Universidades: más mujeres, pero con jefes varones
Un informe elaborado por el Ministerio de Educación de la Nación, a través de la Secretaría de Políticas Universitarias (SPU), revela que también en las universidades argentinas las mujeres se encuentran relegadas, respecto de los varones, en los lugares de mayor responsabilidad y de conducción.
El estudio, denominado “Mujeres en el Sistema Universitario Argentino” y presentado en el mes de la mujer, es el cuarto consecutivo que contiene información estadística con el objetivo de visibilizar la participación femenina en carreras de pregrado, grado y posgrado y en recursos humanos que se desempeñan en las universidades del país.
Los datos corroboran que son más las mujeres que ingresan a la universidad (62,6% del total), que cursan sus estudios (61,2%) y que se gradúan (63,5%). Es decir, la presencia femenina es considerablemente mayor que la de los varones durante todo el trayecto del cursado, desde el ingreso hasta la obtención del título. Y también es mayor en las carreras de posgrado (59%). Sin embargo, el trabajo consigna que la participación de las mujeres disminuye en los cargos docentes y nodocentes, donde existe paridad de género (50,9% y 50,5% respectivamente) y se reduce aún más en lo que respecta a las autoridades superiores de las universidades, donde representan en 45,8%. En lo referido a los rectorados, la participación femenina cae abruptamente: solamente el 16% de las máximas autoridades al frente de las instituciones universitarias son mujeres.
En la Universidad Nacional de Catamarca, el rector siempre fue varón y en la conducción actual de las facultades hay dos decanas y cinco decanos.
Se reproduce en las universidades, entonces, lo que sucede en muchos otros ámbitos de la vida pública y privada: los cargos jerárquicos son ocupados mayoritariamente por hombres, no importa si las mujeres son mayoría. En el sector empresarial privado, solo tres de cada diez cargos jerárquicos son ocupados por mujeres. Más datos: un estudio realizado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), basándose en datos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), señala que “de los varones ocupados, el 6,1% se desempeña en puestos directivos y un 2,3% en puestos de jefatura” mientras que, entre las mujeres, “esas cifras se reducen al 3,8% y 1,4%, respectivamente”.
Hay algunas excepciones, pero se basan en normas. Por ejemplo, el cupo femenino obligatorio en los cargos legislativos, que empezó siendo de dos tercios pero que avanza decididamente a la paridad de género.
No hay criterios basados en capacidad, solvencia o prestigio en el abrumador predominio masculino, sino que se fundamentan en tradiciones culturales que aún cuesta erradicar. Las mujeres, que son mayoría en el ámbito de la educación superior en general, deberían también estar representadas en los cargos jerárquicos y de conducción de las universidades, instituciones que, aunque en la teoría deberían liderar las transformaciones democráticas, en la práctica aún albergan en su seno rémoras de un pasado que es preciso erradicar.