viernes 3 de abril de 2026

Campo, leña y susto

Era sábado y como cada fin de semana que no había clases, la tarea consistía en buscar leña. Era el único elemento utilizado por ese entonces para el fuego que cocinaba, que calentaba el horno para hacer el pan, y que climatizaba el interior de las viviendas. Había una creencia que para que no faltara dinero en el hogar, lo primero que no debía faltar era la leña.

No eran necesarias las instrucciones. Se ensillaba el burro con los elementos que permitían cargar la leña, se ponía la sudadera, los peleros, la carona y, finalmente, el aparejo arriba de todo el ensillado. El aparejo era de madera y constaba de dos partes: arriba del burro, cada una a un costado del animal. Era este elemento el que permitía acopiar la leña sobre el lomo del burro, porque en los cuatro extremos llevaba una estaca de madera y sobre ella se acomodaba la leña. Cuando la carga estaba completa se reataba con otra cincha.

Por este motivo, el sábado muy temprano, el campo de Tinogasta se poblaba de leñeros. La mayoría eran chicos de entre 10 y 15 años que hacían un tremendo bullicio, ya que trabajaban y jugaban con la pelota de trapo (y después de goma).

Yo tenía 11 años cuando iba con mi burro al campo a buscar la leña. Este sábado en particular ya había pasado el Río Seco, a cinco kilómetros de la ciudad, cuando encontré un algarrobo totalmente seco, desmonte del burro y de inmediato corté la leña. Cargué el asno, hice las ataduras, coloqué el hacha entre medio de la leña y emprendí el regreso rápido a casa.

Cuando cruzamos el lecho del Río Seco algo asustó al burro, por lo que hizo un movimiento raro que me desestabilizó y caí pesadamente al suelo. Me levanté, vi que no hubo consecuencias y decidí seguir hasta mi casa caminado. Al llegar no me sentía muy bien, tenía fiebre y el cuerpo dolorido. Mi papá de inmediato me llevó con doña Ramona, la señora que curaba, y en cuanto me vio, me dijo que estaba asustado.

“Mire, don Juan, va a tener que llevar a Huguito al lugar que se cayó nueve tardes seguidas y cuando llegue al lugar, con una camisa del chico, usted rezará y lo llamará. ‘Huguito ven, vamos a casa’. Esto dirá mientras pasa la camisa por el lugar donde se cayó. Repetirá tres veces y emprenderá el regreso a casa, pero tenga cuidado porque escuchará voces y alguien que le tirará la camisa. Ese es el espíritu travieso del niño, pero usted no se dé vuelta, continúe su camino como si nada escuchara. Si usted tiene miedo y se da vuelta a mirar, entonces el muchacho no sanará porque el espíritu regresará al campo”, dijo doña Ramona.

Mi papá, ya con el diagnóstico y el remedio, se preparó y me cargó en la bicicleta hacia el Rio Seco, donde hizo todo lo indicado por Ramona. Escuchaba a mi padre llamarme y pedir que no me quedara ahí. Luego dábamos la vuelta y volvíamos caminando hasta el Río Abaucán, allí subíamos en la bicicleta y completábamos el recorrido hasta llegar a casa. Cuando llegábamos, directamente pasaba a darme un baño y luego a la cama, de donde no debía moverme, según la indicación. Cada día, desde el primero al último, papá debía levantar un poquito de tierra del lugar donde me había caído y luego en casa lo ponía en un vaso, y agregándole agua debía tomarlo después que la tierra se asentara.

Cuando llegábamos a casa, durante los 9 días yo esperaba que mi padre contara o dijera algo, pero nunca lo escuché mencionar esta curación. Cuando llegó el último día, ya de noche, entramos a casa y sentados en la cocina, papá contó que por indicación de la curandera no debía decir nada hasta completar la curación.

“Por eso esta noche quiero contarte que fue muy duro. La primera y la última noche fueron las peores. Sentía que alguien caminaba detrás nuestro y sentía que alguien tiraba la remera, y escuchaba al mismo tiempo risas de niños. Yo lo relacioné con la edad de Huguito y el espíritu travieso, según los dichos de doña Ramona”, me dijo.

Así era en aquellos tiempos de cosas simples y de creencias fuertes. Nuestro interior profundo todavía sigue con esas costumbres. Créase o no, se resolvían con simpleza los grandes problemas. Tampoco había mucho tiempo para otra cosa que no sea el trabajo.

Texto: Colaboración de Oscar Hugo Alaniz

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