Se encuentra en el tramo final un año muy malo desde lo económico. Con dificultades que aparecían como previsibles hace doce meses, y con otras que irrumpieron de manera sorpresiva, de la mano de la pandemia. Todos los indicadores empeoraron: la pobreza se incrementó casi 5 puntos porcentuales, el desempleo 2,5 puntos porcentuales y la caída del PBI se estima en alrededor del 11%. La situación podría haber sido peor sin la asistencia estatal, que se tradujo, por ejemplo, en el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), que benefició a los sectores más vulnerables, y el Programa de Asistencia al Trabajo y la Producción (ATP), que asistió a más de 420.000 empresas con dificultades, con un desembolso superior a los $370.000 millones.
Las buenas noticias son escasas pero otorgan cierto margen para un optimismo moderado: la inflación será de alrededor de 15 puntos porcentuales menos que el año pasado; la renegociación de la deuda con los bonistas privados fue exitosa y con el FMI está encaminada; y en los últimos meses se advierte una lenta recuperación de la economía. Por ejemplo, según los datos del Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA), en agosto dejó de caer el empleo formal por primera vez desde marzo, y hubo auspiciosos indicios de reactivación industrial y del consumo, aunque en este último caso más lentamente.
Respecto de las perspectivas económicas para el año que viene, no hay opiniones unánimes, aunque sí coincidencias respecto de que dependerá de si la pandemia cede y desaparece por las vacunaciones masivas o sigue siendo una amenaza para la salud pública y también para la actividad económica.
Un informe publicado en los últimos días por la consultora internacional en recursos humanos ManpowerGroup señala que, en base a un sondeo realizado a más de 500 empleadores, se pudo registrar un crecimiento en las expectativas de contratación para el primer trimestre del año que viene.
Una de las claves que los analistas económicos suelen mencionar a la hora de evaluar las posibilidades de reactivación económica es la disponibilidad crediticia, sobre todos para las firmas que no tienen espaldas financieras para soportar los embates de la crisis. En ese sentido, puede evaluarse como positivo el lanzamiento de líneas de créditos para pequeñas y medianas empresas por un valor aproximado a los 500.000 millones de pesos, que fue caracterizado por el ministro de Producción, Matías Kulfas, como “el mayor programa de inclusión financiera en varias décadas”.
Es un hecho que, de no mediar otra catástrofe como la provocada por la pandemia, la economía argentina crecerá en 2021, algo que no sucede desde hace tres años. La duda es a qué ritmo. Si lo hace en un nivel menor al 5% anual, será apenas, como se dice habitualmente, el rebote del gato muerto luego de un año muy malo. Si el crecimiento está más cerca del 10% es probable que pueda pensarse en una proyección de mayor sustentabilidad, que mejore globalmente los indicadores, reduciendo la pobreza y el desempleo.