Con la minería afianzándose como uno de los motores más potentes de transformación de la matriz económica del país, conviene detenerse menos en los dólares anunciados que en la gente que hará falta para convertirlos en producción.
Con la minería afianzándose como uno de los motores más potentes de transformación de la matriz económica del país, conviene detenerse menos en los dólares anunciados que en la gente que hará falta para convertirlos en producción.
Las proyecciones presentadas por la Corporación Financiera Internacional (IFC), el brazo del Grupo Banco Mundial dedicado al sector privado, estiman al menos 11.000 nuevos empleos directos en operación hacia 2033 y otros 54.000 indirectos en transporte, logística, comercio y servicios. El dato decisivo es que más del 80% de los puestos directos requerirá calificación media o alta. Esto es: la oportunidad existe, pero no se repartirá por cercanía al yacimiento, sino por preparación.
La cuenta es elocuente. Por cada empleo en la mina habrá casi cinco en la cadena de valor, donde la oficial de Preinversión en Educación de IFC, Mariana Lef, ubica la gran oportunidad.
Pero la demanda no es estática. Lef describió una secuencia: equipos pequeños y especializados al comienzo, un pico de operarios e ingenieros durante la construcción y dotaciones estables en la operación. Cada etapa pide perfiles distintos y quien llegue con la formación de la etapa anterior llegará tarde.
El caso de Los Azules ilustra el desafío. Para instalar la planta de ácido sulfúrico de su proyecto de cobre en San Juan, McEwen prevé traer especialistas finlandeses. Su gerente de Legales y Asuntos Institucionales, Rodolfo Ovalles, anticipó que los contratos contemplarán la capacitación de trabajadores argentinos. Los minerales se agotan, pero el conocimiento queda, argumentó.
En el Seminario del Litio de Jujuy, el presidente de la Cámara Minera de Catamarca, Abás Tanus Mafud, había puesto número al problema local, al calcular un déficit de entre 30% y 40% de ingenieros vinculados con la actividad.
Lo que Mafud reclamó en Jujuy, IFC lo identificó como la pieza faltante. Todavía no existe un mecanismo para que las mineras informen qué trabajadores necesitarán, con qué preparación y en qué plazos. Sin esa información, las instituciones educativas forman a tientas. De ahí la queja empresaria de que muchos programas universitarios están desactualizados. De ahí también la disputa entre compañías por los pocos profesionales disponibles.
Catamarca no parte de cero. Sus cámaras mineras ya tienen acuerdos con universidades privadas y la Facultad de Tecnología y Ciencias Aplicadas de la UNCA registra un crecimiento sostenido de inscriptos en Ingeniería de Minas y en la tecnicatura en salmueras de litio.
Falta, no obstante, resolver quién paga. Los programas existen; lo que escasea es el financiamiento para que accedan quienes necesitan capacitarse. Cabe suponer que las empresas, primeras beneficiarias de una mano de obra calificada, tendrán algo que aportar.
Hay, además, un dato que no debería pasar inadvertido. El ministro de Producción, Ciencia e Innovación Tecnológica de Córdoba, Fernando Sibilla, aprovechó la presentación de IFC para postular a la metalmecánica, la industria automotriz y la construcción de su provincia como socias de los proveedores de las provincias mineras. La aspiración cordobesa es legítima, pero advierte que oportunidades que Catamarca no esté en condiciones de aprovechar no quedarán vacantes: otros se prepararán para ocuparlas.
La formación ha dejado de ser un complemento deseable del desarrollo minero para convertirse en su condición. Los yacimientos están, las inversiones, en buena medida, también. Lo que no se importa por mucho tiempo ni se improvisa es la capacidad de la gente para participar e insertarse en el negocio.
Los minerales se agotan, el conocimiento queda, es cierto. Pero hay que adquirir el conocimiento para aplicarlo antes de que los minerales se agoten.