lunes 6 de febrero de 2023

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Editorial

Cuando protestar es un delito que se paga con la muerte

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La hegemónica presencia del tema Mundial de Qatar en los medios de todo el mundo no alcanzó a tapar la noticia terrible del jugador de fútbol iraní -Amir Nasr-Azadani- condenado a muerte en la horca por apoyar protestas en su país a favor de los derechos de las mujeres.

El jefe de la Autoridad Judicial de la ciudad de Isfahán, Abdullah Jafari, argumentó que Azadani fue condenado por ser presuntamente parte de un grupo armado que asesinó a tres miembros de una fuerza paramilitar. Según la autoridad, la pena de muerte se sustenta en que "el acusado ha confesado abiertamente sus acciones criminales”. Hay coincidencia generalizada en organizaciones humanitarias de ese país asiático y de otras naciones del mundo respecto de que se trata de una confesión obtenida en base a torturas.

La condena se trata, en realidad, de un mensaje ejemplificador que pretende emitir un gobierno de una sociedad teocrática (donde no hay separación entre clero y Estado) y extremadamente conservador, para mantener una política de sometimiento a las mujeres y en contra de cualquier protesta que pretenda emitir un mensaje de apertura democrática.

También por participar de protestas hace pocos días fue ahorcado en público desde una grúa callejera otro deportista, el luchador Majid Reza Rahnavard.

Hay toda una movida a nivel mundial para impedir que la ejecución se concrete. El asunto, lejos de ser un hecho aislado que solo compete al interés de un país en particular, tiene implicancias globales. No es posible que las sociedades democráticas del mundo toleren actos criminales, disfrazados con ropajes supuestamente legales que no son tales. Por cierto, Irán es uno de los tantos países que cometen este tipo de atropellos contra la dignidad humana.

De modo que no solo debe haber una creciente presión internacional para evitar que la ejecución se consume, sino también para que tanto en Irán como en otras naciones escasamente democráticas se den procesos de apertura que vayan, aunque sea de manera gradual, propiciando la configuración de estructuras de poder más democráticas y más permeables a los cambios sociales inclusivos.

No se le puede imponer a Irán que organice una nación con valores occidentales. Pero sí que sea respetuoso de las disidencias y permeable a transformaciones inclusivas

Las protestas vienen creciendo en Irán en los últimos años, pero como sucede siempre que se cuestiona abiertamente a una dictadura, los protagonistas de tal desafío corren peligro de muerte. Las ejecuciones han tomado estado público porque involucran como víctimas a deportistas conocidos, pero se vienen sucediendo en ese país desde hace muchos años.

La presión global contra Irán no es misión exclusiva de los gobiernos u organizaciones supranacionales; también pueden provenir de ciudadanos comunes de cualquier parte del mundo que expresen, a través de mecanismos participativos que circulan por redes sociales y otros medios, su oposición a las ejecuciones.

No se le puede imponer a Irán que organice una nación con valores o cultura occidental. Pero sí que sea respetuoso de las disidencias y permeable a transformaciones demandadas por su propio pueblo y por la comunidad democrática internacional.

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