Parece un sueño, algo inexistente, si lo comparamos con el presente.
En este año 2026, ya falta muy poco, cumpliré 91 años, dice Doña Paulina, he nacido en 1935, en un lugar que se llama Palo Blanco, en el departamento de Tinogasta, Catamarca. Pueblos como este, tan alejados de los grandes centros poblados, son conocidos como el interior profundo, es decir, allá lejos, donde la cultura es distinta, y la vida misma es distinta en todos sus aspectos.
La modernidad que veo en la actualidad me permite traer al presente, con mucha frecuencia, el pasado, las vivencias, las historias. La vida de los niños, adolescentes, que nada tiene que ver con la vida de los chicos en la actualidad, y, seguramente se ve, al pasado, como un tiempo poco creíble, si lo comparamos con el presente.
Y, es que en realidad no hay nada que se pueda comparar, por eso creo oportuno contar algunas cosas de ese pasado de trabajo y sacrificio, pero cargado de felicidad, alejados de profesionales médicos, que son requeridos, con frecuencia, en la actualidad.
Siendo apenas unos niños, pero casi siempre acompañados por alguna persona mayor, nos mandaban a pastorear las ovejas en el campo, pero ese trabajo diario, no venía solo, sino que también debíamos llevar uno o dos burros para traer leña, también era infaltable el uso (herramienta de madera para hilar, transforma lana en hilo) y varios cadejos (rollitos de lana, listos para hilar), pues mientras permanecíamos en el campo cuidando las ovejas, debíamos hilar o, si en casa se había tejido un puyo, llevábamos los hilos para tejer la reja correspondiente (son los flecos que adornan los costados de los tejidos artesanales).
El día empieza muy temprano, ensillando los burros, partíamos hacia el campo para empezar con nuestro trabajo. Llegábamos al lugar elegido, buscábamos una sombra, que sería nuestra casa, al menos por ese día, mientras permanecíamos fuera de casa.
Procedíamos a hacer fuego, poníamos el agua a hervir (generalmente en una lata de durazno al natural), donde hacíamos el mate cocido, después de desayunar observábamos que el espacio elegido tenga buen pasto para los animales. Recién allí empezaba nuestro trabajo, primero juntar leña para llevar en los burros cuando volviéramos, después y para descansar, solíamos hilar o tejer la reja para los puyos.
Para descansar de este trabajo, siempre llevábamos harina, grasa y/o aceite para hacer tortillas y no gastar la leña en la casa.
Por último, y finalizando la jornada, cargábamos los burros con leña, si quedaba algo de lo juntado, el mayor que nos acompañaba, siempre una mujer, era quien llevaba esa leña sobre la cabeza apoyada en un pachequi (era una tela envuelta formando una redondez, se colocaba en la cabeza y sobre ella la carga de leña), y nosotros llevábamos una carga de leña al hombro, si aún quedaba leña.
La caravana, con destino a casa, era encabezada por las ovejas, le seguían el, o los burros, los perros que nos acompañaban, iban en tercer lugar, y finalmente cerrando la caravana, nosotros, cargados con leña, y el mayor hilaba mientras caminaba. Esto puede parecer poco creíble, como dije, o exagerado, pero nada de eso, lo que cuento es la pura realidad. El viaje hasta la casa, era amenizado con el relato de alguna anécdota por parte del mayor que acompañaba, o las ovejas que se desviaban del camino, en fin, nada de aburrimiento había.
Cuando éramos más grandes, adolescentes ya, nos mandaban a trabajar en relación de dependencia. El trabajo de la zona, mayoritariamente era el que se producía a partir de las viñas, ya que empezaba en invierno con la poda de las plantas, luego juntar los sarmientos qué se cortaban.
Las viñas podadas requerían seguridad, entonces había que atar, cada gajo era atado en el alambre para que el viento no lo mueva y quiebre al sarmiento atado. Ya en primavera, después que las viñas “lloraban” (así se dice cuando la sabia cae de la planta por el vástago cortado) las viñas brotaban en demasía, y entonces se procedía a desbrotar (cortar los brotes de la planta de vid), según se dice, se hace de esta forma para que la planta no pierda fuerzas en hojas, sino que la fuerza de la planta vaya directamente a los granos de uva en cada racimo.
Pasado el tiempo, las uvas empiezan a madurar, y en ese entonces empieza un duro trabajo, que es la cosecha cuando el producto alcanzó la madurez necesaria. Había que juntar la uva en unos canastos grandes, y cuando estaban llenos había que trasladarlos sobre la cabeza, previa colocación de pachequi, a largas distancias, donde estaban el canchón, lugar que era utilizado para extender la uva para que se seque por el sol, transformándose en pasas.
Extender la uva consistía en poner sobre el suelo, papel o cartón de un metro de ancho, y sobre él, se colocaba la uva, es decir, que esta no estaba en contacto con la tierra. El largo de este extendido, era según la extensión del terreno, dejando 50 centímetros entre un extendido y otro, para que luego, cuando el sol haya secado de un lado las uvas, se procedía a darles vueltas, y por esos espacios libres, transitaba el trabajador.
Contado de esta forma, parece un trabajo sencillo, pero es muy sacrificado y pesado de realizar. También se llevaban uvas en cajones que eran transportados en “angarillas” (estas eran una especie de escalera cortas que se la transportaba entre dos personas, uno de cada extremo), los cajones eran colocados sobre esa escalera y llevados hasta el canchón.
La vida en retazos, como la estoy narrando, requiere imaginación del lector para poder advertir claramente la forma de vida de hace más de setenta años y posteriores. Cuando recuerdo estas acciones, aparecen imágenes del pasado en mi memoria, y alguna lágrima se desliza por mi rostro, al ver en esas imágenes a tantas personas que, con alegrías y sacrificios, compartimos momentos, pero ya no están, ya no forman parte de esta vida terrenal.
Otro momento jocoso, divertido, triste, duro, según se interprete, fue cuando en forma masiva debíamos obtener la Libreta Cívica, el documento de identidad femenino. Fue en el año 1953. Mujeres de todas las edades estábamos obligadas a realizar el trámite correspondiente, y como en Palo Blanco no había Registro Civil, debíamos trasladarnos a Fiambalá o a Tinogasta.
Los caminos de tierra, eran muy malos, descuidados, casi no recibían cuidados como ahora, viajar por esas casi huellas, era una odisea, nadie sabía cuándo iban a llegar. Ninguna comodidad disponíamos, y cuando realizábamos ese viaje, era en la caja de un camión, sin asiento, sin ninguna protección, parecíamos ganado.
En el pueblo había dos camiones, uno era de propiedad de un señor peronista y el otro de un ciudadano radical, que desde luego tenían una gran competencia, en todos los aspectos. Cuando llegó la hora de viajar a realizar el trámite de la Libreta Cívica, se realizó en forma masiva, de modo que los camiones iban repletos de pasajeros, las cajas de ambos llenas.
Desde luego, los que eran radicales viajaban en el camión cuyo dueño era de ese partido político, mientras los peronistas viajaban en el otro camión, cuyo dueño pertenecía a las filas de ese partido.
Era tanta la división que había inclusive, por ese tiempo, dos caminos para llegar al pueblo, como corresponde de acuerdo con la división, cada camión tenía su propia ruta.
Podría decir mucho más, historias de otros tiempos, que son desconocidas, muchas negadas y hasta ignoradas, pero sin duda, forjaron parte de la cultura de un tiempo…