Este mundo es una fuente inagotable de decepciones, desilusiones y desengaños. Pero todavía hay espacio para pequeños milagros de vez en cuando. Si uno toma un papel y lo dobla sobre sí mismo de la manera adecuada, convierte su planicie sosa en un objeto completamente nuevo y funcional. El mundo, luego de esta acción, sigue siendo una fuente inagotable de decepciones, desilusiones y desengaños, pero ahora tenemos un barquito de papel.
La fabricación de barquitos de papel requiere una técnica superior a la necesaria para construir aviones del mismo material, y la funcionalidad es mucho menor. Un barquito de papel difícilmente pueda superar un corto período de navegación, mientras que un avioncito tiene una capacidad de vuelo ilimitada. Es por ello que la fabricación de barquitos resulta una actividad mucho más fútil y efímera, lo cual la hace, por supuesto, más atractiva. La fabricación de barquitos de papel es la perfección del ocio creativo, la cima de las ocupaciones que no sirven para nada. Y son justamente las ocupaciones que no sirven para nada las que nos hacen humanos. Un elefante, por ejemplo, no utiliza su tiempo en nada que no le sirva para sobrevivir. Una jirafa no se inscribe en talleres literarios.
Una historia muy edificante acerca de barquitos me la contó mi amigo LC, justamente mientras me enseñaba a hacerlos. Entre pliegue y pliegue me refería que alguna vez, una mujer, luego de tener un gesto muy amable con él, procedió a enseñarle a hacer estas manualidades, y él aprendió a la perfección la lección pues su mente había quedado muy bien predispuesta hacia las pequeñas maravillas de esta vida. De esa historia podemos extraer dos enseñanzas: la primera es que asimilamos mejor la información si estamos del humor correcto, y la segunda es que toda experiencia agradable puede ser mejorada si añadimos un barquito de papel a modo de detalle pintoresco.
Sin embargo, el verdadero secreto para hacer un barquito de papel solvente consiste en fabricarlo con esperanzas de eternidad, pese al cabal conocimiento que tenemos de la brevedad de su existencia luego del primer contacto con el agua. Debemos imaginar que atravesará los siete mares, que alcanzará destinos exóticos, que luchará contra el Kraken y navegará arrullado por el canto de sirenas en aguas inexploradas. Cada doblez debe ser llevado a cabo con prolijidad y esmero, en la inteligencia de que alguna vez participará de estruendosas batallas navales y depende de nosotros que no salga de ellas escorando hacia su perdición. A la hora de botarlo debemos estar convencidos de que no volveremos a verlo pues su destino está más allá del horizonte, en una travesía interminable llena de peligros, contratiempos y sucesos asombrosos.
Con eso en mente podemos buscar una hoja de papel –mucho mejor si tiene algo escrito, como esta columna, por ejemplo- y hacer el primer doblez. Si vamos a perder el tiempo, que sea con la seriedad que se merece.