Rodrigo L. Ovejero
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Relojes y otras cosas más complicadas
En el día de la fecha se cumplen 35 años desde la última vez que abrí un reloj pensando que alguna vez lo arreglaría. Este aparato, para variar, estaba descompuesto. Parecerá un absurdo, pero en mi niñez yo solía tratar de reparar cosas que no estaban rotas y las rompía en el proceso, en una suerte de profecía autocumplida.
Sin embargo, pese a mis lógicos desconocimientos en relojería, mi conducta no era simplemente una irresponsabilidad propia de mi corta edad, una carencia en el juicio motivada por mi escasa experiencia vital. Era algo completamente distinto, una expresión humana universal. Los humanos tendemos a observar las máquinas para ver si podemos solucionar sus problemas, y no importa la complejidad de éstas.
Tomemos, por ejemplo, un suceso con el cual todos podemos relacionarnos, en mayor o menor medida. El auto en el que nos transportamos se descompone, y naturalmente miramos el motor y los otros componentes mecánicos, pese a que nuestra ignorancia en la materia es absoluta. En mi caso, mi ignorancia sobre mecánica es minuciosa, y lo hago, miro el motor, aunque sé que no lo voy a entender. Es el mismo instinto que me hace mirar una pintura de Pollock, me arriesgo a decir.
Esta conducta, además, se repite sin que importe la complejidad de la máquina. Podemos aumentar la complejidad de los aparatos y seguiremos mirando. Si se descompone el autobús en el que viajamos, miraremos el motor, si se descompone el avión y tenemos la suerte de aterrizar, desde lejos lo vamos a mirar, por las dudas. Si, por el azar o alguna de esas fuerzas tan difíciles de entender que no vale la pena intentarlo, el destino nos pusiera de visita en el Gran Colisionador de Hadrones y de pronto éste se detuviera, y un técnico abriera un panel para repararlo, echaríamos un vistazo. Contra viento y marea, que nadie nos culpe de no intentarlo, no nos vamos a amilanar por ignorantes, en lo profundo de nuestro corazón lo sabemos todo, y si no lo sabemos no importa, si miramos a lo desconocido con suficiente detenimiento lo vamos a entender.
Los años, de todos modos, nos ayudan a conocer nuestras limitaciones, y de a poco vamos siendo más sensatos. Hace varios años que he dejado de mirar debajo del capó de mi automotor cuando no funciona, y a los relojes que hay en casa los dejo vivir y morir en sus propios términos. Por el camino estropeé muchísimas cosas, pero aprendí, por fin aprendí. Ahora solo opino e intervengo en las áreas que domino, lo cual me ha dejado un campo muy acotado en el que participar. Pero cuando estoy cerca de una máquina que deja de funcionar, tengo la decencia de apartarme y no entorpecer las acciones con mi presencia. Magro triunfo, pero triunfo al fin.