martes 10 de febrero de 2026
Algo en que pensar mientras lavamos los platos

Cenizas y posteridad

Por Rodrigo L. Ovejero.

En este momento, mientras usted acerca esta columna a sus ojos para malgastar cinco minutos de su tiempo, se cumplen dos mil años (año más, año menos, no tenía ganas de hacer las cuentas) de la erupción del volcán Vesubio, que destruyó Pompeya, a la que sepultó bajo una capa de fuego, ceniza y muerte (poesía del lugar común). Dos mil años después, otro volcán cambió la historia de un pueblo. En este caso, del sufrido pueblo argentino. La erupción, por suerte, fue musical y contó con la voz de Roberto Edgar y todo el ritmo tropical.

Volviendo a lo importante: la tragedia de Pompeya tiene la particularidad de que muchas de sus víctimas se calcinaron en el acto y una capa de ceniza volcánica endurecida preservó sus momentos finales para la eternidad. Sus posturas y los precisos lugares de sus defunciones quedaron registrados por la ceniza, por lo que en la actualidad se puede visitar Pompeya –con suerte, en un día soleado sin erupciones- y conocer dónde estaban y qué estaban haciendo algunos de sus visitantes.

He aquí, justamente, mi preocupación: muchas de esas personas pudieron estar realizando actos que no tenían nada que ver con su cotidianidad, y pasaron a la historia en una actividad que no les representaba, o en un lugar que no frecuentaban. Incluso podría haberse dado el caso de que por casualidad estuvieran haciendo algo que aborrecían y que eso quede como su señal de identidad para los historiadores, milenios después.

En el extinto programa radial El Café de Las Bermudas, especulamos alguna vez acerca del caso de un senador completamente intolerante a los lupanares, que se apersona a inspeccionar uno de ellos en el momento exacto en el que el Vesubio empieza a salpicar para todas partes. Dos mil años después de ese mal rato, la tesis de un arqueólogo lo señala como un asiduo visitante de lupanares, a tono con la moral reprobable de la época.

Por lo tanto, al siempre latente temor a morir en un evento de grandes proporciones se suma la preocupación –un tanto absurda, quizá, pero preocupación al fin- de hacerlo en condiciones dignas, en una conducta o en un lugar que no nos deje mal parados para la posteridad. Imagínese el lector perder la vida en la única ocasión que lo encuentra en una iglesia en los últimos años, y que académicos del futuro lo asuman feligrés de la primera hora o, peor aún, sacerdote.

Podría tratarse de mera vanidad, claro, pero no debemos menospreciar el riesgo de formar parte de los manuales escolares que educarán a los niños del mañana, en los cuales leerán acerca de las costumbres del mundo anterior a la hecatombe nuclear. En ellos podríamos aparecer en la página 311, en el sector de historia, la fotografía de nuestro cuerpo inerte, petrificado, y debajo el epígrafe fatal: “El hombre de principios del siglo XXI solía pasar grandes períodos sentado en el inodoro, observando el celular”.

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