Podría decirse que aquella certeza machista acerca de la supuesta inferioridad de las mujeres es ahora sólo un resabio que muy pocos se animarían a sostener en público. Los avances femeninos en las áreas intelectuales, cívicas, artísticas y profesionales han derribado el milenario prejuicio que condenaba a la mujer al papel de mera compañera del varón, nacida para estimularlo, sostenerlo y complacerlo.
De “mitad oculta de la historia” que fue, emergió con fuerza incontenible y cada vez más es protagonista de la evolución social, según puede constatarse en los más diversos planos de la realidad.
Pero que la idea de aquella inferioridad haya perdido prestigio no implica que haya desaparecido del todo. Puede percibirse en comportamientos masculinos que parecen reproducir reflejos provenientes de estratos profundos y ocultos de la personalidad de los descendientes de Adán y que se manifiestan en la intimidad y reserva de las relaciones conyugales, pero no sólo en ese reducto, como ilustra la existencia de leyes discriminatorias y de prácticas de distinto género con acentuado carácter antifemenino. Se ejerce violencia contra la mujer en lo laboral, cuando por un mismo trabajo reciben remuneración más baja y cuando los cargos de conducción se reservan para los varones, sin otra razón que la condición masculina. Se las agrede cuando se las reduce a la categoría de objetos, como ocurre en el mundo de la publicidad y cuando sólo se estiman sus rasgos físicos absolutamente disociados de sus dones intelectuales y morales. Son objeto de maltrato cuando se les cierra el acceso al trabajo por ser madres de hijos pequeños o estar a punto de serlo. Se las agravia cuando se las explota y esclaviza en circuitos mercantiles en que no falta ninguna de las formas de la barbarie. Se es violento contra ella en cuanta ocasión se escamotean sus derechos a asistencia preferente cuando de hecho son jefes de hogar y único sostén de su familia.
En realidad no debe hablarse sólo de varones machistas. Hay, además, una cultura machista, que hace que el Estado lo sea, que la legislación todavía contenga huellas de ese signo, que las comunidades lo toleren y que hasta las propias mujeres lleguen a actitudes de resignación fatalista, y, asimismo de complicidad con comportamientos masculinos contra semejantes del mismo género. Al respecto de esto último alguien ha observado que la reivindicación femenina habría sido más acelerada y más plena que la que hoy puede mostrase. Por lo pronto debe advertirse cuánto han acelerado en el mundo el proceso de reconocimiento de la igualdad de varones y mujeres, el heroísmo de aquellas que por defender sus derechos y los de todos ofrendaron sus vidas y con ello quebraron la indiferencia general y se hizo irresistiblemente evidente la injusticia contra la mujer y el deber de interesarse por su rehabilitación en todos los órdenes.
Precisamente, fue uno de estos hechos el que determinó que hoy, 25 de noviembre, sea el Día Internacional Contra la Violencia hacia las Mujeres. Cuando en 1981 se celebró en Colombia el Primer Encuentro Feminista de América Latina y el Caribe, se recordó el aniversario del asesinato de las hermanas Minerva, María Teresa y Patricia Mirabal, quienes en 1960 fueron eliminadas en la República Dominicana por los esbirros de la dictadura de Rafael Trujillo. Estas tres mujeres enfrentaron a la dictadura y pagaron su audacia con su vida en una emboscada.
La violencia contra la mujer en el ámbito familiar ha crecido notablemente. Sin duda, el hecho parece más frecuente porque cada vez hay más mujeres que denuncian las agresiones, pero el clima de creciente tensión que existe en la sociedad y en la misma familia permite inferir que el bochornoso incremento no es pura conjetura.
En Catamarca se han registrado casos espeluznantes en que las víctimas han sido jovencitas. Para no citar sino los más recientes se anotan los asesinatos precedidos de agresión sexual que tuvieron como desgraciadas destinatarias a María Soledad Morales, María Romina Molina Farías a Verónica Beatriz Coronel y a Rocío Ubilla. En todos estos casos la crueldad llegó a extremos que revelan hasta dónde siguen latiendo la animosidad y el desprecio contra la mujer. Hasta qué límites existe aquí la grosería machista que no se limita a negar la dignidad femenina sino que, además, la encuentra objeto despreciable contra la que se puede ejercer todo tipo de brutalidad.
Por esto, los catamarqueños no pueden suponer que el Día Internacional contra la Violencia hacia la Mujer pueda mirarse desde aquí como fecha sin resonancias comprometedoras. Por el contrario, deberían considerar que ha sido instituido también para ellos, porque la acción desmontadora de la cultura machista, como en tantas partes del mundo, también debe efectuarse en esta tierra donde el reconocimiento verdadero de la igualdad de los géneros es aún empresa vergonzosamente lenta.