jueves 26 de enero de 2023

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lo bueno, lo malo y lo feo

Donald Trump frente a su Rubicón

Rodolfo Schweizer- Desde EE.UU. Especial para El Ancasti.

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Por Redacción El Ancasti

Entre los futuros estudiosos de la historia, los ejemplos de lo que viene ocurriendo en los EE.UU. en estos últimos tiempos, posiblemente servirán de ejemplo para ilustrar, una vez más, cómo una civilización o un sistema se va suicidando de a poco, como parte de todo proceso histórico de decadencia de una potencia dominante. 
En el pasado fueron los imperios, hoy son las naciones que, de alguna manera, definieron la cultura dominante en una buena porción del mundo. Nadie habría imaginado en 1900 que el imperio británico sería parte de la historia 45 años después, cuando EE.UU. salió de la Segunda Guerra Mundial transformado en potencia dominante. O que la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS, pasaría a la historia en 1991. ¿Qué hace pensar ahora que EE.UU. no corre el mismo peligro, no por causa de una guerra inmediata, que sería catastrófica para el planeta y la humanidad, sino por la profunda división social que hoy la aqueja, al no haber superado problemas morales históricos como el racismo o por no haber sido capaz de crear salvaguardas para su población frente a una simple pandemia, que ha venido a exacerbar las debilidades de un sistema que se creía eterno?
Arnold Toynbee, un filósofo e historiador inglés que estudió los procesos de decadencia de los imperios del pasado, sugiere que tal crisis se da cuando una elite social ejerciendo el liderazgo, otrora creativo y progresista, degenera en una minoría dominante, que ya no tiene méritos para ejercer el poder, pero intenta retenerlo por la fuerza a través de actos o acciones violentas. 
Según este historiador, hoy un tanto marginado en el olvido, esta situación produce una secesión interna en la sociedad, creando amplios sectores que pasan de la admiración, respeto e imitación de los líderes, al desprecio y rechazo de ellos y del sistema que los mantiene en el poder, que ya no les garantiza las esperanzas del pasado. Dentro de esa dinámica de decadencia, la situación llega a un punto de no retorno que marca el comienzo del fin. La pregunta que aquí nos hacemos es si los EE.UU. ha llegado a ese punto de su historia con el asesinato de George Floyd y las consecuencias que se ven en las calles de todo el mundo.
Como ejemplo, Toynbee cita un hecho histórico hace 2.000 años: el “cruce del Rubicón”, una frase usada históricamente para identificar un hecho trascendental en un momento determinado, que implica el comienzo de un proceso de cambio radical en el destino de algo, que bien puede ser un país o un imperio. El Rubicón no es otra cosa que un río que separaba el Imperio Romano de las Galias, un territorio que por entonces comprendía la actual Francia más Bélgica. Cruzarlo implicaba un ataque al imperio y la pena de muerte para quien lo hiciera. 
Pues bien, Julio César lo cruzó junto a sus legionarios un 11 de enero, 49 años antes de Cristo, decretando con ese acto el comienzo de la desaparición de la República Romana. Con ese acto audaz, terminaban 400 años de historia, en los cuales los romanos construyeron todo el andamiaje de su esplendor. Ahí comenzó la debacle que culminó unos 400 años después, en medio de la corrupción y las peleas internas por el poder. Nos preguntamos si el 1° de junio, cuando Donald Trump amenazó usar el ejército para reprimir y disolver las marchas de protesta de la sociedad civil, que protestaban el asesinato racista de un afroamericano a manos de la policía, él, Trump, no cruzó su propio Rubicón. 

El caso Floyd
La visión actual de los EE.UU. a la luz de la crisis que le toca afrontar por los efectos de la pandemia y la muerte de un joven afroamericano a manos de la policía confirma la presencia de una situación social y política al límite. Las protestas masivas en más de 30 ciudades, donde decenas de miles de personas condenan el asesinato de George Floyd el 25 de mayo pasado por parte de un policía, que no es cosa nueva, se presenta como otro eslabón más en la cadena de eventos que van destruyendo la imagen de este país ante el mundo. ¿Con qué cara puede este país pretender erigirse en campeón del derecho de los pueblos a su libertad o a la democracia, cuando, internamente, en los mismos EE.UU. el presidente amenaza con usar a las fuerzas armadas para aplacar las protestas sociales? 
Hoy, para vergüenza, en todos los rincones del planeta las pancartas que acompañan las protestas ilustran las últimas palabras de la víctima clamando “no puedo respirar”. Los arrodillamientos masivos y silenciosos por ocho minutos y once segundos, el tiempo que duró el acto criminal filmado por una adolescente de 17 años, se alza como un repudio que va más allá de los ejecutores del crimen, para alcanzar al mismo país y al sistema que lo hace posible. Que nada menos que el muro de Berlín haya sido pintado con el nombre de George Floyd y sus últimas palabras, constituye una incuestionable acusación que pone en jaque la misma autoridad moral de EE.UU. para ejercer su liderazgo en el mundo occidental. No del aire sale la idea europea de empezar a controlar y forjar su propio destino, al margen de la potencia que le garantizó su libertad en la Segunda Guerra Mundial.
Desde un punto de vista social, la situación es desestabilizante. El pueblo norteamericano cree, a priori, en la infalibilidad de sus presidentes en tiempos de crisis. Siempre ha esperado y espera de su presidente palabras que le aseguren la calma frente a los aconteceres del país y el mundo. Es una marca cultural. 
Peligros no le faltaron para probar a sus presidentes. Ante las guerras mundiales del pasado, las amenazas de un conflicto nuclear en la guerra fría y el ataque a las torres gemelas más recientemente, por mencionar unos pocos eventos, la palabra del presidente fue siempre la última referencia a la cual el hombre común de la calle se aferró para mantener su cordura frente a lo indescifrable. Trump no les dio ese respiro. La pandemia le ha demostrado a esta nación que desde el poder ni siquiera se pudo elaborar una estrategia de lucha contra un virus. Los más de 110.000 muertos lo demuestran.
Y no lo decimos solamente nosotros. Lo dijeron todos los presidentes que precedieron a Trump, una acción sin precedentes en el pasado. Dado que pertenecen al mismo partido republicano, la declaración de George W. Bush interesa: “Laura (su esposa) y yo estamos angustiados por la brutal asfixia de George Floyd y molestos por la injusticia y el miedo que sofoca a nuestro país…Ya es tiempo de escuchar. Ya es hora de que América examine sus trágicos fracasos…. Esta tragedia, parte de una larga serie de tragedias similares, eleva nuevamente una pregunta: cómo terminar con el sistémico racismo en nuestra sociedad”.
Hoy, Floyd es un símbolo mundial de la lucha contra la opresión. Su muerte brutal ha alterado el ámbito político, el mundo de los negocios, la cultura, los deportes. Hasta el jefe editor de opiniones del New York Times fue despedido por defender el uso de tropas para sacar a los manifestantes de las calles. En algunas ciudades ya se pide la disolución del cuerpo policial. No es casualidad que ahora los senadores republicanos se preocupen por disimular las posibles consecuencias electorales de la retórica autoritaria de Trump, que llegó al colmo de acusar a un anciano de 75 años tendido en el suelo por el empujón de un policía, de ser parte de una conspiración para ensuciar el “prestigio” de la policía. 
Pero la proyección de Floyd va más allá, para cuestionar todo el andamiaje occidental en torno a los héroes del pasado. No es solamente en EE.UU. donde una estatua de Cristóbal Colón fue bajada de su pedestal en Richmond, Virginia, y arrojada a un lago este 8 de junio o de las FF.AA anunciando el cambio de nombre de todas las bases militares que todavía llevan el nombre de militares esclavistas del pasado, o de los municipios retirando estatuas del Gral. Robert Lee, un esclavista que se amparaba en su interpretación del cristianismo para mantener esclavos y negarles sus derechos por considerarlos inferiores. En Londres acaba de ser desfigurada la imagen de nada menos que Winston Churchill frente al parlamento, acusándoselo de haber sido un racista, al haber defendido a ultranza al imperio británico de su tiempo. 
Cosas del destino. George Floyd nunca imaginó en qué se transformaría después de su muerte.

Del esplendor al derrumbe
Ahora bien, la crisis existencial por la cual EE.UU. está atravesando tiene dos aspectos que la dinamizan y la agravan. Uno es el creado por la desesperación de Trump por ser reelegido en noviembre, que inspira todos sus actos de gobierno; el otro ligado al problema existencial del sistema frente al surgimiento de otros poderes competidores en el mundo. Si bien cada uno de ellos se puede abordar separadamente, los dos suman sus efectos generando una crisis interna de alcances por ahora indefinidos. Sin embargo, lo peor es que el problema se da en un contexto dominado por una pandemia, que hizo que los tiempos se aceleraran y, sin querer, se dejaran al desnudo las debilidades de un sistema no preparado para afrontar la situación que le tocó vivir. Aquí nos limitamos a lo primero, a lo interno dentro de EE.UU.
Como sabemos, en todo el mundo la enfermedad y la necesidad de poner un freno a la rutina de la población con el fin de parar el contagio y contener la enfermedad, llevó a la clausura de la actividad económica. En EE.UU. se dio en un momento en que la economía seguía en expansión: la desocupación caía a un récord histórico, 3,6%; los balances de las grandes corporaciones aseguraban el aumento de sus valores de mercado y el paraíso a sus accionistas. En la bolsa de Wall Street, los índices que miden el progreso de los negocios diariamente seguían su marcha ascendente, dinamizados por el avance sobre todo de las compañías tecnológicas.
El coronavirus puso fin a esas veleidades del sistema. En cuatro meses, 36 millones de personas perdieron sus trabajos, lo que equivalió también a perder los seguros de salud. La situación permitió verificar dos realidades: que los trabajos ganados por la gente en el “boom” económico de estos últimos años eran en su mayoría trabajos de sobrevivencia, de baja paga, no los industriales que habían dejado atrás, cuando la globalización les “tragó” la fábrica y se la llevaron a países con mano de obra más barata. El impacto en la familia significó, a groso modo, una pérdida de ingresos de un 50%.
El segundo impacto fue el de exponer el hecho de que EE.UU. tiene la red de salud más débil y precaria de todos los países del llamado primer mundo. Se habla de 40 millones de personas que no tienen cómo llegar a un médico a lo largo de toda su vida, simplemente porque los hospitales públicos no existen. La medicina es paga, no gratuita. Es un negocio, no un servicio público. 

El efecto Trump
Comprender el conflicto por el que está pasando EE.UU. por la interacción entre la pandemia y la muerte de Floyd, también, demanda poner sobre la mesa la personalidad del presidente. En este momento, todas sus acciones están determinadas por la necesidad de ganar las elecciones en noviembre y cualquier acción que no se encamine en esa dirección queda descartada, junto a quien la inspire. Por lo tanto, en su Gobierno no hay lugar para el disenso, solo para la lealtad absoluta a su persona. 
Ahora bien, si se tiene en cuenta que la economía era buena según los índices de desempleo y las ganancias en la bolsa a fines de 2019, la aparición de la pandemia vino a alterar totalmente el contexto mental en que se movía. De ahí que todas las medidas que sus expertos en salud le recomendaron en estos últimos 5 meses para contener el contagio, siempre fueron vistas como una molestia en su lucha por reganar la presidencia. 
Si nos atenemos a lo que los psicólogos dicen, las actitudes de Trump se corresponden con la patología del narcisismo. Aquí un individuo gira alrededor de una realidad producto de sus fantasías, lo cual le impide tomar conciencia de donde está parado frente a un problema. Posiblemente esto explica uno de sus deslices cuando subestimó en febrero la gravedad de la pandemia. Las consecuencias de tal acción las explicó el Dr. Jonathan Reiner, exintegrante del equipo de cardiólogos de la Casa Blanca, que cargó a esa visión la causa de la muerte de unas 20.000 personas hasta fines de febrero. Lo que siguió ya fue la rutina propia de toda pandemia en un país con un Gobierno que no supo delinear una estrategia de lucha contra la enfermedad, como lo prueban los más de 110.000 muertos hasta el momento. 
Sus defensores aducen que su desesperación por volver a la normalidad a cualquier costo respondía a su interés en ayudar a la gente. Sin embargo, por qué no preguntarse, entonces, ¿Por qué le declaró una guerra abierta desde un principio al plan de salud Obamacare que, a pesar de sus fallas, garantizaba hasta 2019 el acceso a la salud a unos 8,5 millones de personas? ¿Por qué no apoyó decididamente un incremento del salario mínimo por hora a los trabajadores en medio del boom bursátil de los últimos tiempos? Peor aún, no consta que alguien se preguntara del costo que tendría para una familia si el que concurre al trabajo vuelve con el virus y se lo transmite a los demás integrantes de la misma. Por ahora, a pesar de esas intenciones no hay ninguna norma o regulación estatal que vaya más allá de lo que dispongan los empresarios a partir de su buena voluntad. El Estado está ausente o no pasa de sugerencias vagas. En pocas palabras, no hay liderazgo. 
Se podrían escribir páginas y páginas describiendo las medidas equivocadas tomadas en estos últimos meses, algunas hasta irracionales. Por ejemplo ¿Por qué suspender los vuelos desde China y no desde Europa, cuando Italia ya estaba diezmada por el virus? ¿Por qué afirmar en febrero, alardeando, que la pandemia desaparecería sola o que cualquiera se podría proteger del virus inyectándose un desinfectante, que incluso le costó la vida a algunos? El colmo llegó cuando declaró que tomaba píldoras de hidroxicloroquina, una droga antimalaria que hasta ahora no se ha probado que tenga ningún efecto contra el corona y que la misma OMS había desautorizado a nivel mundial. 
Su actitud no debe extrañar, sin embargo, teniendo en cuenta su posición anticientífica, que se manifiesta contra todo lo que pueda afectar el mundo de los negocios. Se lo vio todos estos años pasados cuando negó el calentamiento global, abrió áreas protegidas a la explotación petrolera, como en el Ártico, o desmanteló equipos de científicos en infinidad de áreas, como por ejemplo en la Agencia de Protección al Medio Ambiente. 
La cumbre de esta disfunción en la cima del poder llegó, sin embargo, el 1° de junio pasado, cuando Trump dijo que iba a poner el ejército en la calle para parar las protestas, una idea autoritaria que está en línea con su admiración por otros líderes mundiales de países autoritarios. Ese día el presidente decidió caminar, desafiante e innecesariamente, por una calle ocupada por manifestantes, para llegar a una iglesia a la cual no había sido invitado y hacerse tomar una foto en la vereda, Biblia en mano, proclamando que él era el presidente de la “ley y el orden”. 
El uso de tal combinación de palabras no cayó en el vacío, porque inmediatamente los medios recordaron su origen, cuando George Wallace, un candidato ultra conservador, filo racista, a la presidencia y opuesto a Nixon, usaba ese eslogan para prometer protección a la “mayoría silenciosa”, representada en la clase media racialmente blanca. 
En aquel entonces, las amenazas eran las protestas contra la guerra de Vietnam y el cuestionamiento a los valores sociales, entre ellos los que justificaban la inferioridad de la mujer ante el hombre y otros arcaísmos culturales. No sabemos si Trump fue consciente de sus referencias. Creemos que no, porque sus asistentes ordenaron a la policía dispersar a la gente a balazos de goma y gases lacrimógenos. Lo que siguió lo confirma, cuando amenazó con usar las fuerzas armadas para reprimir a la gente, una indicación del descontrol en que ha caído su administración. También lo demostró su propio ministro de justicia, William Barr, exculpándose a sí mismo luego de haber consentido la acción policial. 
Como siempre ocurre en los tiempos de crisis profundas, su atrevimiento legal no fue tolerado. Sin embargo, lo más notable es que la mayor crítica vino del ámbito militar, algo inédito en la historia de los EE.UU. Muchos militares que en su formación profesional seguramente habrán estudiado las consecuencias que para el imperio romano tuvo la acción de Julio César al usar sus legiones militares para fines políticos, no dejaron de notar, posiblemente, que la historia se repetía a sí misma en la intención de Trump, con las consecuencias que aquello podría implicar en el futuro de la nación. Por eso, en una acción inédita, infinidad de altos mandos le salieron al cruce y lo acusaron de querer violar la constitución y condenaron su intención. Que entre sus acusadores estuviera nada menos que el más prestigioso jefe militar del momento, el general James N. Mattis, su propio exministro de defensa entre 2017 y 2019, revela que el profundo malestar entre los uniformados ha llegado muy lejos. 
Mattis dijo que “Trump es el primer presidente a lo largo de mi vida que no trata de unir al pueblo norteamericano -ni siquiera pretende hacerlo-. En lugar de ello, trata de dividirnos… Somos testigos de las consecuencias de tres años de este deliberado esfuerzo. Somos testigos de tres años de liderazgo inmaduro”.
No menos condenables fueron las palabras de otros como el Gral. John Allen, excomandante de las fuerzas en Afganistán, que dijo que “Trump no es religioso, no tiene necesidad de la religión y no le importa el devoto, a no ser que le sirva a sus necesidades política. 
Lo que dijo el presidente fue calculado para proyectar su despreciable y arbitrario poder”.
En conclusión, se puede decir que la calidad humana de quienes ejercen el poder en un país define, al final, el éxito de una sociedad frente a un desafío como el de una pandemia. Confundidos por el poder económico y la calidad de sus científicos, en EE.UU. se creía que eso bastaba para lograrlo. Se dejó de lado la realidad que existe en las calles, al margen de los balances de las corporaciones o de los índices de Wall Street, calles en las que camina el ciudadano común, con trabajos de supervivencia; sin un sistema de salud público que le garantice el acceso a un cuidado mínimo y sin un sistema educativo que le permita mejorarse, porque la buena educación es paga y cara. Solo tiene asegurado los garrotazos de policías, que confunden sus problemas mentales con la defensa de la ley. 
¿Qué nos queda de esos mitos que proyectaban John Wayne, Superman, el cine o la televisión? Quizás lo mismo que le quedó a Roma cuando Julio César cruzó el Rubicón.
 

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