La anunciada presencia en Catamarca de Georgina Orellano, secretaria general de AMMAR (Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina), el sindicato que defiende los derechos humanos y laborales de trabajadoras sexuales del país, despertó fuertes críticas pero también muchas y variadas adhesiones. Las controversias se basan en una vieja e irresuelta polémica entre posiciones que caracterizan de manera diferente a la prostitución. Para un grupo, la prostitución está íntima e indisolublemente ligada a la trata de personas. Para el otro, una cosa es la trata de personas, un delito aberrante y el otro el libre y voluntario ejercicio del oficio de la prostitución.
Orellana llegó a Catamarca, convocada por el Laboratorio de Estudios Políticos y Debates Regionales TRAMAS – IRES-CONICET - UNCA y la Secretaría de Investigación y Postgrado de la Facultad de Humanidades, para presentar su libro “Puta Feminista. Historia de una Trabajadora Sexual”.
La ONG catamarqueña “No a la Trata de Personas” repudió la presencia de Orellano. A través de un documento, la organización recordó que “Catamarca tiene el 99 % de condenas por explotación sexual a raíz de que sus víctimas fueron insertas en la prostitución, en la mayoría desde niñas menores de edad. Por lo tanto no consideramos apto que en nuestro territorio, donde existen personas desaparecidas, venga a esta señora a decirles que la prostitución es un trabajo”.
Un tema de tanta complejidad y variadas aristas exige un debate profundo, sin prejuicios, sin eufemismos y sin posiciones dogmáticas Un tema de tanta complejidad y variadas aristas exige un debate profundo, sin prejuicios, sin eufemismos y sin posiciones dogmáticas
Los que defienden la prostitución como oficio parten del presupuesto de que hay personas que la ejercen voluntariamente, sin la situación de explotación y restricción a la libertad que implica el delito de trata de personas. Y que esas personas tienen derecho a que el Estado las proteja como al resto de los trabajadores.
De todos modos, es preciso relativizar el carácter de voluntario del ejercicio de la prostitución, pues a veces hay un consentimiento implícito, obligado por las necesidades que padecen y lo que parece una decisión propia es, en realidad, una decisión forzada por las circunstancias de la vida.
Como ya se ha dicho en este mismo espacio en otras oportunidades, Argentina tiene una histórica tradición de tolerancia hacia la prostitución. De hecho, la ley penal no la persigue, aunque sí a la explotación de la prostitución ajena.
Un dato esencial a tener en cuenta es que, por más que se la “prohíba”, la prostitución seguirá existiendo. Hace algunos años, la Municipalidad de San Fernando del Valle de Catamarca tomó la decisión de cerrar los prostíbulos que estaban guarecidos eufemísticamente en el rubro “wiskerías”. Lo que se logró con esta medida no fue acabar con la prostitución, sino empujarla a la clandestinidad, donde no hay controles sanitarios y mucho menos acciones para evitar situaciones de explotación y de trata de personas.
Un tema de tanta complejidad y variadas aristas exige un debate profundo, sin prejuicios, sin eufemismos y sin posiciones dogmáticas que no aceptan otros puntos de vistas, por más válidos que sean. Ese debate, entre acusaciones cruzadas, sigue esperando su turno.