jueves 26 de marzo de 2026
Análisis

El ágora perdida: entre el discurso y la representación

Por Lic. Guillermo Alejandro Bordón

Hay algo que se ha ido diluyendo en la política contemporánea argentina, casi sin que lo notemos del todo: la esencia del discurso. No porque falten palabras —de hecho, sobran—, sino porque han perdido densidad, verdad y compromiso con la realidad.

Vivimos en tiempos de un cinismo político cada vez más evidente. Discursos que hoy se presentan como valientes denuncias, ayer eran silencios cómplices. Reclamos que se enuncian con tono épico, hace no tanto tiempo eran ignorados o incluso negados por quienes hoy los encabezan. Y entonces surge una pregunta incómoda: ¿se trata realmente de convicciones o de simples estrategias?

Las redes sociales se han convertido en el nuevo escenario de la política. Cada día aparece uno, dos, o varios dirigentes hablando a cámara, construyendo mensajes medidos, calculados, editados. Pero en esa exposición constante hay una ausencia que pesa: el contacto real con el ciudadano. La escucha. El intercambio genuino.

Entonces cabe preguntarse: ¿dónde está hoy el ágora? Aquél espacio simbólico donde la política nacía del encuentro, del debate, de la confrontación de ideas. ¿Sigue existiendo o ha sido reemplazado por una vidriera digital donde lo importante no es dialogar, sino mostrarse?

Porque lo que vemos muchas veces no es discusión política, sino representación. Una puesta en escena donde algunos señalan las fallas del Estado con vehemencia, mientras otros intentan defender lo indefendible. Pero, en el fondo, ambos parecen compartir un mismo objetivo: posicionarse, instalarse, proyectarse. No hablan tanto para resolver, sino para ser vistos.

Y en ese juego, el ciudadano corre el riesgo de convertirse en espectador. O peor aún, en consumidor de relatos. Se le habla, pero no siempre se lo escucha. Se lo interpela, pero no siempre se lo incluye.

Entonces la pregunta final, quizás la más importante, es inevitable: ¿a qué juegan hoy los políticos? ¿Qué esperan del ciudadano? ¿Lo conciben como sujeto activo de la democracia o simplemente como audiencia a la que hay que convencer?

Tal vez el verdadero desafío no sea solo exigir coherencia, sino recuperar el sentido del vínculo político. Volver a construir un espacio donde la palabra no sea una herramienta de simulación, sino un puente real entre quienes gobiernan y quienes son gobernados.

Porque sin diálogo auténtico, no hay ágora. Y sin ágora, la democracia corre el riesgo de convertirse en una simple escenografía.

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