lunes 23 de mayo de 2022

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4 de marzo de 2022 - 01:05

El caso de Francisco Leonardo “Monito” Mena, un jardinero de 54 años al que le amputaron una pierna debido a la diabetes que padece, remite a otros que dejaron en evidencia fallas en el sistema de asistencia social que, teniendo en cuenta la celeridad de las respuestas una vez que tomaron estado público, podrían subsanarse fácilmente tan solo con una actitud alerta por parte del funcionariato y dispositivos burocráticos eficaces.

La correlación es nítida. Gestiones personales, interminables derivaciones telefónicas, mensajes a los wathsapp oficiales ignorados y extensas amansadoras resultan infructuosas hasta que quienes necesitan el auxilio del Estado se deciden a recurrir a la prensa o tienen la suerte de que la prensa los visibilice por iniciativa propia. Una vez que esto ocurre, los obstáculos desaparecen como por arte de magia y reciben la asistencia pública de inmediato, además de la solidaridad de la gente, siempre presta a tender la mano. Sin embargo, la mayoría de las veces ocurre que estas contribuciones cesan en cuanto remite el interés del público, y otra vez la burra al trigo.

“Monito” Mena vive una situación desesperante desde que diciembre del año pasado le amputaron su pierna izquierda. Era jardinero, pero ahora no puede trabajar, no tiene ingreso alguno, tampoco asistencia del Estado, ni nacional, ni provincial, ni municipal, salvo los remedios. El trámite para conseguir una pensión por discapacidad se demora en la ANSES.

El Ancasti informó sobre su caso y le llegaron algunas soluciones.

Una situación similar a la de Walter Silva, también visibilizada por la prensa. Padece artritis reumatoidea y necesitaba de la solidaridad de la gente para poder comprar la medicación Cimzia 200 mg y Artrait 25, que tenía un costo de aproximadamente $30.000 pesos mensuales mientras él cobraba $18.000 pesos de una jubilación por incapacidad tras sufrir un accidente laboral trabajando para el municipio de Valle Viejo.

Cuando este diario difundió su drama, la OSEP puso en marcha los engranajes para cubrir la totalidad del costo de los medicamentos. Entró dinero en una cuenta abierta específicamente para ayudarlo y se juntó plata, un corralón donó los materiales para que pintara la casa en la que vive, una rotisería se comprometió a llevarle una vianda durante un mes y recibió donaciones varias.

Estos auxilios tienen el problema de su falta de sistematicidad. No está garantizada su continuidad en el tiempo, y quienes los necesitan se ven obligados mes a mes a buscar las formas de sobrevivir.

“Sangra mucho el corazón del que tiene que pedir”, dice Martín Fierro.

La designación de asesores en el Estado y la proliferación de “ñoquis” con emolumentos importantes es información habitual y uso, y costumbre transversal a todas las fuerzas políticas. Está naturalizado y a esta altura son pocos los que se escandalizan.

¿Qué esfuerzos presupuestarios y de gestión puede demandar ayudar a personas en situaciones como las descriptas, incapacitadas para trabajar?

No estaría de más un relevamiento de la cartera de Desarrollo Social, tal vez no sea demasiado costoso. Por supuesto, con la seriedad necesaria para neutralizar la politiquería y el clientelismo, aparte de la acción de los que hacen de pedigüeñismo su modus vivendi.

No es indispensable llegar a los extremos de que las personas impedidas de ganarse el sustento por razones de salud o incapacidad deban someterse a la exposición pública, o andar requiriendo la colaboración de “influyentes” para que les consigan un bolsón de lástima y, en más de un caso, haciendo alarde además de tamaño gesto de generosidad.

Quizás no sea tan espectacular como anunciar inversiones multimillonarias, pero aliviaría la existencia de muchas personas quitarles de encima el peso de tener que recurrir siempre a la fluctuante sensibilidad del prójimo.

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