El lunes pasado, durante más de seis horas, los usuarios de dos de las tres redes sociales más populares y el servicio de mensajería más usado se vieron afectados en su interacción con otras personas por una inesperada caída del servicio. El apagón de Facebook, Instagram y WhatsApp puso de relieve la importancia que tienen en la vida cotidiana espacios virtuales que hace un par de décadas ni siquiera existían.
Los múltiples problemas que de pronto se generaron para la comunicación por razones personales o laborales reflejan la dependencia que un altísimo porcentaje de personas tiene de las redes y los servicios de mensajerías para organizar sus propias vidas. El avance de las nuevas tecnologías condiciona la manera en que vivimos, al punto que pensar nuestra existencia sin internet, cuyo uso masivo tiene menos de un cuarto de siglo, es a esta altura imposible.
No es mucho lo que se puede hacer para modificar esta realidad, más allá de las valoraciones que se realicen sobre esa subordinación excesiva a los dispositivos tecnológicos personales. Lo que sí debe hacerse es cuestionar y revertir los comportamientos extremos que se generan en situaciones excepcionales como la acontecida hace tres días, algunas de ellas de carácter irracional y bajo la forma de fobias. Una de ellas es la que se denomina como nomofobia, que se describe como el miedo o la ansiedad extrema que sobreviene cuando alguien permanece durante un determinado período de tiempo sin poder usar su teléfono celular.
La nomofobia, por cierto, no requiere de un apagón general para manifestarse. Ocurre siempre que se den estas condiciones: una persona con grave dependencia de su dispositivo móvil y la imposibilidad de utilizarlo durante un lapso. A veces eso sucede cuando se pierde el celular, o se lo olvida, o se queda sin carga, o sufre algún desperfecto. Pero los especialistas advierten que hay síntomas de nomofobia con el celular funcionado, si es que no pueden consultarse inmediatamente las llamadas y distintos tipos de notificaciones.
La nomofobia afecta en demasía a quienes la padecen, al punto que entorpece sus vidas, afecta negativamente sus personalidades, la autoestima y el rendimiento laboral o académico, además de incrementar peligrosamente el estrés.
Otras afecciones más o menos comunes del uso intensivo del celular son la fobia social, la hiperactividad, la depresión, malos hábitos alimenticios, disminución del tiempo de descanso y, ya desde el punto de vista físico, el síndrome del túnel carpiano, por la presión excesiva en el nervio mediano de la muñeca.
El apagón del lunes, sin embargo, trajo como beneficio inesperado que se adviertan estas conductas irracionales y se empiece a hablar de ellas, con el propósito de encauzar razonablemente las dificultades que estas situaciones originan. Reflexionar de este tema en las escuelas, considerando que niños y adolescentes se encuentran entre los más perjudicados, promoviendo una conciencia crítica respecto al uso de las tecnologías de la información y la comunicación, sería un interesante primer paso.