Por Lic. Ezequiel Sosa.
Por Lic. Ezequiel Sosa.
Nadie pudo decir con certeza cuándo empezó. Un día el ritmo estaba ahí, desordenando las costumbres, ocupando las calles y los patios, infiltrándose en la memoria de quienes ya lo habían vivido y en la curiosidad de quienes aún no. En Catamarca el Carnaval no es una fecha ni un evento, sino una interrupción del orden diario, una forma breve y obstinada de habitar el mundo de otro modo. Se va con la última melodía, pero deja restos —risas, excesos, desobediencias— que el año arrastra como una resaca lenta.
Conviene recordar que el Carnaval tiene una historia larga, hecha de viajes, mezclas y persistencias. Sus sedimentos se hunden en antiguas civilizaciones como Sumeria y Egipto, donde los ritos de fertilidad y los cantos buscaban conjurar el invierno y celebrar la vida. En el mundo romano tomó forma en las Saturnales, con banquetes, máscaras e inversiones del orden social, y en las Lupercales, ligadas a la purificación y la fecundidad. Con el tiempo, estas prácticas se fundieron con el calendario cristiano como antesala de la Cuaresma, bajo la idea de carnem levare: el permiso final de “quitar la carne” antes del ayuno y el silencio.
Cuando el Carnaval cruzó el océano no llegó intacto. En América se transformó. Se mezcló con rituales indígenas, con la relación profunda entre la tierra y los hombres, con músicas, danzas y creencias propias. En el norte argentino —y particularmente en Catamarca— esa mezcla dio lugar a una celebración singular, donde el tiempo se vuelve circular y la comunidad se reconoce en el rito compartido.
Tal vez por eso siempre fue una presencia ambigua. A veces celebrado, otras tolerado, muchas mirado con desconfianza. El Carnaval incomoda porque no se deja domesticar del todo. Es omnipresente en la cultura popular y, al mismo tiempo, difícil de encerrar en una definición. No sorprende que en tiempos de orden rígido —como durante la dictadura— haya sido vigilado, recortado o directamente censurado. Donde hay risa compartida, hay también pensamiento compartido. Y eso nunca fue inocente.
Desde la mirada de Carlos Quiroga, el Carnaval no necesita explicación: sucede. En su Carnaval de Belén, la fiesta no distingue protagonistas ni figurantes. El pueblo entero entra en escena. La copla corre de boca en boca, el vino afloja la lengua, la harina borra las diferencias. No hay solemnidad posible. El Carnaval, en ese registro, no es evasión sino reencuentro: una manera de reconocerse en el otro sin demasiadas palabras.
Si uno retrocede un poco más, como quien busca las raíces bajo la tierra, Adán Quiroga deja ver que nada de esto es nuevo. En Folklore Calchaquí aparece el Carnaval como una herencia persistente, ligada a rituales antiguos, a la fertilidad, a la Pachamama. Allí el Diablo —el Pujllay— no es amenaza sino símbolo: se lo desentierra para liberar deseos, para permitir que el orden moral se tome descanso y la comunidad vuelva a latir al ritmo del carnavalito.
Augusto Raúl Cortázar observó la fiesta con atención de relojero. Mostró que el Carnaval no es puro caos, sino una estructura precisa: tiempos marcados, personajes reconocibles, reglas que habilitan romper las reglas. Es una gramática del desorden donde cada gesto tiene sentido. En ese desorden, la harina no es un descuido: es el gran igualador. Se arroja para borrar facciones, para anular jerarquías de la piel y de la ropa. Bajo el blanco de la harina, todos somos el mismo rostro, una sola marea humana sin nombres ni apellidos.
Desde el teatro y la palabra poética, Juan Oscar Ponferrada profundizó esa inversión del mundo. En Carnaval del Diablo, el Diablo no es el villano tradicional, sino el encargado de decir lo que otros callan. Se ríe del poder, desarma solemnidades, recuerda que ninguna autoridad es eterna. En su burla hay crítica y en su risa, memoria.
Más cerca de la vida cotidiana, Carlos Villafuerte dejó constancia de un Carnaval que no necesitaba permiso para existir. Y los relatos y fotografías reunidos en El Rubio Herrera y su Belén de Catamarca terminan de confirmar algo simple y poderoso: comparsas, rostros, calles llenas. El Carnaval como obra colectiva, construida entre muchos, sin manual de instrucciones, pero con historia.
Hoy, la fiesta sigue viva, perfumada por la albahaca. Se lleva en la oreja o se machaca entre las manos no solo por su aroma, sino como un amuleto: su frescura es el contrapunto del calor del Diablo, un bálsamo que ahuyenta las penas y nos mantiene anclados al presente. Persiste porque responde a una necesidad antigua: la de romper, aunque sea por un momento, el orden de todos los días. Porque cuando el Diablo se desentierra, se libera también una verdad profunda del hombre.
Y cuando la prosa ya no alcanza, hablan los versos. Carlos Quiroga lo dijo sin rodeos:
“Viene bajando el Carnaval
con su caja y su alegría,
trae en la copla la pena
y en la risa, la vida.”
Por su parte, Ponferrada nos legó un verso que todavía resuena:
“Cuando el Diablo anda suelto
nadie es dueño de su nombre.”
Tal vez ahí esté la clave última. En Carnaval, el mundo se desacomoda apenas, lo justo para que respire. Las calles se vuelven un río de harina, de cantos viejos, de pasos que no preguntan adónde van. Nadie es más que nadie. Nadie es menos. Por unos días, los nombres se diluyen y el pueblo vuelve a ser cuerpo, voz compartida, latido.
Después, como siempre, el Diablo se entierra. La música se apaga despacio, las máscaras descansan, febrero sigue su curso. Pero algo queda, persistente y terco. La certeza de que el orden no es eterno. De que el mundo puede darse vuelta sin romperse. Y de que, al menos una vez al año, el pueblo se concede ese permiso antiguo y necesario: mirarse de frente y saberse —todavía— vivo.