A través del análisis del cuento “Ulrica” de Jorge Luis Borges de El libro de arena (1975), podemos observar detalles que nos ofrecen pistas para descubrir huellas en el sueño onírico del protagonista Javier Otálora en la posada de York, la intertextualidad reiterada con textos clásicos y algunos rasgos autobiográficos. Estos pormenores pueden constituir portales, denominados “puntos de cruce” por Ricardo Piglia. Surge de inmediato, interrogarnos las fuentes constitutivas de la ficción borgeana. La Memoria es una máquina de construir ficción y la Biblioteca, que no solamente se refiere a los libros, engloba también la trama de los libros, los personajes, las geografías, los tiempos, la referencia enciclopédica.
El cuento Ulrica se abre con un epígrafe que cita unos versos del capítulo 27 de la Saga Volsunga: "Hann tekr sverthit Gram okk / legger i methal theira bert", que significan: "Él tomó su espada Gram y colocó el metal desnudo entre los dos".
Los versos hacen referencia al héroe Sigurd, que debe compartir su lecho con Brynhild, quien es pretendida por su cuñado. Para no tocarla, coloca entre ambos su espada, llamada Gram. Cuando años después Brynhild hace matar a Sigurd y se suicida para yacer en su misma pira funeraria, entre los dos cuerpos vuelve a estar la espada desnuda.
Sintetizando el argumento, la historia nos relata la aventura amorosa entre Javier Otálora, un profesor colombiano de la Universidad de los Andes, y la joven feminista noruega de nombre Ulrica. Los personajes se conocen durante una noche de paso en la Catedral de York, Gran Bretaña, justo frente a los significativos vitrales, conocidos como “Las Cinco Hermanas”. En esa ocasión apenas interactúan. Sin embargo, al día siguiente coinciden durante el desayuno en el comedor de la posada Northern Inn, donde ambos pernoctan. Deciden tomar juntos un paseo por la campiña y, durante el viaje, se desencadena la mutua atracción amorosa. Otálora y Ulrica acuerdan un encuentro sexual al llegar al final del camino, el pueblo Thorgate. Durante la caminata desarrollan un diálogo cargado de alusiones sobre la antigua literatura islandesa. Al llegar a la posada de Thorgate-también nombrada Northern Inn-, Otálora posee “por primera y última vez la imagen de Ulrica”. El relato se desarrolla durante “un día y una noche”, momentos propicios para la ensoñación. Se refieren otros espacios geográficos como Cartagena, Oslo, Londres y Edimburgo, visitados por el mismo Borges. Thorgate, donde la narración alcanza el clímax, no existe geográficamente, constituye una ficcionalización del autor.
El relato se clasificaría como una búsqueda amorosa o del placer, con un final satisfactorio: el encuentro se consuma, finalmente, en la posada de Thorgate, afirma la narración. Sin embargo, durante la historia el autor desliza demasiadas pistas, ‘pormenores’ como para considerar como único este desenlace simple. Al considerar las propuestas de Ricardo Piglia sobre el mecanismo de ficcionalización en Borges, estos pormenores adquieren la dimensión de “puntos de cruce” entre ambas fuentes productoras de ficción y, por tanto, entre sus manifestaciones o residuos en el relato. En Ulrica, la maquinaria de la Memoria actúa desde el comienzo del texto. “Mi relato será fiel a la realidad o, en todo caso, a mi recuerdo personal de la realidad, lo cual es lo mismo”. ( 9)[…]
Ciertos pormenores avalan la sospecha de que el encuentro amoroso entre Javier Otálora y Ulrica fue un ensueño erótico del profesor colombiano. Ciertos pormenores avalan la sospecha de que el encuentro amoroso entre Javier Otálora y Ulrica fue un ensueño erótico del profesor colombiano.
Esa afirmación genera un pacto de lectura con dos condiciones. En primer lugar, la narración se genera desde el espacio mental (la Memoria, los Recuerdos), por lo tanto, no existe manera de comprobar su veracidad. Luego, el narrador equipara la realidad a su “recuerdo personal”. Con ese pormenor, el narrador abre la puerta a la Memoria freudiana, al universo donde se distorsionan los hechos con velos usualmente ligados a los sueños y la imaginación. Al considerar ambos principios, la lectura del relato se desplaza al terreno de la incertidumbre onírica. Ciertos pormenores avalan la sospecha de que el encuentro amoroso entre Javier Otálora y Ulrica fue un ensueño erótico del profesor colombiano.
Las primeras acciones narrativas, como el encuentro de los personajes en la catedral de York habrían ocurrido en realidad, mientras el resto de los sucesos: la conversación durante el desayuno, el paseo hacia Thorgate y la consumación del acto sexual, habrían sido imaginarios. La frontera entre ambos espacios, el real y el onírico, se hallaría en el siguiente párrafo: “La crónica abarcará una noche y una mañana”, dice el narrador al comienzo del relato. Coincidentemente, estos son los momentos del día destinados a dormir y, por tanto, más propensos a la aparición de los sueños. La descripción del ambiente apunta más a un lugar onírico que a uno geográfico. Este ambiente cronotópico comunica soledad y aislamiento. Sugiere una realidad recortada a la medida del deseo del sujeto, necesaria para concretar su fantasía sexual. En otro contexto que no fuera de aislamiento, el encuentro entre Ulrica y Otálora hubiese sido más remotamente improbable: mientras más reducido es el espacio donde gravitan dos partículas, más probabilidades tienen de colisionar. En este caso, la “colisión” sería la aventura amorosa.
¿Por qué Ulrica, una mujer joven y aparentemente saludable, habría de morir? La tesis del sueño erótico podría explicarlo: al despertar Javier Otálora se acabaría la ensoñación, y con ella, sería el final de la Ulrica que acompaña al personaje.
El final del cuento justifica más aún esta lectura. No poseyó el cuerpo de la feminista noruega, de la mujer que vislumbró la noche anterior frente al vitral de las Cinco Hermanas de York, en la catedral, sino a la representación abstracta de esa mujer. Desde tal perspectiva, la historia constituiría una búsqueda, con un final insatisfactorio: el acto sexual, el hallazgo del amor y el placer, solo ocurren en la imaginación de Javier Otálora. Los detalles que recuerda Otálora son totalmente funcionales al relato, como el espejo que duplicaba “el esperado lecho” o “la bruñida caoba me recordó el espejo de la Escritura”.
La construcción del célebre vitral se debe a la aparición de una fantasmagoría. Esta coincidencia refuerza la naturaleza incorpórea del personaje femenino poseído por Otálora, quien no puede separar lo real y lo ficticio, imposibilidad que lo precipita a confundir lenguaje y realidad, imposibilidad que puede representarse finalmente como un juego de espejos enfrentados. El viaje a Thorgate, el paseo por el páramo nevado y la posesión de Ulrica no fueron sino un sueño.
[…] “Esa aventura, acaso la postrera para mí, sería una de las tantas para la resplandeciente y resuelta discípula de Ibsen […]