Cada año, cuando llega el día del Veterano y de los caídos en la guerra de Malvinas, la memoria se activa. Vuelven los nombres, las historias, las voces de aquellos jóvenes que fueron enviados al sur con más coraje que recursos, con más convicción que abrigo. Hambre, frío, incertidumbre… y, aun así, la decisión firme de defender lo que sentían propio.
Ellos no eligieron el contexto. No diseñaron la estrategia. No calcularon costos ni beneficios. Fueron. Y en ese ir, muchos dejaron la vida y otros volvieron con marcas que el tiempo no borra. Ahí están los héroes: en la entrega, en la dignidad, en la lealtad a algo que los trascendía.
Pero la memoria no puede ser solo un acto ritual. No puede quedarse en el discurso repetido ni en la lágrima ocasional. Porque mientras recordamos a los héroes, la realidad cotidiana nos enfrenta a una pregunta incómoda: ¿qué hacemos hoy con ese legado?
En una Argentina atravesada por la crisis, donde el hambre vuelve a doler, donde los jubilados eligen entre comer o comprar medicamentos, donde la pobreza avanza y la desesperanza se instala, la política parece haber tomado otro rumbo. Uno más cercano al cálculo que al compromiso, más ligado al beneficio propio que al bien común. Es la política del “Autoservicio”: beneficios para un sector y para otros no.
Y entonces aparece una palabra antigua, pero vigente: cipayos. No en su sentido literal, sino como símbolo de quienes administran lo público como si fuera privado, de quienes negocian principios en nombre de conveniencias, de quienes hablan de patria mientras se alejan de su gente.
No todos, claro. Pero sí los suficientes como para que la distancia entre representantes y representados sea cada vez más grande.
La paradoja es evidente: mientras se exalta la gesta de Malvinas como símbolo de soberanía y entrega, muchas decisiones actuales parecen ir en sentido contrario. Se honra el pasado, pero se descuida el presente. Se evocan héroes, pero escasean los gestos heroicos en la gestión cotidiana.
Tal vez el verdadero homenaje no esté solo en recordar, sino en actuar en consecuencia. En construir una dirigencia que esté a la altura de aquellos jóvenes que, sin saberlo todo, sin tenerlo todo, lo dieron todo. Porque un país no se sostiene únicamente con memoria, sino con coherencia.
Y entre héroes y cipayos, la historia —la de verdad— no se escribe con discursos, sino con decisiones.