La composición del gabinete de Javier Milei refleja el estupor del sistema político por su vertiginoso ascenso y la inercia de su fragmentación.
La composición del gabinete de Javier Milei refleja el estupor del sistema político por su vertiginoso ascenso y la inercia de su fragmentación.
Se trata de un equipo de individualidades cuyos precedentes y filiaciones multiplican conjeturas sin verificar compromisos colectivos con los complejos tiempos que se avecinan. El propio sector libertario se vio relegado en la distribución de espacios en beneficio de los forasteros.
La insistente aclaración de que las incorporaciones son producto de decisiones personales significa que Milei no ha conseguido o no ha querido sellar alianzas con alguna de las facciones que compitieron con él.
La consistencia de la gestión se asienta en los votos obtenidos y depende de tal manera exclusivamente de su éxito, porque los bloques con representación mayoritaria en el Congreso, con sus liderazgos en crisis, prefieren mantenerse prescindentes a la espera de los acontecimientos, mientras los gobernadores suspenden sus identificaciones partidarias para acometer en conjunto la pelea por la distribución de los recursos fiscales con un proyecto para coparticipar la mitad de la recaudación del impuesto al Cheque.
Carencias
El Presidente carece de una red de contención política e institucional para el programa que se propone practicar. Este detalle lleva al primer plano los interrogantes sobre disposición que tiene la sociedad a tolerar el impacto del ajuste que pregona.
¿Qué grado de correspondencia tiene la presunta voluntad social para el sacrificio con las expectativas que generó el triunfo libertario? Gran pregunta, que signará los primeros meses del novedoso y por novedoso enigmático, ciclo que se inicia hoy.
El formato de la asunción es acorde a lo descripto.
Tras recibir los atributos del mando, Milei dará un discurso en las escalinatas del Congreso, directamente a quienes se congreguen allí y no ante la Asamblea Legislativa como han hecho todos sus predecesores. Será la consagración simbólica de un empoderamiento ayuno de intermediaciones entre él y quienes lo votaron.
Los trascendidos indican que expondrá la gravosa herencia recibida y propondrá sangre, sudor y lágrimas para revertirla.
Milei destaca entre las peculiaridades de su victoria el hecho de haber sido el primero en llegar a la Casa Rosada prometiendo ajustes. La motosierra fue de hecho su emblema.
De ahí concluye que la sociedad votó al ajuste. ¿Será así?
Tal vez el diagnóstico deba incorporar el ingrediente de que el ajuste prometido era sobre “la casta” política.
Las versiones hablan de medidas inmediatas que no requieren trámite parlamentario, como la prórroga del Presupuesto 2023, el inicio de la quita de subsidios a las tarifas, la liberación de precios, la devaluación, la interrupción de aportes no reembolsables a las provincias por fuera de la coparticipación, la adecuación de los salarios del sector público a la pauta presupuestaria congelada.
El objetivo es reducir el déficit fiscal a cero.
Sergio Massa y Alberto Fernández trataron en la retirada de minimizar la profundidad de la crisis que dejan. Las cifras, sin embargo, son rotundas.
Más del 44% de pobreza, una inflación galopante superior al 140%, deuda pública escalofriante, reservas en el Banco Central negativas estimadas en 12.000 millones de dólares.
La intención de Milei es reducir el gasto en su primer año en unos 5 puntos del PBI, que son entre 20 y 25 mil millones de dólares.
Los procedimientos para alcanzar esta meta son un misterio que empezaría a develarse hoy.
Condiciones
Los actores del sistema se han limitado a las manifestaciones de buena voluntad sin ponerle el cuerpo a la aventura. Al cojo, indica la sabiduría popular, hay que verlo andar para saber de qué lado renguea. O de qué lado hay que pisarlo, añade el cinismo.
Milei cuenta con un respaldo popular inobjetable, pero en el marco del dispositivo de balotaje que establece el régimen electoral argentino.
Sus votos directos, logrados en primera vuelta, son el 30% y lo dejaron segundo detrás de Massa. Llegó al 56% en segunda vuelta, con Juntos por el Cambio y las otras dos alianzas fuera de la cancha.
El 30%, que fue prácticamente lo mismo que sacó en las primarias, sería el voto duro “anticasta”. El 26% restante es mayoritariamente antikirchnerista.
Vale decir que casi la mitad del volumen electoral de Milei, en el que radica una potencia electoral que contrasta con su fragilidad parlamentaria y territorial, se definió bajo el supuesto de que sacar al kirchnerismo del poder era la condición necesaria para revertir la crisis.
Tal vez haya sido una evaluación correcta, pero de condición necesaria a condición suficiente hay un tranco de extensión todavía desconocida.
En esa extensión se cifran las expectativas depositadas en la gestión Milei, que para cumplir debe al menos detener un desplome económico y social que se arrastra desde hace una década.
Son muy recurridas las metáforas bélicas. Se habla, por poner un ejemplo, de la bomba de las Leliqs que deja Massa, que tantas controversias sobre la urgencia por desactivarla provoca.
Pero la bomba más determinante es otra y su pólvora no es económica sino política. Es la de la paciencia social para aguardar los resultados que arrojará la singular gestión libertaria.
Con su discurso dirigido directamente al pueblo, en las escalinatas pero de espaldas a ese reducto de la casta que es el Congreso, Milei prende hoy la mecha.