Los actos por el Día de la Lealtad fueron tres, no dos.
Aunque no se lo divulgara como parte del ritual, el que encabezó Cristina Kirchner el sábado 16 en la ESMA abrió la secuencia, que continuó el ultrakirchnerismo el 17 de Octubre en Plaza de Mayo y cerraron la CGT y los movimientos sociales el lunes 18.
El triplicado marca la exacerbación del estado deliberativo en el Gobierno por la derrota en las primarias y su consecuencia: la descomposición del sistema de poder diseñado con el Frente de Todos impide legitimar un norte político y económico.
Muy golpeada por la caída en Buenos Aires, Cristina planteó una conciliación en su 17 personal. Citó al difunto Néstor, que le decía: “Nos dicen kirchneristas para bajarnos el precio”.
"Leí a alguien que decía que el problema no es el kirchnerismo, sino el cristinismo. Somos y fuimos peronistas, que lo tengan todos claro", enfatizó ¿Por qué tuvo que aclararlo?
En la bajada de línea, subrayó su adhesión a la fórmula peronista clásica: “Se necesita refundar una alianza entre el capital y el trabajo".
Al día siguiente, en el segundo 17, sus tropas más radicalizadas contradijeron la propuesta de armisticio. En Plaza de Mayo, volcaron críticas acervas contra el presidente Alberto Fernández y el acuerdo que persigue con el FMI.
La CGT y un nutrido arco de organizaciones sociales respaldaron a Alberto en el último 17. Se pronunciaron por "el desarrollo, la producción y el trabajo" y "la defensa del aparato productivo nacional y la generación de empleo genuino".
Los contrastes de los tres 17 son evidencias de una mutación en desarrollo.
Desaparecida la conducción de Perón en el horizonte de sus posibilidades, el peronismo fue menemista, duhaldista, kirchnerista y cristinista. Ahora que fracasó el experimento de la máscara de Alberto, debate una nueva identidad.
Como está en el Gobierno, su incertidumbre intestina se traslada inmediatamente a la gestión. Poder fragmentado es un oxímoron en el hiperpresidencialismo argentino.
Impotencia
No hay autoridad capaz de ordenar el escenario. Es tan ostensible, que todas las acciones pergeñadas para revertir la derrota de las PASO son manifestaciones de impotencia que retroalimentan el desconcierto, la tendencia al sálvese quien pueda y la escalada inflacionaria.
El congelamiento de precios fue la última. Implicó confesar que la inflación es imbatible sin un Estado policíaco que fije arbitrariamente precios máximos.
La lista de productos elaborada por la Secretaría de Comercio Interior está plagada de inconsistencias y absurdos. No puede ser de otro modo cuando se parte de la premisa de que los precios surgen solo de la angurria empresarial.
Mario Grinman, presidente de la Cámara Argentina de Comercio y Servicios, aportó elementos adicionales, acaso complementarios, a las hipótesis conspirativas.
“El 75% de las importaciones son productos necesarios para la producción nacional. Si usted va a una góndola de supermercado y tiene ganas de comprar una caja de jugo de naranja, la caja es importada, el conservante es importado, el colorante es importado. Y todo eso tiene que ver, por un lado, con el comercio administrado que está haciendo el Gobierno y con la disponibilidad de los dólares y a qué dólar se puede comprar. Ni hablar de los costos internos, impuestos; ni hablar que en cualquier momento un sindicato te bloquea la empresa y no te deja trabajar por varios días. O sea que hay un montón de factores que hacen a que los costos argentinos sean altos”, explicó.
El dólar cerró esta semana al borde de los 200 pesos.
Metamorfosis
El peronismo atravesó un proceso de cambio similar al de ahora cuando Néstor Kirchner accedió a la Presidencia después de que Carlos Menem, ganador en la general, desertó del balotaje.
Para legitimarse y equilibrar la balanza del poder con su padrino, Eduardo Duhalde, Kirchner incorporó a su esquema a las organizaciones sociales y de derechos humanos, colonizó el peronismo bonaerense e inventó la “transversalidad” para sumar gobernadores y dirigentes de otras fuerzas políticas, principalmente del radicalismo.
El 24 de marzo de 2004 ordenó bajar los retratos de los dictadores en el Colegio Militar y desató la discusión.
Tres días después, el Congreso del Partido Justicialista se reunió en Parque Norte. La senadora Cristina Fernández y la diputada Hilda “Chiche” Duhalde, compañeras de quienes dirimían el liderazgo peronista, acapararon la atención con un duro duelo verbal.
"¿Dónde está la renovación que proponemos? ¿Qué queremos y a quienes queremos representar? En la última elección no fuimos separados únicamente por diferencias de partido. Pienso que mi partido también debe dejar de darle lugar únicamente a las mujeres portadoras de marido. Necesitamos también que las compañeras que lleguen sean, no porque están junto a otros compañeros importantes, sino porque son cuadros importantes en el partido", dijo Cristina.
“Chiche” retrucó: "Lo que está pasando aquí es lamentable, porque todos somos peronistas y no podríamos ser otra cosa. Sí dejamos una puerta abierta a ser otra cosa, vayámonos ya. Yo, personalmente, no podría ser otra cosa que una mujer justicialista. En mi caso particular, Cristina, soy portadora de apellido: me llamo Hilda Beatriz González de Duhalde, y no me pesa. Las mujeres que componemos esta mesa somos mujeres que nos rompimos el alma y otras partes del cuerpo para ganarnos este lugar con la gente, al lado de la gente".
El litigio se saldaría al año siguiente, con la victoria de Cristina sobre “Chiche” en provincia de Buenos Aires en el enfrentamiento por la representación en el Senado.
Parto exitoso. El peronismo sería kirchnerista durante una década.
“Todos somos peronistas”, dijo “Chiche” en 2004; lo mismo dijo Cristina 17 años después. Interesante coincidencia.
¿Qué surgirá de la metamorfosis en curso? Es el interrogante central.
Para ser viable, cualquier programa requiere legitimidad política. El acuerdo con el FMI y las inversiones requieren a su vez la previsibilidad de un programa viable. Entonces, restaurar la consistencia política del Gobierno es indispensable.
Del otro lado
La resolución de la contienda peronista es condición necesaria para recuperar estabilidad, pero podría no ser suficiente.
La oposición experimenta sus propias mutaciones: Horacio Rodríguez Larreta libra una batalla de liderazgo contra Mauricio Macri; la UCR, entonada, busca fortalecer sus posiciones en la alianza para redistribuir el paquete accionario.
Si se amplía el ángulo de análisis y la proyección, se asiste a intentos de superar la dicotomía kirchnerismo/antikirchnerismo, o macrismo/antimacrismo, eje ordenador de la política desde hace por lo menos quince años.
No es necesariamente la superación de la denominada grieta, aunque sí del modo en que se ha venido gestionando.
En esos cambios de piel se debate la Argentina pauperizada, impotente.