¿Cuál es la diferencia entre el ataque que sufrieron los periodistas de C5N durante la manifestación del pasado jueves en la ciudad de Buenos Aires y la que padeció en diciembre de 2017 el periodista Julio Bazán de TN en ocasión de una protesta contra la reforma previsional? En esencia, ninguna. Una minoría de energúmenos, en ambas ocasiones, atacó a periodistas indefensos. Ejercieron contra los trabajadores violencia verbal y física.
Los periodistas que trabajan en terreno, donde se manifiesta la cruda realidad, se mueven dificultosamente entre los pliegues de la grieta que divide a los argentinos, tan afectos a las posiciones dicotómicas. Por supuesto que los trabajadores de prensa, como cualquier persona, tienen pensamiento propio y lo expresan libremente porque, aunque sea imperfecta, vivimos en Democracia. Tanto ahora como en diciembre de 2017. Los que cubrían la movilización del jueves trabajan en un medio periodístico cuya línea editorial es afín al actual Gobierno nacional. Y eso parece enfurecer a ciudadanos que profesan con fanatismo un pensamiento opositor. El episodio de Bazán tiene características similares, pero invirtiendo las simpatías políticas.
Es cierto que personas que en su vida cotidiana actúan de manera madura y responsable, situados en una muchedumbre exaltada que potencia enojos individuales suelen convertirse, como sucede también, por ejemplo, con los hinchas de fútbol, en sujetos irracionales capaces de proferir insultos y amenazas propias de cárceles de máxima seguridad, pero la exacerbación propia de una marcha política (o de una competencia deportiva) no justifica de ninguna manera el ejercicio de la violencia explícita. Y mucho menos personalizada contra individuos que están en el lugar de los hechos cumpliendo una labor profesional.
La apelación al carácter presuntamente apasionado de los argentinos por herencia genética no explica de ninguna manera los impulsos belicosos. El apasionamiento, que no es un sentimiento negativo per se, debería utilizarse en todo caso para defender las ideas propias con el ardor que concierne a lo que cada uno considera una causa justa, aportando, en vez de trompadas o patadas, argumentos que enriquezcan el debate.
Podrá argumentarse, con razón, que en otras etapas de la historia argentina estos episodios no pasaban de ser anecdóticos, épocas en las que las diferencias se dirimían a bayonetazos o balazos. Por caso, hace apenas un mes se cumplieron 65 años del bombardeo a Plaza de Mayo en el que murieron cientos de personas inocentes, ciudadanos comunes, niños, mujeres y hombres que circunstancialmente transitaban por ese lugar. Pero la violencia que ha jalonado la historia argentina no puede ser, en estos días, la referencia, sino la democracia recuperada en 1983 luego de la oscura noche de la dictadura, período que sigue vigente y que requiere, como alimento imprescindible, aún con el ardor de las discusiones, tolerancia en las disidencias y un rechazo unánime a la violencia.