Mi respuesta a Fernando "Yuyo" Zamiruk, el dirigente libertario que lamentó que los militares "no terminaron con todos" los militantes del ERP en la Masacre de Capilla del Rosario, ocurrida en 1974, se basa en la Constitución Nacional, la orden del General San Martin de 1819, y en todo el andamiaje legal que me asiste. Me encuentro situado en las antípodas de Zamiruk. En todo caso me ubico y manifiesto al lado de la vida siempre. Y al lado de mis pensamientos de una vida mejor para los argentinos.
¿Este ciudadano no sabe que ya corrió mucha sangre y quiere más todavía? ¿No sabe que los crímenes de lesa humanidad son imprescriptibles y que se cometieron también en democracia?
¿Se lamenta de que las fuerzas armadas no hayan violado los convenios de Ginebra al extremo de asesinar a todos los sobrevivientes? Los 14 fusilados en la quebrada de los Walter se encontraban desarmados y en situación de rendición. Exigir justicia por sus muertes y criticar un fallo judicial de absolución es mi derecho democrático. Pedir nuestras muertes constituye una apología del crimen de guerra y exterminio, algo explícitamente prohibido por la Constitución Nacional y los pactos de San José de Costa Rica.
El artículo 3° de los Convenios de Ginebra obliga a tratar con humanidad a las fuerzas beligerantes que hayan depuesto las armas o estén indefensos. Su ejecución no fue un exceso de combate. Fue un múltiple homicidio calificado bajo custodia estatal.
Los testimonios históricos del caso demuestran que las autoridades políticas y militares rechazaron las mediaciones de un abogado, alegando que había una directiva previa de aniquilamiento. Ejecutar esa orden constituye un crimen internacional que no prescribe.
Mis opiniones y reclamos son pacíficos, legales y democráticos. La respuesta de Zamiruk es criminal.
Asimismo me manifiesto a favor de la vida y acompañado por sobrevivientes y hombres y mujeres de bien que recuerdan que por aquellos días el baño de sangre ya estaba lanzado contra los argentinos. Recuerdan que el cuerpo del chango Major, militante de la JP, era esperado en esos días porque regresaba masacrado a su Catamarca, pues el comando de organizaciones lo había matado en La Plata. Esto estaba ocurriendo en nuestra patria.
Manifiesto y reivindico a los jóvenes de la JP de entonces: Lila Macedo, el Negro Quiroga, Marcolli y otros que en medio del terror de aquellos días concurrirán a vernos a la vieja cárcel donde estábamos sangrando y rotos en el cepo. Y sometidos a simulacros de fusilamientos. A ellos nuestro eterno agradecimiento. Porque también hay que decirlo: pagaron con prisiones y persecuciones su gallarda valentía. Ellos representaban la vida y el amor en tiempos difíciles.
Agradecemos a nuestros familiares que nos buscaban por doquier en morgues con los cadáveres irreconocibles. ¿Zamiruk quiere más todavía?
Reivindico a nuestro abogado Díaz Martínez, que ofreció su oficina para nuestra defensa. A. Caqui Curuchet. Ricardo Ripodaz, a Coco Marca, que también fueron muertos por las Triple A.
Reivindico el valor del soldado Gambarella, que estando bajo bandera se negó a acribillar a nuestros compañeros y también prestó testimonio en la causa contra los genocidas.
También las contundentes fotografías de Aroca que siguen siendo testigos irrefutables de la masacre y sus participantes y complicidades que perduran hasta hoy.