miércoles 21 de septiembre de 2022

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Editorial

La barbarie y el compromiso

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19 de septiembre de 2022 - 01:00

El viernes pasado se cumplieron 46 años de La Noche de los Lápices, uno de los operativos más crueles perpetrados por la dictadura militar que asoló al país entre 1976 y 1983. Consistió en el secuestro de 10 adolescentes que cursaban sus estudios secundarios en La Plata. Las víctimas sufrieron durante varios días todo tipo de abusos y torturas. Seis de ellos continúan, 46 años después, desaparecidos.

Los jóvenes tenían militancia política, participaban activamente de los centros de estudiantes y habían logrado el boleto estudiantil gratuito. Estas fueron las causas, y no otras, las que provocaron que el régimen político vigente entonces, que pretendía exterminar cualquier atisbo de compromiso social o visión crítica del modelo impuesto, pergeñara el procedimiento.

La militancia política estudiantil, que puede ser partidaria o no, es muy intensa en las universidades, pero no así en el nivel secundario, mucho menos ahora que cuando promediaba la década del setenta. En el ámbito universitario las contribuciones de la militancia estudiantil han sido a lo largo de la historia muy fructíferas para el conjunto de la sociedad. Baste como evidencia para corroborar lo dicho en la reforma de 1918 en Córdoba, que sentó las bases de una nueva universidad para todo el país, más democrática y vinculada a las transformaciones sociales.

En el nivel secundario la militancia es más acotada, lo que se explica básicamente por la edad de los alumnos: quienes integran los centros de estudiantes son chicos que por lo general integran una franja etaria que va de los 14 a los 17 años. Y, por lo general, la participación en esos ámbitos se vincula fundamentalmente a cuestiones muy restringidas a la vida escolar.

Desde la recuperación de la democracia la relación entre política y estudiantes secundarios ha sido motivo de debates y polémica. Las posturas van desde una reivindicación enfática de la militancia estudiantil hasta su completa denostación. Esta última visión supone que las chicas y los chicos que cursan la escuela media que participan de las actividades del centro de estudiantes corren el riesgo de ser adoctrinados por los mayores. Se trata de una perspectiva de análisis que considera a los estudiantes secundarios como sujetos sin capacidad de análisis crítico, fácilmente manipulables.

Los adolescentes también desarrollan pensamiento crítico y se preocupan por los problemas de la escuela y de la sociedad en la que viven. Y, aunque hay que evitar el aprovechamiento de las estructuras partidarias manejadas por mayores que a veces solo buscan réditos partidarios, es saludable que los estudiantes secundarios tengan una mirada cuestionadora de la realidad en que viven, se comprometan con esa realidad y sepan hacer valer sus derechos como jóvenes y como estudiantes.

La reflexión sobre aquella trágica noche de septiembre de 1976 debería servir para que los jóvenes, que no vivieron aquella época, tomen conciencia de la barbarie impuesta por el terrorismo de estado y al mismo tiempo el valor de la participación y el compromiso social.

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