Porque se subestimaban sus posibilidades de acceder al poder o por sus contribuciones a la taquilla mediática, la agresividad del presidente Javier Milei se fue naturalizando desde su irrupción en la escena política como un rasgo pintoresco e inofensivo de su exuberante estilo.
Importados por él desde el mundo del espectáculo y el panelismo televisivo, los disparates y los insultos indiscriminados a sus antagonistas fueron ingredientes medulares en la construcción del personaje político, que se afianzó motosierra en mano, prometiendo el exterminio de la casta y hecatombes como el incendio del Banco Central. El éxito electoral del método es innegable, pero varios episodios desde la victoria libertaria dan cuenta de la peligrosidad que entraña sostenerlo en el ejercicio de la Presidencia.
Milei utiliza sus redes sociales, especialmente X (ex Twitter), para disparar linchamientos virtuales cargados de odio.
El silencio de los líderes frente a la violencia que puedan perpetrar sus acólitos equivale a un consentimiento tácito que estimula su reproducción, pero deja algún margen para la duda. En el caso de Milei, este espacio abierto a la interpretación desaparece: él mismo acaudilla el aluvión de vituperios y execraciones, con lo que promueve y legitima el procedimiento.
Después de su controvertida intervención en el foro de Davos, dos periodistas fueron blanco de las jaurías virtuales instigadas por el aparato de comunicación presidencial.
A Milei le desagradó que la enviada especial de La Nación, Luisa Corradini, informara que su discurso en Davos había provocado “estupor y sorpresa” y que la mitad de las butacas del salón donde lo dio estaban desocupadas.
“Che...!!! Pero me contaron que la mentirosa de Luisa Corradini que trabaja para los operadores de La Nación dijo que en mi exposición la sala estaba vacía... Parece que tienen una obsesión para mentir, calumniar, difamar y decir todo tipo de barbaridad si se trata de mí”, tuiteó el Presidente, para desatar un alud de desagradables agravios contra Corradini.
María O’Donnell cobró por haber dicho que al parecer Milei se trasladaría desde Ezeiza en helicóptero, lo que le parecía contradictorio con el esfuerzo por exhibir austeridad del mandatario.
Esta manifestación fue realizada por O’Donnell en su programa radial en base a información inexacta proporcionada por fuentes del Aeropuerto. La periodista se corrigió de inmediato cuando la situación se aclaró, pero Milei, después de esa corrección, posteó en su cuenta de X un video en el que aparecía subiendo a una camioneta: "María O'Donnell, el presente video de mi llegada a Ezeiza y saliendo en una camioneta deja en evidencia que HAS MENTIDO con el objetivo de ensuciar. 'Periodistas' mintiendo... un clásico de la progresía argenta”. Citó a @ElPelucaMilei, cuyo comentario a ese video era: "Se cayó en tiempo récord la operación de María O'Donnell contra Milei". Luego retuiteó numerosos posteos de seguidores imposibles de identificar desacreditando a O’Donnell, que recibió su correspondiente dosis reforzada de insultos.
Milei utiliza sus redes sociales, especialmente X (ex Twitter), para disparar linchamientos virtuales cargados de odio. Es un método que entraña serios riesgos
Estos incidentes remitieron a la polémica del mismo Milei con la periodista Silvia Mercado, quien había informado erróneamente que sus perros ya estaban en la Residencia de Olivos.
Por X, Milei la sindicó como “mentirosa serial” y desencadenó la consabida retahíla de agravios. La nimiedad adquirió envergadura de cuestión de Estado, al punto de “poner en riesgo”, según se informó oficialmente, el puesto del vocero Manuel Adorni. Absurdo.
Las periodistas recibieron el respaldo de las instituciones vinculadas a la defensa del periodismo y la libertad de prensa. El conductor que atropelló y mató un perro en Lanús, en cambio, no contó con estas protecciones frente a la movilización de las falanges virtuales del Presidente.
La Justicia ya había resuelto el caso, pero Milei replicó el tuit de un usuario que acusaba al conductor de haber matado al animal deliberadamente y exigía que pagara “con lágrimas” el crimen.
A los vilipendios multiplicados exponencialmente en el ecosistema virtual se sumó la acción de la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, quien movilizó a la Policía Federal para capturar al réprobo. Cuando se produjo la detención, Milei posteó el video del momento en que lo sacaban de la casa esposado como un peligroso criminal. “El que las hace las paga”, sentenciaron él y la ministra, implacables.
Ese mismo fin de semana, cinco personas fueron asesinadas en un tiroteo en González Catán, La Matanza, en el marco de un conflicto por tierras usurpadas. La Casa Rosada, presta a escrachar y disponer de recursos públicos para atrapar al victimario de un perro en Lanús, consideró en este caso que la masacre era responsabilidad exclusiva de las autoridades de la Provincia de Buenos Aires y La Matanza.
Es probable que Bullrich necesitara exhibir algún resultado para moderar el bochorno que había protagonizado con la célula terrorista conformada por un peluquero, un profesor de pin-pong y un delirante que alardeaba de ser agente de inteligencia de la Embajada norteamericana y mercenario.
Como la Justicia no pudo encontrar ningún indicio que incriminara al singular trío acusado por Bullrich de fraguar un atentado terrorista, a ella no se le ocurrió mejor cosa que intentar redimirse participando en la campaña encabezada por su jefe para convertir en enemigo público a un conductor de colectivso.
Conviene advertir que la comicidad de estos bizarros incidentes es pareja con el peligroso clima de hostilidad que van configurando.
Preguntarse, por ejemplo, sobre las consecuencias que podría acarrearle a cualquiera ganarse la ojeriza de un Presidente tan propenso a marcar enemigos y ofenderse por cualquier insignificancia.
El escarnio masificado por redes sociales ya es una reacción desmedida.
¿Y si algún desequilibrado decide pasar de los tuits a los hechos? Nunca faltan.
La templanza y la prudencia son virtudes cardinales del político. Promover el odio no es inocuo.