Por Estefanía Herrera. La colección “Chinitas” de El Guadal Editora suma un nuevo título a su cartografía poética de voces femeninas de la provincia. “Herencia” es un poemario que funciona como un mapa íntimo de la pérdida, donde cada verso es un eje que nos conduce hacia un legado que abarca una transmisión generacional, la herencia emocional y esa extraña alquimia que transforma la ausencia en presencia perpetua.
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Herencia: la poesía como mapa íntimo de la pérdida
Pía Cabral y un poemario que explora la transmisión generacional y la ausencia transformada en verso
Un legado en cuatro tiempos
El libro se estructura en cuatro secciones -"Legado", "La madre", "La tierra" y "El origen"- que trazan una progresión desde el duelo personal hacia la búsqueda de un origen universal. Este orden responde a una lógica emocional precisa: cada verso funciona como un eje que conduce al lector por los territorios de la memoria y la herencia afectiva.
En el poemario, la madre es mucho más que una figura biográfica. Es principio de realidad, quien otorga no solo la vida sino también "la sintaxis para una gramática afectiva y primera". La voz lírica despliega retratos espectrales donde la figura materna habita los espacios domésticos como una presencia fantasmal que se resiste al olvido.
La poeta trabaja esta figura con una delicadeza que evita la idealización fácil: la madre es tacto, es voz, es memoria; a veces es ausencia y, a veces, un modo de estar que no necesita presencia física. Porque heredar no es solo recibir, es también hacerse cargo de lo recibido. Y en esa tarea la madre es norte y es espejo, enseña el orden de las cosas, pero también el desorden dulce del afecto. De ella llegan las primeras palabras -esas que no se olvidan- y los silencios que, con los años, aprenden a nombrarse.
"mi madre va a morir en agosto, / el mes de su nacimiento / es agosto y los ojos de mi madre son un río de / escaras y delirios", dice la voz poética en “Vigilia" (p. 21), uno de los poemas más impactantes del libro. Aquí, la poeta establece una conexión temporal entre nacimiento y muerte que revela la circularidad de la existencia: el mes se convierte en un anillo temporal que encierra toda una vida, y los ojos se transforman en paisajes de deterioro que, paradójicamente, siguen siendo ventanas. La secuencia más intensa del poema despliega una letanía de la agonía que funciona como oración pagana: "Nos buscamos en la prudencia que impone la / muerte / mala muerte mala madre / tanta muerte encima / muerta de madre viva". Esta aliteración agónica donde "muerte", "madre", "mala" se entrelazan sonoramente, crea un mantra hipnótico que traduce al lenguaje el ritmo entrecortado de la respiración agónica.
Pía, tal como lo hace con el orden de las secciones del poemario, construye una temporalidad paradójica donde la madre existe simultáneamente en el antes y el después de su muerte, en el silencio que la precedió y en el que la sucede: "pensé que mi madre había muerto / pero la muerte era yo / en una foto / llena de fantasmas" (p. 17). Esta inversión de roles, donde quien vive se descubre muerta y la muerta persiste en vida, ilumina uno de los núcleos temáticos centrales: la herencia no es sólo lo que recibimos de los muertos, sino la forma en que nosotros mismos en vida nos adherimos a ellos y sus recuerdos. En esta herencia, lo doméstico adquiere dimensiones rituales y la casa es un templo donde se celebra una liturgia secular de la memoria: "El recuerdo de mi madre está acostado en su cama / Mira las noticias / Empuña un rosario"…
O también en estos versos: "El espectro de mi madre camina de la cama al baño, / Obedece: recuerda historias familiares, cocina / torrejas. / Desde esta ventana veo a todas las madres que / fueron la mía. / Cuántas madres / pueden morir / en una sola". Aquí, la poeta logra una de las síntesis más pulidas del libro: la madre individual se multiplica en arquetipos y la pérdida personal se revela como eco de todas las pérdidas, como un duelo colectivo que trasciende lo individual.
Y en este duelo colectivo, el cuerpo se convierte en territorio de herencia y la tierra como cuerpo expandido de la madre. La tierra funciona como una ampliación cósmica del duelo íntimo. En el poema "Matrias" (p. 26), Pía establece una conexión directa entre las mujeres y la tierra: "Ellas pisan el barro, / una mezcla de marrones sacrificios, / es el barro que pisaron sus abuelas". El barro transmuta en memoria sedimentada y generacional que conecta a las mujeres actuales con sus ancestras. En otro poema de esta sección leemos: "La nobleza del adobe / endurece aquí el culto ritual de la pobreza. / El enojo, / es un canto gutural y repetido / de mujeres rechazadas por su propio pueblo". El poema denuncia la condición de las mujeres rurales y amplía esta visión hacia una dimensión más política y social donde el enojo femenino se traduce en canto de resistencia.
“Herencia” es, finalmente, un poemario sobre la transmutación poética que modifica la ausencia en presencia, el silencio en canto y la muerte de la madre en nacimiento de la propia voz. En estos versos encontramos la temporalidad paradójica que hace convivir pasado y presente, que convierte lo cotidiano en sagrado y que transforma el paisaje en extensión del cuerpo y el alma.
"Ahora luzco mis venas como una revolución. / Como la única patria que me acepta. / Tengo las manos / abiertas de lluvia", dirá la poeta. Las venas, esos ríos internos que transportan la sangre heredada, se convierten en revolución, en territorio íntimo donde la herencia recibida es también un legado que se puede ofrecer. Porque la herencia, cuando es verdadera, no se guarda: se comparte.