La guerra de los Luises. Fadel y Lobo Vergara protagonizan la pelea por la sucesión de Oscar Castillo.
Aunque la composición de los bandos en la interna radical esté sujeta a cambios hasta el filo del cierre de listas, e incluso haya que aguardar luego el resultado del siempre controversial proceso de las impugnaciones en la Junta Electoral para ver si todos quedan en pie, hay un elemento que marca la reconfiguración que está experimentando el eje del campo opositor catamarqueño: por primera vez desde que el FCS dejó el Gobierno en 2011, la presidencia del partido no recaerá en alguien de la línea Celeste.
Cierto es que el extinto Amado David “Coco” Quintar, cuando fue consagrado en ese puesto en 2012, había tomado distancia del sector, pero su filiación castillista no puede discutirse y, en rigor, nadie salió a competirle y, en una UCR conmocionada por la derrota, retuvo el sillón cuatro años, hasta poco antes de su muerte. En 2016 lo sucedió el actual diputado Luis Lobo Vergara. En 2018 llegó Alejandro Páez y en 2020 Marita Colombo, cuyo fallecimiento abrió paso al ascenso de Francisco Monti, proveniente de las filas del ex intendente capitalino Ricardo Guzmán, castillista de Arnoldo.
Vale decir que el castillismo, comandado al menos en términos formales por una mesa colegiada tras el repliegue del exgobernador y ex senador nacional Oscar Castillo, cede por primera vez en una década el rol protagónico en la contienda intestina.
El favorecido es Alfredo Marchioli, quien llevaría como vice al castillista Luis Fadel, ganador provisorio de la “Guerra de los Luises” contra su tocayo Lobo Vergara por la sucesión de Oscar.
Del otro lado se consolida la alianza articulada por el diputado nacional Francisco Monti, el senador nacional Flavio Fama y la diputada provincial Natalia Herrera, sobreviviente de la balcanización renovadora que se aceleró con el deceso de Eduardo Brizuela del Moral.
Por primera desde 2012, la línea Celeste cede la cabeza de lista para dar la pelea por la conducción del radicalismo
Limitada a los afiliados, la elección boinablanca es muy circunscripta en términos cuantitativos, pero lo que surja de ella podría tener proyecciones interesantes en lo cualitativo. Una de las incógnitas que despejará, aparte de la nueva conducción, está relacionada con los resortes que el castillismo residual conseguirá retener a cambio de su acuerdo con Marchioli y, hasta ahora, la línea MORADA de Roberto Gómez y la diputada provincial Juana Fernández.
Las miradas viran a la Convención, que define la política de alianzas y los mecanismos para dirimir candidaturas. La mayoría allí es una herramienta importante, pero parece muy utópico que alguna línea la obtenga. Un bloque consistente de convencionales, no obstante, es naipe de primer orden para las negociaciones.
Conviene enfatizar el adjetivo “consistente”. Mantener consistencia en la convención tras la interna dependerá de cómo se posicione la nueva conducción y qué expectativas consiga generar ya de cara a las elecciones generales, referentes que emerjan de ella incluidos.
Los referentes del castillismo residual no consiguieron sostenerse arriba de la lista. Si logran un número importante de convencionales, enfrentarán el desafío no menor de sostener gravitación. La muñeca de Oscar en este sentido admite escasas críticas: dejó la Gobernación en 2003, se mantuvo como senador nacional hasta 2021 y hasta el día de la fecha sus discípulos no han conseguido cortar el cordón umbilical. Es uno de los problemas mayores de “los Luises” y otros aspirantes: en las tratativas, nadie deja de verlos como peones de Castillo, a quien la ausencia permite atribuirle todo tipo de genialidades y perversiones.
Faltan horas para que las candidaturas cierren, eventualmente pueda haber prórrogas. Son más de 600 cargos que las líneas porotean antes de terminar de cerrar acuerdo. Es un ejercicio que apasiona a los boinablancas y que adquiere importancia medular. Se trata de la artillería institucional para dar pelea en un campo de batalla en transformación.