jueves 22 de octubre de 2026
Análisis

Un dolor que duele por dos

Hay noticias y vivencias cotidianas que nos atraviesan, nos congelan el pecho y nos dejan un silencio incómodo. Hoy me encuentro escribiendo esto desde el impacto y la profunda tristeza tras conocer un hecho tan violento de acoso escolar, en donde una adolescente es expuesta en su intimidad y posteriormente engrupo por sus propias compañeras.

Como mamá de adolescentes, la angustia me llega a la piel. La conozco de cerca, no solo desde la preocupación, sino desde la huella imborrable que deja el acoso cuando roza la vida de un hijo.

Como profesional de la salud mental, las preguntas me queman por dentro:

¿En qué lugar estamos parados los adultos, qué les estamos transmitiendo a nuestros hijos? ¿Los estamos escuchando de verdad o solo convivimos con ellos?¿Les estamos ofreciendo herramientas reales para habitar el mundo, para cuidarse y para cuidar al otro?

¿De dónde sale esta idea de que tenemos derecho a agredir a otro, a creernos superiores, a pisotear la dignidad ajena para reafirmarnos?

Vivimos en un contexto en donde la violencia parece escalar día a día en absolutamente todos los ámbitos: las redes sociales, las calles, las instituciones y los vínculos cotidianos. Nos estamos acostumbrando a una crueldad que naturaliza el atropello.

La adolescencia no es una mera etapa de paso, es el terreno fértil y convulso donde se construye la identidad. Es la búsqueda de pertenencia, la vulnerabilidad a flor de piel, el espejo en el que intentan mirarse para saber quiénes son. En esa búsqueda, la mirada de sus pares cobra un peso abrumador. Cuando ese entorno se vuelve hostil y perverso, el impacto destruye cimientos emocionales en pleno desarrollo.

Ante una situación tan dolorosa como la sucedida, hoy siento el deseo profundo de abrazar a esas dos adolescentes.

A la joven expuesta y agredida, para envolverla en un espacio seguro, acompañar ese dolor extremo, devolverle la dignidad que pretendieron quitarle y recordarle que su vidavale infinitamente más que la crueldad ajena.

Y también abrazo quienes la agredieron con tanta saña, porque detrás de semejante despliegue de violencia y hostilidad, indefectiblemente hay algo roto. Nadie que esté en paz consigo mismo necesita humillar a otro para sentirse valioso. Semejante nivel de agresión es, en el fondo, un grito ciego de algo no alojado que necesita ser mirado antes de termine de destruirlos a ellostambién.

No podemos seguir mirando a un costado ni naturalizarla violencia escolar como cosa de chicos. Las redes sociales y las aulas son la caja deresonancia de lo que cómo sociedad y las familias transmitimos o dejamos de alojar. Proteger a nuestros adolescentes exige un trabajo mancomunado: de las familias, de la escuela, de las instituciones y de la comunidad toda.

Es hora de alojar la fragilidad de nuestros jóvenes con políticas efectivas, espacios escolares de escucha real y un compromiso adulto.Guiemos desde la empatía, la responsabilidad compartida, los límites claros y la presencia activa, antes de que sea el dolor el que termine educando a nuestros adolescentes.

Lic. María de los Milagros Varela Rezzano

DNI N: 28076385

M.P: 292

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