Por estos días, la seguridad vial enfrenta un fenómeno inquietante que deriva de la temeraria decisión de muchos conductores de grabarse manejando a gran velocidad para luego exhibir sus “hazañas” en redes sociales. Se trata de una explosiva combinación de temeridad y exhibicionismo, una lógica de validación digital que opera poniendo en riesgo no solo la vida del propio conductor, sino también la de cualquiera que circule por una ruta o avenida urbana en el momento equivocado.
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Audacia más asesina que valiente
Los casos que han trascendido recientemente muestran una tendencia peligrosa y creciente. Uno de los más resonantes ocurrió en Bella Vista, Tucumán, donde un conductor fue filmado manejando a más de 170 km/h, haciendo maniobras imprudentes y llevando en el asiento delantero a su hijo de diez años sin cinturón de seguridad. La consecuencia fue la suspensión de su licencia, una medida necesaria pero insuficiente frente a semejante conducta.
También se viralizó el caso de una joven que originalmente había sido noticia por una agresión sufrida en Villa del Parque, pero que alcanzó todavía más notoriedad pública cuando salieron a la luz videos que ella misma había subido a redes sociales conduciendo a más de 150 km/h. Otro ejemplo es aún más dramático: un joven de 21 años que se filmaba al volante diciendo que le “encantaba correr”, mientras su velocímetro superaba los 160 km/h. Aquella exhibición terminó en tragedia cuando provocó un choque fatal en la ciudad de Rosario.
La lista sigue. En Neuquén, un conductor se grabó manejando a 170 km/h en plena ruta. En Buenos Aires, un hombre filmó cómo su hijo menor estaba literalmente encima suyo al volante mientras el auto circulaba a más de 100 km/h por la autopista Riccheri. También tiempo atrás circuló un video de dos Ferrari haciendo una picada en el interior del barrio privado Nordelta, una competencia ilegal que motivó la intervención de la Agencia Nacional de Seguridad Vial para pedir la suspensión de las licencias de ambos conductores. Estos no son casos aislados. Son apenas algunos ejemplos de una larga lista de episodios donde la velocidad extrema se combina con el deseo de mostrarse, de coleccionar “likes” y seguidores mediante una audacia que es más asesina que valiente.
La imprudencia temeraria al volante no es nueva. Pero hoy se suma un componente adicional: la necesidad de convertir la irresponsabilidad en contenido, de filmarse sobrepasando límites para obtener gratificación social en el mundo digital. Esa novedad agrava el problema y obliga a abrir un debate serio sobre cómo prevenir estos hechos, cómo actuar rápidamente ante su difusión y, especialmente, si no es tiempo de endurecer las sanciones para aquellos casos donde la grabación en imágenes de la imprudencia es una prueba irrefutable de la voluntad consciente de violar la ley y poner en riesgo a terceros, incluso cuando milagrosamente no se registre un accidente.