Aunque siempre tienen un lugar asegurado en la porción correspondiente a las promesas que ensayan en épocas de campañas la mayoría –si no todos- los candidatos al momento de hablar de sustentabilidad económica, generación de empleo o crecimiento del PBI, hace rato que las Pymes en la Argentina no son beneficiarias de medidas concretas que mejoren su competitividad en un mercado acechado por la caída por ahora sin piso del consumo y, en el caso de las Pymes industriales, por la apertura de importaciones que ha afectado considerablemente la producción local.
Las quejas de los empresarios Pymes son pronunciadas cada vez en voz más alta, porque entienden que en la política argentina tiene absoluta vigencia el apotegma discepoliano “el que no llora no mama”.
Uno de los referentes de la recientemente reflotada Unión Comercial de Catamarca, Alejandro Segli, acaba de reclamar medidas concretas a favor de los comercios locales, cuyas ventas han decaído considerablemente: “las medidas que el Gobierno nacional prometió aún no se sienten y no hay un real apoyo a las Pymes. Son épocas difíciles para el comercio, para la industria y para todo sector que quiera seguir invirtiendo en Argentina”, analizó.
Algunos datos confirman el retroceso Pyme: el año pasado cerraron 4.462 empresas de este tipo, se perdieron en el mismo período 68.314 puestos de trabajo, y el nivel de producción se encuentra entre un 40 y un 70% por debajo de su capacidad instalada.
Desde el inicio de la gestión de Cambiemos, el gobierno ha depositado las expectativas de recuperación de la economía en la llegada de inversiones extranjeras, pero ha descuidado el sector que más incide favorablemente en la economía nacional: precisamente las Pymes.
Las micro, pequeñas y medianas empresas representan el 98% del total de firmas en nuestro país, generan el 70% de los empleos y el 44% del PBI. No tener en cuenta esta formidable incidencia constituye un error estratégico, y suponer que este tipo de empresas se verán beneficiadas, como el sector de los asalariados, en el mediano y largo plazo por los efectos de un benefactor derrame de la riqueza que genera la inversión extranjera, es una apuesta que no registra demasiados ejemplos virtuosos que exhibir en los últimos tiempos, sobre todo en América Latina.
Tienen razón los empresarios pymes en levantar su voz de queja, pues no está este sector entre los ganadores del modelo económico iniciado en diciembre de 2015, como sí lo están los exportadores de granos, los actores del sector energético y financiero, estos últimos a través de mecanismos de especulación que les otorga formidables ganancias, en el corto plazo y sin mayores riesgos.
Descuidar al sector más numeroso del empresariado argentino, al que más empleo genera y al que produce casi la mitad del PBI es una política riesgosa que tiene, como se ha podido observar en la última etapa, costos muy altos y difíciles de subsanar en el futuro.