar de que la inclusión es un principio básico”, dijo Pendarovski en un comunicado oficial. “Los prejuicios en ese contexto son el principal obstáculo para construir una sociedad igualitaria y justa para todos”, agregó.
De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), la tercera parte de los niños en el mundo sufre de acoso escolar.
La historia de Embla es apropiada para disparar necesarios debates respecto de la vigencia del acoso escolar precisamente en un contexto de regreso a la presencialidad plena en las escuelas argentinas. Las víctimas de bullying encontraron en estos dos años de predominio de la virtualidad un respiro a sus padecimientos.
Pero la solución no es, se entiende, huir de las situaciones en las que se producen el acoso, sino enfrentarlas y combatirlas. Quienes padecen estos comportamientos discriminatorios de parte de sus compañeros no están, por la condición de vulnerabilidad, con la fortaleza suficiente para realizar esa tarea, pero sí, por ejemplo, sus padres, docentes y directivos de los establecimientos educativos.
La concientización sobre los efectos devastadores del bullying escolar sobre la personalidad de los chicos afectados, que había tomado impulso en años anteriores, debe retomarse con énfasis en este período de reapertura, destacando las virtudes sanadoras de la empatía. Los especialistas consideran que, al mismo tiempo, debe interpelarse a los que actúan como acosadores, marcándoles la nocividad de sus prácticas. Y promover la solidaridad de los compañeros de la víctima, que suelen mantener una actitud de pasividad o incluso complicidad ante los agravios que presencian.
Se entiende, entonces, que el problema del acoso escolar no es de carácter individual, sino colectivo. Toda la comunidad educativa debe involucrarse y abordar el problema para resolverlo. No hay posibilidades de que el niño o adolescente que padece el bullying pueda participar adecuadamente del proceso educativo si sus días en la escuela transcurren entre burlas, marginación y sufrimiento en soledad.n