miércoles 1 de abril de 2026
Remembranza

No le pidas peras al Olmo, salvo que sea el "Negro" Olmos Morales

Recuerdo que hacia fines de 1980 y principios de los 90, en la avenida Colón al 500, pleno centro de la ciudad de Córdoba, la empresa Aerolíneas Argentinas tenía sus oficinas centrales.

Alguien con buen criterio destinó una parte importante de la planta baja para crear una sala de Arte, que sorpresivamente fue bautizada y conocida como Huata. Esta palabra “suena” como muy nuestra, y buscando algunas referencias, llego a la conclusión que efectivamente es una voz quechua. Según sea en el norte, centro o sur de América del Sur, esta palabra tiene sus variaciones en cuanto al significado. Por estos lares significa año, pero mayormente era usada para referirse a atadura, amarre o lugar donde se ata o amarra algo, por ejemplo un animal.

En el departamento La Paz, Catamarca, existe un lugar llamado Huatana o Caballo Huatana (lugar donde ata el caballo o atadero del caballo). En Machu Pichu (Perú) un lugar sagrado se llama Intihuatana (lugar, sitio o piedra donde se ata o amarra al sol).

De ataduras se trata esta cuestión, vean por qué:

La cuestión es que en marzo de 1989 la Casa de Catamarca en Córdoba y Aerolíneas Argentinas me invitan a exponer mis obras en esa elegante galería de arte. Así fue que el viernes 7 de abril de 1989 presento 16 obras fotográficas y fue una de las primeras oportunidades en que exponía fuera de mi provincia.

El acto se desarrolló normalmente y luego del brindis, el público asistente poco a poco empezó a retirarse. Vi que había una sola persona que seguía mirando extasiada las obras. Era el Negro Olmos Morales.

Eterno estudiante en la Universidad Nacional de Córdoba, gran parte de su tiempo lo dedicaba a estar presente en cuanta manifestación provinciana allí se desarrollaba (más que por diversión, creo que lo hacía por necesidad, por ataduras con su tierra).

Los organizadores empezaron a cerrar las instalaciones y nos quedamos conversando con el Negro en la vereda. Me pregunta que iba a hacer esa noche, a lo que le respondo que me iría a descansar al hotel. De ninguna manera me dice el Negro, a un catamarqueño que llega a Córdoba, debo guiarlo durante la noche.

Así fue que desde muy temprano empezamos a recorrer las tradicionales peñas y boliches -en este tiempo clásicos de la juventud-, especialmente entre los estudiantes universitarios.

Esos antros, donde se respiraba la provincianía al palo, en una mágica mixtura de muchas tonadas argentinas, empezaban a funcionar bien entrada la noche. Allí las guitarras y bombos pasaban de mano en mano, entre vino y vino.

A la primera que llegamos, estaba cerrada. El Negro Olmos Morales golpea la puerta y le preguntan quien es. Soy yo contesta. Inmediatamente abren la puerta y nos sentamos a comer algo con el dueño y empleados de la peña.

Le pregunté al dueño porqué abría si solo le habían contestado: ¡soy yo! y me responde, si no conozco esa voz no podría estar acá.

Continuamos así hasta la madrugada y en cada peña o boliche, el Negro Olmos Morales era recibido y saludado como a un prócer.

Allí entendí lo que es tener carisma, ser buena persona y amar a su tierra, porque cuando cantaba no volaba ni una mosca.

Luego el tiempo nos volvió a encontrar en Catamarca en otros grupos de amigos, donde era un placer escucharlo al amanecer, cantar con el alma y la guitarra en las manos.

Nunca olvidaré el tango “Los cosos de al lao” cantado por él a la madrugada, tanto es así que aun tenemos un grupo en WhatsApp con ese nombre.

Después la vida lo llevó a transitar días difusos, grises y poco a poco se fue yendo.

¡Donde quiera que estés con tu guitarra, salú Negro!

Negro Aroca. Catamarcano.

Seguí leyendo

Te Puede Interesar