miércoles 1 de abril de 2026
Lo bueno, lo malo y lo feo

Mi hermano Ricardo

En aquella lejana Catamarca del año 1950, por ahí, se expresaba con habilidad en sus juegos infantiles, realizando distintas y bellas figuras en arcilla y plastilina.

Ya adolescente, sintió la influencia de tíos artistas: el escultor Hernando Dalla Lasta, el pintor Luis Varela Lezana y el Boto Gray, que realizaba esculturas en cotos de algarrobo. Todo esto tal vez decidió su futuro: estudiar arte, a pesar de la opinión en contra de amigos y familiares, que no pronosticaban éxito por no ser una carrera como las habituales de aquella época.

Así y todo, su firme decisión convenció a mis padres de enviarlo a la ciudad de La Plata, donde existe la Universidad de Bellas Artes. Empezó como celador y terminó como profesor titular y director de escuela de arte. Fue maestro de sí mismo, interpretó distintas figuras en sus creaciones, pero su preferencias eran las figuras ecuestres, a las que dio distintas formas, sobre todo a la figura del caballo: el caballo de guerra, el caballo del gaucho, el caballo de salto, el caballo de carrera, el monumento de Rosas a caballo, Felipe Varela a caballo, el caballo árabe, etc., etc.

Ganó numerosos concursos y fue invitado a realizar obras en Canadá, Italia, España, EE.UU., y en distintas provincias argentinas.

Hizo querencia en la ciudad de La Plata y es reconocido como ciudadano ilustre.

Tengo la suerte de ser su hermano y amigo. Compartí con él los años nuevos con nuestra familia en la residencia "La Quebrada", que fue de mi abuelo.

También en "Las Juntas", un pequeño pueblito en las montañas de Catamarca, donde todos los veranos nos juntamos con la familia. Allí escuché los cuentos que inventaba, de hechos sufridos por Antonito Sanduay, cuando con muchas dificultades quería llegar bajo la terrible tormenta de agua y nieve, con su cansada y fiel mula, al rancho para ver a su padre.

Cuentos que en esas noches estrelladas de Las Juntas, donde no volaba ni una mosca, como dicen, ante la audiencia de los chicos, hijos y sobrinos, y los hijos de Juan, el vecino, que escuchaban con suspiros y lágrimas en los ojos, absortos en aquella narración.

Asados, risas, guitarreadas, pesca de trucha, cabalgatas a lo desconocido, reflexiones, de la vida, teatro donde los artistas éramos nosotros y con público de personas mayores invitadas. También filmamos una película, libro y guión de Sergio Dalla Lasta. Artistas toda la familia, padres, madres, tíos, hijos y sobrinos. También ganamos un concurso de disfraces en un evento importante en El Rodeo, con un toro hecho con alambre y lona arpillera.

Nos divertimos y disfrutamos de una vida sencilla y en familia. Vivencias y recuerdos de un tiempo ya pasado, pero que quedaron trasladados al alma y la memoria de hijos ya mayores.

Era una ceremonia elegir el nombre y bautizar los caballos. Todavía andan por ahí en la memoria de ellos: el Alazán de Fuego, el Lobuzno, el Trompito, el Piringundín, la Estrella, Sandokán, el Pichiciego, el Apichafouco, el Piche….

Hermosos momentos compartidos y como dice la Delfita: Vida en abundancia.

Alejandro Rafael Dalla Lasta

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