sábado 7 de mayo de 2022

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Cara y Cruz

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3 de marzo de 2022 - 00:32

Los esfuerzos del presidente Alberto Fernández por demostrar autonomía y autoridad naufragan en su al parecer irrefrenable pulsión por quedar bien con todo el mundo, salvo con el macrismo. Sus intentos de conciliar las contradicciones lo llevan a desbarrancarse en conmovedores ejercicios de funambulismo.

Su tercer discurso ante la Asamblea Legislativa no fue la excepción. La vicepresidenta Cristina Fernández lo dejó en falsa escuadra de entrada nomás. Primero le negó la palabra al presidente del bloque radical, Mario Negri, que quería pedir un minuto de silencio por las víctimas de la guerra desencadenada por Rusia en Ucrania. Luego, cuando Fernández iniciaba su exposición, le bajó la instrucción a micrófono abierto. “Ahora pedí el minuto de silencio”, ordenó. El otro acató, qué otra cosa iba a hacer.

Establecida la cadena de mandos, el Presidente se explayó en la autoindulgencia y convocó a los argentinos a “confiar”. La necesidad de un salto de fe fue la médula de un mensaje plagado de buenos propósitos y advertencias sobre los condicionamientos que acechan a su gestión.

El tramo dedicado al acuerdo con el FMI, quizás el más esperado, careció de precisiones, aunque no de promesas: no habrá tarifazos excesivos, ni reformas laborales o previsionales. Un futuro promisorio se abrirá una vez que el Congreso lo habilite.

Para Fernández, el acuerdo es la piedra basal para proyectarse más allá de 2023. En su enésima fundación, el “albertismo” sistemáticamente abortado propone una épica.

"Esta época bisagra de la historia y de la Argentina necesita que le propongamos un sueño: pasar del miedo a la ilusión. De la muerte a la creación. Hay que sacar la utopía del pasado y volver a ponerla en el futuro", dijo.

Como Néstor Kirchner en 2003: “Vengo a proponer un sueño”. Con la diferencia de que en 2003 el trabajo sucio del ajuste brutal y la pauperización ya lo había hecho Eduardo Duhalde para salir del desastre legado por Fernando de la Rúa y que el escenario internacional era favorable a las exportaciones argentinas y las divisas ingresaron a trocha ancha.

Detalles en los que Fernández no se detuvo. La narrativa en ciernes achaca todos los males al retorno al FMI que Mauricio Macri ejecutó sin pasar por el Congreso para dejar una deuda ilevantable. En ese punto de la historia arranca la nueva épica “albertista”.

Por eso hizo hincapié en las responsabilidades de Macri –obvias y condenables- y en la denuncia penal que se planteó a la deuda contraída con el FMI. Argentina puede necesitar un sueño, pero Fernández necesita un punto de partida para su proyecto que no afecte el relato cristinista.

Macri fue incapaz de administrar el déficit y la deuda dejada por Cristina, de modo que recurrió al FMI y en el camino los especuladores de siempre hicieron pingües negocios. Un incompetente, entre otras cosas.

Los macristas eligieron el momento de las críticas a su jefe para el abandono de sus bancas que tenían programado desde un principio. Un circo al que no se prestaron sus socios del radicalismo y la Coalición Cívica y que, en definitiva, completó la faena de dejar marcados en el recinto los extremos de la fractura nacional que se había iniciado con la ausencia de Máximo Kirchner.

El “sueño” de Fernández requiere superar esa polarización, suplantarla en todo caso por otra. Requiere la construcción de un poder como el que en su momento supo edificar Néstor Kirchner con pragmatismo y audacia.

Parece demasiado para un Presidente al que su vice le marca hasta el momento adecuado para pedir un minuto de silencio. Y que en su tercer año de mandato todavía despliega discursos en lo que todo es “a pillar”.

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