martes 9 de abril de 2024
Algo en que pensar mientras lavamos los platos

Guitarras imaginarias

Por Rodrigo L. Ovejero

En el mes de agosto de 2024, de no mediar la caída de un meteorito u otro evento de proporciones apocalípticas, tendrá lugar un nuevo campeonato mundial de air guitar –su traducción “guitarra de aire” no me resulta lo suficientemente expresiva, pese a la literalidad- esto es, una competencia en la cual los participantes intentan replicar lo mejor posible el uso de una guitarra sin la molestia de tener el elemento en sus manos. Todos lo hicimos alguna vez: fingimos tocar un solo en un instrumento imaginario con una solvencia que jamás tendríamos en el uso del objeto real. Pues bien, desde 1996 hay un torneo mundial de esa actividad, y me parece fabuloso.

Hay una parte de nuestra mente o nuestro corazón, vaya uno a saber cuál, que se despierta muy de vez en cuando en las ocasiones en las que fingimos tocar un instrumento etéreo. Esa parte nuestra permanece dormida la mayor parte del tiempo, ahogada entre pagos de hipotecas, plazos laborales, horarios de remedios y discusiones acerca del tipo de cambio más conveniente para nuestras operaciones comerciales. Nuestra existencia rutinaria, agobiada por las exigencias de la vida moderna de Rocko, convertida en un mero juego de superar cada día con el menor daño posible, de pronto se interrumpe en el instante mágico en el que en la radio pasan In the air tonighty una fuerza superior nos compele a golpear una batería imaginaria como si se nos fuera la vida en ello.

Lo curioso es que con los años he entendido que esta mímica gozosa no se limita a la música y sus instrumentos, sino que cualquier pasión lo suficientemente intensa despierta en las personas la magia de lo etéreo, la aparición instantánea de pelotas, armas, motocicletas y un sinfín de otras cosas imaginarias. Si prestamos atención podremos notar que cuando alguien nos cuenta algo con verdadero entusiasmo su relato va acompañado del uso de elementos imaginarios con la destreza requerida para la actividad real. El caso típico suele ocurrir cuando nos cuentan una anécdota de pesca, lo que suele venir acompañado de una minuciosa recreación gestual de todos los pasos necesarios para la obtención del pez.

Algunas personas, sin embargo, llevan al paroxismo esta costumbre y acompañan su relato con la mímica de todo tipo de acciones, incluyendo las más mundanas como prepararse un café o poner la primera marcha del automóvil. Se trata de una suerte de recreadores de una cotidianidad imaginaria que colman la paciencia del interlocutor. Lo correcto es reservar las acciones imaginarias para los picos de intensidad del relato, de lo contrario la mímica pierde peso específico. Y no quiero empezar a hablar de aquellos que exageran la narración de los hechos mediante una gesticulación desproporcionada en pos de ensalzar sus virtudes y maquillar sus defectos, seres deleznables que se valen de este recurso inmaterial para atribuirse méritos y habilidades de los que la realidad les ha privado.

Pero dejemos de lado estas desviaciones de una conducta tan virtuosa para centrarnos en lo importante, lo que en verdad quiero dejar como mensaje de esta columna: necesitamos tocar más guitarras de mentira, golpear más baterías imaginarias y atrapar más peces de memoria.

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