miércoles 14 de febrero de 2024
El mirador político

Los dientes de la motosierra

La ratificación de la continuidad de la liga de gobernadores del Norte Grande y la conformación de la de los mandatarios de Juntos por el Cambio fueron los primeros movimientos significativos de reagrupación política tras la arrolladora victoria de Javier Milei sobre la denominada “casta”.

Es lógico que la atención se concentre en las tratativas que rodean la composición del futuro gabinete, pero conviene seguir la evolución de la toma de posiciones de los caciques provinciales. Hay en esa reacción una diferencia crucial con las intrigas que signan la distribución de parcelas de influencia en la burocracia de la Casa Rosada entre los libertarios debutantes y sus socios del ultramacrismo.

Reelectos o consagrados por los votos, los gobernadores son la más importante reserva de legitimidad del régimen institucional y político impugnado por Milei, que ha logrado blindarse por los desdoblamientos de las elecciones provinciales y las características del sistema de balotaje, que define todo el esquema parlamentario nacional en primera vuelta y deja pendiente solo la Presidencia para la segunda.

La ostensible diferencia que Milei le sacó a Sergio Massa no tiene traducción en el Congreso porque los legisladores nacionales –media Cámara de Diputados, un tercio del Senado- quedaron plantados en la primera vuelta. La gravitación de los gobernadores en la confección de esas listas fue determinante. En Catamarca, por ejemplo, el oficialismo se llevó las dos bancas de la Cámara de Diputados que estaban en juego, de modo que para el período que viene tendrá cuatro de las cinco que le corresponden a la Provincia en ese enclave.

En las conjeturas sobre la reconfiguración de la escena política, este elemento se conjuga con el desplome de los liderazgos nacionales devastados por la ola violeta. En ese derruido casillero jerárquico nadie está en condiciones por el momento de procurarle al presidente electo la consistencia legislativa indispensable para la gobernabilidad.

Tampoco Mauricio Macri. Su pacto con Milei fue una finta que le permitió esquivar el impacto de la victoria libertaria con el hilo en una pata, pero dinamitó la representación en el Congreso no solo de Juntos por el Cambio sino de su propio partido, el PRO, al tiempo que sembró inquinas cuya profundidad obstaculiza reconciliaciones en el mediano plazo.

Fragilidad

Milei no llega a los 40 brazos en la Cámara de Diputados. Juntos tiene formalmente 98 ¿Cuántos arrastrará Macri?

En el Senado, donde los libertarios son solo 7, el cálculo es todavía más incierto.

Si la legitimidad del triunfo de Milei es inobjetable, su contracara es la vigencia de la fragmentación sistémica. La Libertad Avanza carece de la capilaridad federal que el radicalismo le daba a Juntos por el Cambio.

La Presidencia es un polo de concentración de poder, sin dudas magnético, desde el cual se podría salvar esa carencia. Pero el sistema no es solo la Presidencia y su funcionalidad exige interlocutores sólidos en la contraparte. Subestimar la importancia de esta dialéctica implica para Milei asumir el riesgo de ser fagocitado por el mismo fenómeno de insatisfacción colectiva que lo depositó en la Casa Rosada.

Si se considera todo el proceso, Milei obtuvo en la primera vuelta el 30% de los votos. Los 26 puntos adicionales que le permitieron aplastar a Massa son prestados o, para ir acostumbrándose a su jerga, de “segunda generación”.

Es casi la mitad de su volumen electoral en el balotaje. Se trata de votos contra Massa y el peronismo, no a favor de él. Votos emitidos con la resignación del amante rechazado: su primera preferencia fue otra.

Liderazgos nacionales en crisis, hiperminoría oficialista en el Congreso, Presidente con un altísimo porcentaje de votos ajenos.

La importancia relativa de los jefes territoriales y sus terminales parlamentarias es mayor en este contexto.

Movimientos preventivos

Los diez gobernadores de Juntos por el Cambio expresaron su voluntad de contribuir a la gobernabilidad. Sin embargo, esta colaboración no es “incondicional” como la que supuestamente ofreció Macri después de que Patricia Bullrich quedó afuera del balotaje. Por el contrario, depende de que la Presidencia los ayude a su vez a sostener la gobernabilidad de sus distritos.

La liga de gobernadores de Juntos le marca así la cancha a Milei, pero sobre todo a Macri. Es un desacato apenas encubierto a la autoridad del expresidente, réplica del sismo provocado por su acuerdo unilateral con el libertario.

Por el otro lado, el mensaje de los gobernadores del Norte Grande al próximo presidente fue indirecto, dirigido a Alberto Fernández, pero no por eso confuso. Exigieron que les cumplan la promesa de compensar la caída de los ingresos por coparticipación provocada por la suba del piso imponible de Ganancias y la devolución del IVA, con la coparticipación del 25% del impuesto al Cheque y el 35% del impuesto PAÍS.

Fue un compromiso asumido por Massa a cambio del respaldo a su “plan platita” en la campaña. Ahora Massa dice que no puede tomar disposiciones tributarias en la transición sin acordarlas con Milei. Y Milei, que votó a favor de los cambios en Ganancias y el IVA, dice que así se quedan y que no habrá compensaciones.

Metáforas clientelares: Massa les dio a los gobernadores una zapatilla, pero como perdió no puede completarles el par.

¿Qué diría don Vicente?

Aglutinante

Coparticipación mochada y con proyección de caída por la baja de la recaudación.

El presente griego de Massa se concatena con los anuncios de Milei para colocar a las provincias en situación mendicante: paralización de la obra pública y cambio del sistema de inversión vigente por el de la iniciativa privada, interrupción de los giros discrecionales del Tesoro Nacional.

Ante los planteos y pedidos de clemencia, el inminente Jefe de Estado se limita a responder: “No hay plata”.

El horizonte del desfinanciamiento se impone como factor aglutinante en la fragmentación que late todavía bajo el rotundo triunfo de Javier Milei.

La necesidad, dice la sabiduría popular, tiene cara de hereje.

La razón presupuestaria reacciona contra los dientes de la motosierra. Como siempre, pero más que nunca.

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