miércoles 10 de junio de 2026
Colección SADE

Borges y sus lecturas infantiles

Por Honoria Zelaya de Nader (Tucumán)

Soy esos otros

“Soy pero soy también el otro, el muerto,

El otro de mi sangre y de mi nombre”.

“Junín”. El Otro, el Mismo

Según se desprende de sus declaraciones escritas y orales y especialmente de su “Autobiografía”, su juego preferido, su casi exclusiva diversión, fue la lectura en lengua inglesa. En inglés leyó “Kim” de Rudyard Kipling, “La Isla del Tesoro” Robert Luis Stevenson, “El hombre invisible” y “Los Primeros Hombres en la Luna” de Herbert George Wells, “Huckleberry Finn” de Mark Twain, “Los días escolares de Tom Brown” de Charles Dickens, los “Cuentos de Hadas” recopilados por los hermanos Grimm, “Luces y Sombras” de Jack London. Según Horacio Salas, Ulises Petit de Murat observa en la última novela citada que “con la rivalidad y el duelo final de dos hombres invisibles significa la primera semilla del culto al coraje y de su fijación de batirse con armas blancas”. Infiere asimismo que la lectura de “Alicia en el País de las Maravillas” de Lewis Carrol, “le debe haber implantado para siempre la maravilla y el terror por los espejos”.

En el poema “Al espejo” la voz lírica se pregunta: ¿“Por qué persistes, incesante espejo?/¿Por qué duplicas, misterioso hermano,/ el menor movimiento de mi mano?”. En la “Autobiografía”, Borges recuerda: “Yo conocí, de chico, ese horror de una duplicación o multiplicación espectral de la realidad. Pero ante los grandes espejos, uno de mis insistidos ruegos a Dios y al Ángel de la Guarda era el no soñar con espejos”.

Por otra parte, nos permitimos ver otros “implantes” de la Alicia de Carrol: la sombra de la imagen recurrente del doble y además del arraigo de ligazones entre “Las ruinas circulares” y Alicia a través del espejo especialmente en el capítulo “¿Quién soñó al gato?”: “Ahora, Michi, debemos ponernos seriamente a pensar quién fue que soñó todas esas cosas extraordinarias. Este es un asunto muy serio, y no deberías seguir lamiéndote la pata ¡Vamos, Michi, ayúdame a resolver esta incógnita y deja en paz tu patita! Ya tendrás tiempo para eso. Pero la pícara gatita se limitó a recomenzar en la otra pata como si no la hubiera oído. ¿Qué opináis vosotros, queridos lectorcitos? ¿Quién fue el que soñó?”

Vemos al niño Borges tratando de dar una respuesta. Leemos al hombre Borges y nos dice: “Las lentas hojas vuelve un niño grave,/ sueña con vagas cosas que no sabe”. Vemos al niño Borges tratando de dar una respuesta. Leemos al hombre Borges y nos dice: “Las lentas hojas vuelve un niño grave,/ sueña con vagas cosas que no sabe”.

Vemos al niño Borges -pido disculpas por esta imagen ficcional- tratando de dar una respuesta. Leemos al hombre Borges y nos dice: “Las lentas hojas vuelve un niño grave,/ sueña con vagas cosas que no sabe”.

El desplazamiento del calificativo “lento” (el niño lento) o mejor del adverbio “lentamente” construye una hipálage de fuerte impronta expresiva en este verso memorable.

Borges leyó también de acuerdo a sus propios testimonios los libros de Capitán Frederick Marryat, a “Moby Dick” de Herman Melville y a “Las Mil y una Noches” traducidas por Burtun. Con respecto a las notas enhebradas por Scharhazade, Borges observa que para sus mayores este libro estaba plagado de lo que entonces se consideraban obscenidades, por lo tanto, su lectura le estaba negada, pero el niño desobedeció la prohibición: “Me fue prohibida y tuve que leerla a escondidas en la azotea, pero en esos momentos estaba tan emocionado por la magia de los libros que no percibí en absoluto las partes censurables y leí los cuentos sin tener conciencia de cualquier otro significado”.

A los seis o siete años, después de leer “Don Quijote”, escribió su primer cuento “La visera fatal”.

¿Y sus lecturas en español?, preguntamos. Borges contesta:

-Accedí en nuestro idioma al “Juan Moreyra” de Eduardo Gutiérrez y al “Martín Fierro” de Hernández.

No podemos dejar de suponer que ambas obras literarias, al igual que las historias sobre la valentía de los ancestros militares, dejaron profundas huellas en su imaginario.

A esta altura de nuestro recorrido por el repertorio textual recordado por Borges como sus lecturas iniciales, advertimos tres rasgos en la identidad de esos textos y su resonancia en su propia condición de creador de ficciones. El primero, que al amplio conjunto mencionado por nuestro autor está integrado por novelas de aventuras, novelas fantásticas y relatos que rinden culto al coraje enraizado en la literatura argentina; en segundo lugar, que se complace en mencionarlo, porque es consciente de la huella que ha dejado en su memoria literaria; y, por último, las recreaciones tangenciales, que él mismo elabora, se vinculan con el campo literario destinado en unos casos tanto al lector infantil como al lector adulto, en otros solo al lector competente.

Las primeras lecturas de Borges sedimentaron con tal fuerza en el imaginario del escritor que sus rastros se reiteran sorprendentemente en toda su obra. De manera marginal, acreditamos que dos libros muy caros a la infancia y la madurez de Borges como son “La Isla del Tesoro” y “Alicia en el país de las Maravillas”, pese a lo que se difunde, han sido escritos para satisfacer el interés de dos jovencitos. En el caso de la obra de Stevenson, los afortunados destinatarios fueron muchos otros niños, además de Lloyd Osborne, un niño semiinválido de doce años, hijo adoptivo del autor.

“La Isla del Tesoro”, antes de convertirse en libro, fue publicada por entregas en la revista infantil “Young Folks”, entre 1881 y 1882 con el título “The Sea Cook”, or “Treasure Island”. El caso “Alicia” es más conocido.

En consecuencia, corroboramos una experiencia usual: a los niños les ha gustado siempre oír contar historias, incluso antes de saber leer, y desde siempre, desde que han aprendido a leer, se han apoderado de libros cuyo acceso generalmente les estaba vedado.

Nuestra observación a lo largo de muchos años de trabajo en la disciplina nos permite afirmar con seguridad que este amplio ámbito del arte tiene su acento mayor puesto en la elaboración estética y expresiva del lenguaje; la forma textual a nivel semántico configura un objeto modelado con la materia de los sueños, materia nacida en la casa de lo fantástico y de lo maravilloso. La confluencia de ambos factores -forma expresiva y sustancia semántica – confieren a esta producción un atractivo irresistible para la infancia.

El recorrido atento por las páginas de la amplia producción de nuestro autor corrobora la decisiva influencia que las lecturas iniciales de Borges niño ejercieron no solo en la consolidación de su hábito lector, sino también y decisivamente en el estímulo de su talento innato de creador. Esta influencia se debió a la plena fruición estética que estas lecturas generaron: lo comprobamos a través de incontables muestras y de indelebles huellas que solo parcialmente podemos registrar en este estudio.

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