Hay algo que deberíamos preguntarnos con mucha más seriedad; ¿qué estamos haciendo con la infancia mientras la tecnología avanza mucho más rápido que nuestra capacidad de protegerla?
Por Rodrigo Morabito (*)
Hay algo que deberíamos preguntarnos con mucha más seriedad; ¿qué estamos haciendo con la infancia mientras la tecnología avanza mucho más rápido que nuestra capacidad de protegerla?
Nuestros hijos nacieron en un mundo diferente al que conocimos nosotros. Aprenden con una pantalla. Juegan con una pantalla. Se relacionan a través de una pantalla. Se informan, se entretienen, buscan aprobación, se enamoran, se pelean y muchas veces hasta sufren frente a una pantalla.
El mundo digital ya no está “afuera”. Forma parte de sus vidas.
Por eso, la discusión no puede reducirse a si las redes sociales son buenas o malas, ni a una guerra entre quienes quieren prohibir los celulares y quienes defienden la libertad absoluta de utilizarlos.
La pregunta es mucho más profunda; ¿qué tipo de entorno digital estamos construyendo para nuestros niños y adolescentes? Porque los entornos digitales no son neutrales. Detrás de cada notificación hay un diseño. Detrás de cada desplazamiento infinito hay un algoritmo. Detrás de cada recomendación hay un sistema que aprende qué consigue nuestra atención. Y detrás de cada minuto que permanecemos conectados existe, muchas veces, un modelo de negocio.
El problema aparece cuando ese modelo de negocio entra en la habitación de un adolescente y comienza a competir con su sueño, con su familia, con sus amigos, con el deporte, con la escuela, con el descanso y hasta con su propia autoestima.
No podemos ignorar que la exposición problemática a las redes sociales se ha asociado con dificultades de sueño, ansiedad, depresión, aislamiento, comparación social y deterioro del bienestar. Tampoco podemos ignorar fenómenos cada vez más preocupantes: ciberacoso, sextorsión, grooming, exposición a contenidos violentos o sexualizados, comunidades que promueven conductas autodestructivas y una enorme cantidad de información falsa que puede llegar a un adolescente mucho antes de que tenga herramientas suficientes para comprenderla y cuestionarla.
Y ahora aparece un nuevo desafío; la inteligencia artificial.
Puede ayudar a nuestros hijos a aprender, crear, investigar y comunicarse. Pero también puede generar imágenes falsas, manipular identidades, producir contenidos sexualizados, profundizar la desinformación y crear nuevas formas de violencia que todavía estamos intentando comprender.
El problema es cuando la dejamos avanzar sobre la infancia sin reglas, sin controles, sin investigación suficiente y sin adultos presentes.
Nuestros hijos no pueden convertirse en sujetos experimentales de las grandes plataformas tecnológicas.
No podemos aceptar que la infancia sea un mercado cautivo.
Y tampoco podemos pedirles a los adolescentes que tengan una capacidad de autocontrol que muchas de estas plataformas están diseñadas precisamente para quebrar.
Por eso, la responsabilidad no puede recaer solamente sobre ellos. También es nuestra. Como padres y madres, tenemos que volver a ocupar nuestro lugar.
No alcanza con comprarles un teléfono y después preguntar qué hacen con él. Tenemos que acompañarlos. Tenemos que conocer las aplicaciones que utilizan. Tenemos que hablar con ellos sobre lo que ven. Tenemos que establecer límites. Tenemos que proteger las horas de sueño. Tenemos que recuperar las comidas sin celulares. Tenemos que promover deporte, juego, lectura, naturaleza y encuentros cara a cara. Tenemos que enseñarles que una cantidad de seguidores no determina su valor.
Que un “like” no mide su belleza. Que ser excluido de un grupo de WhatsApp no significa estar solo. Que una fotografía no define quiénes son. Y, fundamentalmente, tenemos que conseguir que nuestros hijos e hijas sepan que pueden contarnos aquello que les ocurre en internet sin miedo a ser juzgados o castigados inmediatamente.
Porque si el primer adulto al que recurren cuando algo malo sucede en internet somos nosotros, habremos ganado una batalla enorme. Pero también necesitamos que el Estado haga su parte. Y que las empresas tecnológicas asuman la suya.
No podemos exigirle a una niña de 12, 13 o 14 años que compita sola contra algoritmos diseñados por equipos enteros de especialistas en captar y retener su atención. La responsabilidad debe ser compartida. Familias presentes. Escuelas que eduquen digitalmente. Estados que regulen. Plataformas que incorporen seguridad desde el diseño. Y adolescentes escuchados, porque ellos también tienen mucho para decir sobre el mundo digital en el que están creciendo.
No se trata de volver al pasado. Se trata de no permitir que el futuro se construya a costa de la infancia.
Necesitamos tecnología que esté al servicio de nuestros hijos y no hijos al servicio de la tecnología. Porque nuestros niños no son datos. No son consumidores. No son usuarios para retener. No son un mercado. Son personas que están creciendo.
Y mientras aprenden a vivir en este nuevo mundo, somos nosotros (los adultos) quienes tenemos la obligación de poner los límites que ellos todavía no pueden poner solos.
La pregunta ya no es si nuestros hijos van a vivir en un mundo digital. Eso ya ocurrió. La verdadera pregunta es otra: ¿vamos a dejar que las plataformas decidan cómo crecerán nuestros hijos o vamos a asumir, de una vez por todas, nuestra responsabilidad de protegerlos?
Lo que hagamos hoy no solamente determinará cuánto tiempo pasan frente a una pantalla. Puede determinar qué clase de adultos serán mañana.
(*) Juez de Cámara de Responsabilidad Penal Juvenil de Catamarca. Profesor adjunto de Derecho Penal II de la Universidad Nacional de Catamarca. Miembro de la Mesa Nacional de Asociación Pensamiento Penal. Miembro del Foro Penal Adolescente de la Junta Federal de Cortes (Jufejus). Miembro de Ajunaf. Miembro de la Red de Jueces de Unicef.