Por Rosa Beatriz Valdez (*)
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Microrrelatos
Amor fogoso
Harta del encierro en palacio, esperando la llegada del Príncipe Azul, la princesa decidió dar un paseo por los alrededores. Al llegar al jardín de senderos que se bifurcan vio allá a lo lejos, en la continuidad de los parques, una figura que se acercaba. Como era un poco corta de vista, más que ver imaginó a un apuesto mancebo montado en brioso corcel. Loca de alegría comenzó a canturrear:
“Dame fuego,
dame, dame fuego,
dame el fuego de tu amor...”
—Serás complacida —dijo el dragón— y la convirtió en cenizas.
Partenaire
Lavó los vegetales, peló las cebollitas, cortó en tiras las berenjenas y en rodajas las zanahorias. Midió una taza de aceite, dos de vinagre y exprimió los limones. Colocó todo en la cacerola y condimentó con sal, laurel y pimienta en grano.
– ¡Querido! –llamó desde la cocina la joven esposa– ya tengo todo listo para el escabeche. Andá sacando el conejo de la galera.
Echando el ojo
Entró al local para preguntar el precio de la cámara digital de la vidriera. La vendedora estaba rebuena y Nacho “se la comía con los ojos”. Para encontrar defectos en las mujeres “tenía un ojo clínico”, pero esta mina le pareció perfecta. “A ojo de buen cubero” calculó que debía andar por los veinticinco.
Embobado con su belleza, pidió que le mostrara otros artículos y sin darse cuenta -“en un abrir y cerrar de ojos”- compró un televisor pantalla plana, un DVD y un reproductor de CD portátil. Pagó con la tarjeta (“¡le costó un ojo de la cara!”), pero se fue contento porque logró sacarle su número de teléfono.
Sirenas
Se acercan las sirenas y el astuto Ulises les ordena a sus hombres: “¡Amarradme al palo mayor, no quiero sucumbir al hechizo de su irresistible canto!” Las sirenas pasan, se alejan presurosas porque hubo un incendio y el carro de los bomberos y las ambulancias deben llegar a tiempo.
Insomnio
La barca era un potro encabritado en el mar turbulento. El capitán no podía dormir y decidió contar ovejitas. No le dio resultado. “¿Y si pruebo con otro animal?” —pensó.
Se pasó toda la noche contando monos, palomas, gacelas, leopardos... que saltaban el cerco de dos en dos. Se durmió al amanecer, justo cuando les tocaba el turno a los elefantes. ¡Ay, pobre Noé, no se despertó jamás, murió aplastado!
El escritor
El plazo para participar en el concurso de microrrelatos vence mañana. Debo enviarlo ahora mismo por e-mail. Para evitar inoportunas distracciones de los amigos del chat, hago un click con el mouse. A la izquierda de la pantalla de mi ordenador aparece la frase “Eres invisible”. Ahora sí, ya puedo dedicarme a urdir la trama. Mis dedos recorren con rapidez el teclado. Estoy tan concentrado que no me percato: mis manos, mis brazos, mi cuerpo, han desaparecido.
Dulce Dulcinea
En noche de duermevela Don Quijote soñó que a su amada así le hablaba: “¡Oh, mi señora Dulcinea del Toboso! ¡Quiero repetir mil veces tu dulce nombre; quiero oír en mi oído tu dulce acento; quiero libar en tus labios el néctar de tus besos!”.
Según el certificado del médico de cabecera, al Hidalgo Caballero no fue la locura lo que lo llevó a la tumba, sino un ataque de glucemia.
Lector modelo
Al caer la tarde, recostado en su poltrona, el conde lee con fruición un libro.
—¡Qué suculento relato! —exclama.
—Truculento, querrá decir —le corrige su asistente.
—¡No, suculento! —repite y se da un festín con cada página de “Las venas abiertas de América Latina”.
Tarde de toros
Domingo de sol. En la plaza de toros la multitud aplaude entusiasmada. El torero hace ondear su capote y saluda al público que lo aclama.
“¡Que te coge el toro, Manolete!”.
En la arena, un reguero escarlata... Congoja nacional. Cierre de comercios. Suspensión de actividades. Bandera a media asta. Todo el pueblo llora y quiere darle su último adiós.
Al llegar al cementerio, el cortejo se detiene frente al portal de hierro con cadena y candado. Un gran cartel: “Cerrado por duelo”.
El avaro
El enamorado, tomándole las manos a su amada, exclama: “¡Tu piel es de nácar, tu pelo de oro, tus ojos de esmeraldas, tu boca de rubí, tus dientes son blancas perlas...! ¡Ay, amada mía, eres mi joya más preciada y no quiero que nadie arrebate mi tesoro!”.
Ella niega con la cabeza y sus bucles rubios se agitan levemente. El enamorado la contempla un instante extasiado y la vuelve a guardar en la caja fuerte empotrada en la pared del escritorio.
(*)Rosa Beatriz Valdez. Nació en Frías, Santiago del Estero, pero vive en Catamarca. Profesora de Castellano, Literatura y Latín. Docente nivel medio. Narradora de cuentos y microrrelatos. Sus textos figuran en Internet y en antologías del NOA y de Buenos Aires. Publicó “Confusión en el laberinto y otros microrrelatos” La aguja de Buffon ediciones (Tucumán, 2013). En 2005 realizó un Taller de microficción con el escritor y crítico David Lagmanovich. Fue becada en 2011 y 2014 por el Fondo Nacional de las Artes. Ha recibido varios premios provinciales y el Premio Nacional “Micaela Bastidas” (INADI, 2013).