El despertador no existe en la pieza de adobe; el único tictac que mide el tiempo es el latido lento del corazón contra la frazada de lana de oveja, pesada como un abrazo de piedra. Afuera, el aire de la madrugada corta la cara antes de abrir la ventana. El piso de tierra cruda guarda el frío de la noche, un hielo seco que sube directo por las plantas de los pies descalzos tan pronto uno toca el suelo.
En el fondo del patio, junto al mortero, el agua de la acequia baja directa del deshielo de los cerros, embravecida y transparente. Mi cuero cabelludo largo, rebelde y desordenado, trata de acomodarse, mientras el olor a humo de leña vieja del fogón se mete en las trenzas.
Hoy... mientras aprieto contra el pecho, esta fotografía, como en aquella época de mi infancia, comienzo mi ritual de memoria, como cada mañana.
Para el resto, quizás, solo quizás, levantarse sea simplemente una transición mecánica: abrir los ojos, apagar la alarma, apurarse para cumplir con las exigencias del reloj. Para muchos, lavarse el rostro o mirarse al espejo es un trámite sin memoria, un acto automático antes de salir al mundo.
Pero para nosotras, las mujeres de la tierra, nuestras abuelas nos enseñaron que cada mañana es una ceremonia profunda. Sí, una ceremonia sagrada con la que tejemos nuestro tiempo y honramos el aliento que se nos regala. Nosotras no nos levantamos de cualquier manera, ni pisamos el suelo con prisa.
Al bajar de la cama, pedimos permiso a la Madre para poner nuestros pies sobre ella, buscando caminar con paso seguro, firme y respetuoso durante todo el día. Ese primer contacto no es un simple paso; es un pacto silencioso de reciprocidad y cuidado mutuo.
Luego viene el encuentro con el agua. Nos lavamos el rostro siete veces, y en cada una de esas inmersiones elevamos una oración en nuestras lenguas, invocando la fuerza y la claridad de nuestros mayores.
¿Jabón u otros artificios modernos? No. El rostro, que es el espejo de nuestro espíritu, no recibe nada de eso. Solo el agua pura de la vertiente, esa que no limpia meramente la piel, sino que purifica y llega hasta el alma, despertando nuestros sentidos con la frescura de los cerros. Así, así santificamos nuestro día y el de los nuestros; en ese instante íntimo, solo somos nosotras, el agua y el cosmos.
Peinar nuestros cabellos es otro acto de profundo amor y consciencia. Las abuelas nos enseñaron que el cabello es la extensión directa de nuestro pensamiento y de nuestra energía vital. Lo peinamos de manera amorosa, una y otra vez, ordenando las ideas y aquietando las preocupaciones.
Lo soltamos si es luna nueva, permitiendo que la energía se renueve desde la raíz.
Lo cortamos únicamente en cuarto creciente, para asegurar que crezca con fuerza y vitalidad.
Lo recogemos con cuidado en luna llena para concentrar el poder, o bien cuando llegan extraños a casa, resguardando así nuestra intimidad espiritual.
Quizás para el resto es simplemente empezar un nuevo día, pero para nosotras es un puente vivo entre lo que vemos, nuestro interior y el reflejo de mis ancestras habitando en mí.
Antes de caminar el nuevo amanecer, lo agradecemos profundamente. Miramos en la profundidad de nuestros propios ojos, en ese espejo que devuelve la mirada de nuestras abuelas, las historias ya tejidas, las luchas que el día nos depara y también las alegrías que están por florecer.
En esa mirada sabemos que nunca estamos solas: caminamos sostenidas por la memoria de todas las que vinieron antes, haciendo de cada despertar un acto de resistencia, identidad y amor.