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Cara y Cruz

Cuestión de incompetencia

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10 de junio de 2022 - 00:30

El incidente Matías Kulfas derivó en el escándalo del Gasoducto Néstor Kirchner para desnudar las severas limitaciones de una dirigencia que, tan devaluada como apresurada por tratar de rapiñar réditos políticos de cualquier episodio, no cesa de tirotearse las patas. Lo que se torna cada vez más claro es la magnitud de la incompetencia estatal.

El gasoducto es una obra de infraestructura central para comenzar a revertir la dependencia energética del país y posicionarlo como exportador. Se proyectó para trasladar gas desde Vaca Muerta hasta centros de consumo y exportación, pero está embarbascado en las rencillas de consorcio del oficialismo, al parecer por los intentos de manipular contratos.

No se trataría solo de la licitación. Techint, de Paolo Rocca, fue única oferente, quizás porque no hay demasiadas firmas con capacidad de llevar adelante una obra de semejante envergadura en el tiempo récord que se pretende. El asunto parece más bien pasar por los intentos de meter empresas y empresarios afines al kirchnerismo en el negocio, cosa que, por supuesto, entusiasma a una oposición perita en hacer denuncias y escandalizarse por las defecciones éticas ajenas, como si las propias merecieran tratamiento menos riguroso.

Entre la confusión favorecida por las bullas, se distingue un hecho concreto, incontrastable: el gasoducto clave no puede hacerse en estas condiciones.

La crisis fue precipitada por la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner en el acto por los 100 años de la degradada YPF. Más adecuado, imposible.

La Vice le reprochó al presidente no usar “la lapicera” para obligar a Techint a comprar las chapas para confeccionar los caños para el gasoducto en territorio nacional, en lugar de comprárselas a una empresa de Brasil a la que está asociada. El problema es que no hay en la Argentina acería capaz de hacer chapas de las características requeridas para hacer los tubos que se necesitan, que no son los de un gasoducto común, y no es razonable, ni económico, instalar la estructura necesaria para proceder como pretende Cristina por solo una obra. Es, en rigor, absurdo.

A estas apreciaciones de la mandataria se superpuso la respuesta de Kulfas, diciendo que no podía ella objetar a Techint cuando fueron sido sus propios alfiles en Energía Argentina quienes habían direccionado la licitación, y sumando otras inexactitudes.

En ese contexto cobró relevancia la renuncia del ex presidente de ENARGAS Antonio Pronsato a Energía Argentina, donde lo habían convocado por su conocimiento en gasoductos. Se fue porque no quiso quedar envuelto en el papelón en curso, del que las corruptelas son solo una parte.

Vinieron las denuncias, el juez Daniel Rafecas abrió una investigación. El destino del gasoducto Néstor Kirchner es incierto.

O sea: el aprovechamiento del potencial de Vaca Muerta es incierto, en un país que importa gas, con un sistema de tarifas energéticas desquiciado por los subsidios, permanentemente al borde del colapso por la escasez de las divisas que debe usar para, entre otras cosas, importar el gas que no puede transportar desde Vaca Muerta.

Un país, además, con una oposición tan inconsistente que se parte también por este asunto.

Ayer, el exministro de Energía macrista Juan José Aranguren desacreditó las denuncias planteadas por diputados de su propio palo, a quienes recriminó por el “desconocimiento total” sobre los detalles administrativos y técnicos de un gasoducto como el Néstor Kirchner, al punto de confundir “caño con diámetro”. No los desacreditó por su ignorancia, sino por lo supino de esta ignorancia, ya que se debe a la negligencia.

Los denunciantes ni siquiera se informaron antes de meter la denuncia. Así contribuyeron a sumar el obstáculo judicial a los administrativos y a las presuntas corrupciones.

El Estado argentino no puede construir una obra de infraestructura a raíz de las divergencias entre sus administradores, minusvalía enfatizada por la falta de estatura de quienes aspiran a sucederlos.

Estado fallido.

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