domingo 11 de enero de 2026
Opinión

La educación que no figura en los manuales: criar buena gente

Por Rodrigo Morabito (*)

Algo se nos está escapando de las manos y no siempre queremos admitirlo. No es una cuestión generacional ni una nostalgia romántica del pasado. Es una alarma silenciosa que se enciende cada vez que dejamos de mirarnos a los ojos, cada vez que el saludo se pierde, que el “gracias” se vuelve raro, que la empatía parece un gesto excepcional y no una regla básica de convivencia.

Volver a transmitir valores no es retroceder; es sostener el futuro. El saludo, la gratitud, la solidaridad, la empatía y la no violencia no son palabras vacías ni consignas ingenuas. Son los cimientos sobre los que se construyen personas capaces de convivir, de resolver conflictos sin destruir al otro, de reconocerse parte de una comunidad y no meros individuos aislados.

Hoy vemos niños, niñas y adolescentes creciendo en un mundo acelerado, hiperconectado y, paradójicamente, cada vez más solo. Pantallas que ocupan el lugar del diálogo, reacciones inmediatas que reemplazan a la palabra, impulsos que se imponen sobre la reflexión. No se trata de demonizar la tecnología, sino de impedir que lo capture todo. Ninguna aplicación puede reemplazar el valor de una charla, un abrazo, una discusión resuelta sin golpes ni gritos.

Necesitamos volver a la interacción real. Volver a enseñar que los conflictos existen, pero que no se resuelven con violencia. Que hablar, escuchar, pedir perdón y perdonar no es signo de debilidad, sino de madurez. Que convivir implica límites, respeto y responsabilidad.

Volver a la educación primaria, la que se aprende en casa. Esa que no figura en los programas escolares pero define a las personas para toda la vida. La que enseña a esperar el turno, a respetar al otro, a no ensuciar el espacio público, a hacerse cargo de las propias acciones. Ninguna escuela puede reemplazar lo que se transmite -o se omite- en el hogar.

Volver al juego en la calle. A los centros vecinales como espacios vivos, llenos de risas, de movimiento, de encuentros reales. Volver a los clubes de barrio como lugares de pertenencia, donde se aprende a compartir, a competir con diversión, a ganar sin humillar y a perder sin resentimiento. Donde el “nosotros” vale más que el “yo”.

Volver a las plazas, a los espacios verdes, al contacto con la naturaleza que enseña paciencia, cuidado y respeto sin decir una sola palabra. Que los chicos vuelvan a ensuciarse las manos con tierra y no solo con pantallas. Que el cuerpo y la emoción tengan tanto lugar como la tecnología.

Y, sobre todo, volver a una pregunta esencial: ¿qué tipo de personas queremos formar? Padres y madres tenemos una responsabilidad irrenunciable. Criar hijos e hijas que sean buena gente antes que competitivos, solidarios antes que individualistas, humanos antes que materialistas. Que entiendan que la bondad no es ingenuidad, que el perdón no es olvido, y que la empatía es la base de cualquier sociedad que aspire a ser justa.

El mundo de hoy no necesita solo niños, niñas y adolescentes preparados para competir. Necesita niños, niñas y adolescentes dispuestos a comprometerse, a cuidar al otro, a mejorar la realidad que les toca vivir. Necesita generaciones que no naturalicen la violencia ni la indiferencia.

Volver a lo esencial no es un gesto melancólico. Es un acto urgente. Porque en esos valores simples -el saludo, la palabra, el juego, el encuentro- se juega algo mucho más grande; la posibilidad de construir una sociedad más humana, más pacífica y más justa.

Y ese futuro empieza hoy, en cada casa, en cada barrio, en cada plaza. Empieza con los chicos. Empieza con nosotros.

(*) Juez de Cámara de Responsabilidad Penal Juvenil de Catamarca. Profesor adjunto de Derecho Penal II de la Universidad Nacional de Catamarca. Miembro de la Mesa Nacional de Asociación Pensamiento Penal. Miembro del Foro Penal Adolescente de la Junta Federal de Cortes (Jufejus). Miembro de Ajunaf. Miembro de la Red de Jueces de Unicef.

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