La suspensión de la indagatoria del expresidente Mauricio Macri se suma al catálogo de papelones y grotescos protagonizados por una Justicia con su prestigio demolido.
La suspensión de la indagatoria del expresidente Mauricio Macri se suma al catálogo de papelones y grotescos protagonizados por una Justicia con su prestigio demolido.
La declaración tuvo que interrumpirse porque el juez Martín Bava no había requerido que el presidente Alberto Fernández relevara a Macri del “secreto de inteligencia”, requisito al parecer indispensable para que pudiera ahondar en la causa que lo tiene imputado por espiar a familiares de las víctimas del ARA San Juan.
El impedimento surgió luego de que se informara al expresidente de los cargos en su contra, cuando el secretario del tribunal informó que la interventora de la AFI, Cristina Caamaño, en respuesta a una consulta del juzgado, había manifestado que no le correspondía a ella relevar a un expresidente del secreto de inteligencia porque esa atribución no le había sido delegada por el Presidente. El abogado de Macri, Pablo Lanusse, y el fiscal, Juan Pablo Curi, coincidieron en que esa dispensa era necesaria y Bava levantó la audiencia, aunque dejó asentado que discrepaba con la interpretación.
Es interesante cómo, a pesar de sus diferencias ideológicas, los extremos de la grieta se emparentan en los procedimientos. Macri convirtió a la indagatoria acompañado de numerosos adherentes, del mismo modo que lo hizo cada vez que le tocó afrontar compromisos judiciales su antecesora en la Presidencia, Cristina Fernández de Kirchner. También se considera blanco de una persecución instrumentada por magistrados adictos a su antagonista.
Esta dinámica del litigio faccioso ha terminado por despojar al Poder Judicial de competencia para establecer una verdad jurídica legítima. Lo distintivo en el caso de Bava, su contribución personal al bochorno, es que haya llegado hasta la instancia de indagatoria sin advertir que la defensa podía objetar que Macri no hubiera sido relevado del secreto de inteligencia. Por supuesto, se ocupó de salvar la omisión y el presidente Fernández liberó a Macri, que declarará finalmente el próximo miércoles.
El traspié de Bava, no obstante, abrió el juego a todo tipo de especulaciones. Algunos paranoicos conjeturaron que tal vez hubiera cambiado de bando, vendido al oro macrista; otros, que fue víctima de una manipulación del fiscal en comandita con la defensa.
Unos terceros, que incurrió en un error debido a la distracción o la incompetencia, la peor de las alternativas si se considera la envergadura de la causa y el dolor que embarga los deudos de los muertos del ARA San Juan.
Tras la indagatoria del miércoles, Bava tiene que decidir si procesa a Macri. Que esta definición deba producirse tan cerca de las elecciones es sugestivo, pero otra perspectiva ofrece más campo a la reflexión.
Los kirchneristas parecen estar tan interesados en que Macri sea procesado como el propio Macri, que ha convertido el argumento de la persecución en insumo principal del programa para tratar de recomponer su deteriorada imagen. Más similitudes con los procedimientos de Cristina, quien podría acusarlo por plagio.
La mediocridad es desoladora. Macri designando al frente de la inteligencia nacional, tamaño serpentario, a un Gustavo Arribas inmaculado de precedentes y aptitudes para el cargo, termina acechado por un juez que olvida de cumplir una formalidad que se supone debería haber tenido en cuenta si está embebido en un proceso por espionaje.
“Mi gobierno no ha hecho espionaje ilegal; jamás tuve documentación sobre familiares del ARA San Juan ni de ningún otro buque. El miércoles iremos a decir eso frente a un procesamiento que ya está escrito”, dijo ayer en una exposición en la Bolsa de Comercio de Córdoba. “Creen que con mi procesamiento van a dar vuelta la elección”, añadió.
¡Qué intriga! ¿A quién beneficiará electoralmente la causa por espionaje que lo involucra? ¿Quién aprovechará la torpeza de Bava?
Respuesta probable: a los dos extremos de la estéril fractura nacional.