Acerca del cierre de Télam y en una redacción suspendida
Por Sergio Arboleya (*) -Especial para El Ancasti
La noticia sobre el cierre de la Agencia Nacional de Noticias Télam anunciada el viernes pasado por el presidente Javier Milei es una tragedia en varios planos porque, de un solo golpe, desbarata una red informativa que abarca a todo el país, deja en el limbo profesional y económico a quienes trabajamos en ella y achica el abanico de voces para el relato sobre el pasado, el presente y el futuro de Argentina.
Como uno de los editores de la sección Espectáculos de Télam y con muchos años en su redacción, estos conflictos propios de los avatares políticos del país se han convertido en una suerte de espasmos a los que profesionales que nos desempeñamos allí nos hemos ido acostumbrando con mayor o menor prestancia en un ejercicio colectivo donde también aprendimos a dimensionar la importancia de nuestra labor cotidiana como nexo entre un suceso y aquellas personas que en redacciones de todo el país escogen contarlo a través de crónicas, reportajes, informes, fotografías, grabaciones y filmaciones generados desde la Agencia.
Esos aportes al mundo de las noticias logró muchas veces plasmar una posición informativa, esclarecer en medio del ruido mediático o perfilar algunas características menguadas por intereses particulares de los grandes medios de comunicación privados.
Por supuesto que la tarea ha tenido sus falencias y no pocas veces también Télam quedó atrapada en intereses gubernamentales o en lecturas oficiales capaces de ganarle la pulseada a la información y sus trabajadores y trabajadoras debemos asumir nuestra cuota parte por no rebelarnos ante esas directivas editoriales de conducciones pasajeras y meramente partidarias que hicieron mella en la credibilidad del medio y cuestionaron severamente nuestra misión en un medio público.
Ahora bien, este ataque brutal del gobierno de Milei contra Télam de ningún modo puede verse como un intento por librar al flujo informativo de la tutela estatal o, como expresó ligeramente en su discurso ante el Congreso para dar inicio a sesiones ordinarias de este año, terminar con el denominado “periodismo militante”.
“Vamos a cerrar la Agencia Télam que ha sido utilizada durante las últimas décadas como agencia de propaganda kirchnerista”, expresó el mandatario en una simplificación que contrastó con el tipo de transmisión oficial de la ceremonia que se nutrió exclusivamente de imágenes de legisladores y seguidores de La Libertad Avanza, dando cuenta de un recorte partidario que, en ese caso y a tono con la usina desplegada por su equipo de redes sociales, le pareció deseable.
Entre esa tarea diaria muchas veces invisible para el gran público pero esencial para quienes sostienen medios nacionales, regionales o locales que se abastecen de sus cables, fotografías, audios e imágenes y para los pueblos y protagonistas de la política, la economía, el deporte, la cultura y la vida social, Télam hoy atraviesa su hora más dramática.
También recortadas sus funciones como contralor de la publicidad oficial y con una dotación administrativa que hasta aquí armonizaba y organizaba ese engranaje de alcance nacional, el intento de cierre de la Agencia de bandera periodística y publicitaria se anuncia en un contexto de crisis económica que hace peligrar seriamente la mera subsistencia de quienes cobramos un salario por nuestra prestación laboral en esta Sociedad del Estado.