miércoles 1 de abril de 2026
EDITORIAL

Agregar valor

Por Redacción El Ancasti

Los datos estadísticos indican que las exportaciones argentinas alcanzaron en septiembre los 8.093 millones de dólares, el mayor nivel de los últimos 8 años, lo que le permitió al país alcanzar un superávit de 2339 millones de la moneda norteamericana. Una proporción muy importante de las exportaciones del país provienen de la producción agropecuaria. Un informe publicado recientemente por María Rizzo y Matías Strasorier, directores del CEA (Centro de Estudios Agrarios) especifica que del total de las exportaciones argentinas, el 32,7 por ciento son productos primarios y el 36,2 por ciento son manufacturas de origen agropecuario.

Es decir que más del 65 por ciento de las ventas al exterior provienen de quienes trabajan la tierra y producen alimentos. 
Si bien el incremento de las exportaciones es una noticia alentadora en el contexto de la grave crisis que atraviesa Argentina, también hay que decir que el incremento de lo que nuestra nación le vende al mundo no garantiza por sí solo una sólida senda de desarrollo. Las exportaciones agropecuarias han sido históricamente, desde la segunda mitad del siglo XIX, un ingreso importante para la Argentina; sin embargo no ha sido un factor determinante para el desarrollo equilibrado de la economía. 

Si bien es un lugar común, el dato es certero: Argentina produce alimentos para más de 400 millones de personas, es decir, diez veces más que su propia población. No obstante, el 8 por ciento de los hogares no alcanza a cubrir lo que se denomina la canasta básica alimenticia. De modo que el modelo agroexportador, si bien durante mucho tiempo le permitió a la Argentina un importante ingresos de divisas, eso no se tradujo en desarrollo, como sí ocurrió en la mayoría de los países europeos y Estados Unidos. 

Argentina asumió, hace ya casi 150 años, sin demasiadas objeciones su rol en el mercado internacional del trabajo como productor de alimentos y materias primas. Ese modelo se agotó con el correr de las décadas por varias razones: porque si bien permitió ostentar estadísticas envidiables en materia de exportación, no se tradujo en mejoras visibles para gran parte de la sociedad; porque además se generó, a diferencia de lo que sucedió en Europa, un proceso de concentración de los beneficios en pocas manos; y finalmente porque es preciso, para posicionarse como país competitivo en el contexto global, dotar de valor agregado a los productos primarios que tan abundantemente produce el país, bendecido por la naturaleza. 

Esa necesidad de agregar valor para potenciar un mayor equilibrio del sistema productivo argentino incluye a los productos agropecuarios pero también a los mineros. La reactivación de la industria, que ya alcanzó niveles más altos que los meses anteriores a la pandemia, es un buen indicio. Pero se requiere de un plan de desarrollo productivo consistente para promover inversiones y lograr otorgarle sustentabilidad al proceso. Ese plan todavía no logra visualizarse. 


 

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