miércoles 11 de febrero de 2026
Editorial

Viejos prejuicios que no terminan de irse

El mundo del fútbol, caracterizado por el machismo y rasgos claramente homofóbicos, normalmente hostil hacia la diversidad sexual, ofreció hace algunas semanas en Alemania una escena que pareció desmentir su propia historia. Minutos antes del inicio de un partido de la máxima categoría del fútbol alemán, el árbitro Pascal Kaiser sorprendió a jugadores, dirigentes y público cuando, micrófono en mano y en el centro del campo de juego, le pidió matrimonio a su novio. Una ovación cerrada recorrió las tribunas. El video del momento se viralizó en redes sociales y la imagen dio la vuelta al mundo.

Ese episodio fue celebrado como un avance, como una muestra de tolerancia y de reconocimiento del derecho de las personas de la diversidad sexual a expresar públicamente sus sentimientos, incluso en espacios históricamente adversos. Sin embargo, el paso de los días fue diluyendo el entusiasmo inicial y dejando al descubierto una realidad menos complaciente. A la par de los aplausos llegaron las amenazas, provenientes de sectores intolerantes que reaccionaron con furia ante una visibilidad que desafiaba viejos prejuicios que no terminan de irse.

La aceptación social de la diversidad sexual sigue siendo condicional, frágil y vulnerable frente a discursos de odio que se sienten legitimados desde el poder. La aceptación social de la diversidad sexual sigue siendo condicional, frágil y vulnerable frente a discursos de odio que se sienten legitimados desde el poder.

Kaiser denunció esos amedrentamientos ante la Policía. La respuesta fue desganada y poco diligente. La indiferencia oficial se sostuvo hasta que tres hombres ingresaron a la vivienda del árbitro y lo golpearon con dureza, en un ataque que fue caracterizado como homofóbico. Recién entonces las fuerzas de seguridad activaron algún tipo de reacción.

Los avances logrados en materia de derechos de las personas de la diversidad sexual atraviesan hoy una etapa de fragilidad. El crecimiento de expresiones de ultraderecha en distintas regiones del mundo viene acompañado de discursos que estigmatizan, relativizan conquistas y promueven una restauración de valores excluyentes. Estados Unidos, bajo el liderazgo de Donald Trump, y la Argentina gobernada por Javier Milei son ejemplos claros de esa tendencia.

No es un dato menor que el propio presidente argentino haya contribuido a ese clima. En su discurso en el Foro de Davos del año pasado, Milei vinculó a las “versiones más extremas” de la ideología de género con el abuso infantil. “Cuando digo abusos no es un eufemismo, porque en sus versiones más extremas, la ideología de género constituye lisa y llanamente abuso infantil. Son pedófilos, por lo tanto, quiero saber quién avala esos comportamientos”, afirmó. Declaraciones de ese tenor no solo desinforman, sino que habilitan una peligrosa asociación entre diversidad sexual y delito, con efectos que trascienden lo discursivo.

El contraste entre la ovación en un estadio europeo y la golpiza en la intimidad de un hogar resulta revelador. Expone hasta qué punto la aceptación social de la diversidad sexual sigue siendo condicional, frágil y vulnerable frente a discursos de odio que se sienten legitimados desde el poder. De allí la necesidad de retomar, sin ambigüedades, la agenda de ampliación de derechos y de reafirmar la tolerancia y la no discriminación como pilares básicos de la convivencia democrática.

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