En los últimos años, en los debates sobre la crianza ha comenzado a instalarse, todavía de manera incipiente pero creciente, una tendencia conocida como “FAFO parenting”, una sigla derivada de la expresión inglesa “Fuck Around and Find Out”, que podría traducirse como “probá y descubrí qué pasa”. La propuesta es que los niños aprendan a partir de las consecuencias concretas de sus actos, sin mediaciones excesivas de los adultos.
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Un delicado equilibrio
La idea de que la experiencia, incluso cuando implica dolor o frustración, es la principal herramienta de aprendizaje aparece como una reacción frente a un modelo de crianza que, según sus críticos, ha tendido a reducir al mínimo la exposición de los chicos al conflicto. Así, situaciones cotidianas se convierten en ejemplos paradigmáticos: el niño que se niega a abrigarse y debe atravesar el frío, o aquel que insiste en subirse a un juego peligroso y termina enfrentando el riesgo de una caída. En ambos casos, el aprendizaje no es explicado, sino vivido. Esa misma filosofía quedó expuesta en un video que se viralizó meses atrás: un niño, en medio de una discusión doméstica, anuncia que quiere “irse de casa”. La respuesta materna es abrir la puerta y dejarlo afuera, en la oscuridad de la calle, hasta que el llanto y el miedo lo llevan a pedir volver.
El enfoque se relaciona con otros estudios en el campo de la psicología y la sociología que señala que quienes crecieron en las décadas de 1960 y 1970 lo hicieron en entornos con menor supervisión adulta, donde la autonomía se adquiría en paralelo con la exposición al error. Esa experiencia, se sostiene, habría contribuido a desarrollar mayores niveles de resiliencia emocional.
En contraposición, el discurso que cuestiona la llamada “generación de cristal” —jóvenes nacidos hacia fines del siglo pasado y comienzos del actual— ha ganado espacio en distintos ámbitos. Se les atribuye una baja tolerancia a la frustración y una sensibilidad exacerbada frente a la adversidad, rasgos que muchos vinculan con estilos de crianza sobreprotectores.
Pero si la sobreprotección puede limitar el desarrollo de herramientas emocionales, el aprendizaje “forzoso” tampoco parece una solución virtuosa. Los padres que adoptan el enfoque FAFO corren el riesgo de renunciar de su rol principal, que es el de cuidar, orientar y contener. Exponer a los niños de manera abrupta a las consecuencias negativas de sus decisiones puede traducirse, más que en aprendizaje, en angustia o desamparo.
La discusión, en definitiva, no debería plantearse en términos binarios. Ni la vigilancia permanente ni la ausencia deliberada constituyen modelos deseables. La crianza exige, como casi todo en la vida social, un delicado equilibrio.
Ese punto intermedio, según coinciden numerosos especialistas, implica permitir que los chicos enfrenten conflictos cotidianos, que tomen decisiones y asuman sus consecuencias, pero siempre en función de su grado de maduración. La autonomía no puede transformarse en abandono, así como la protección de niños, niñas y adolescentes en anulación de la experiencia.n